POR MARÍA LUISA RUBIO GONZÁLEZ

La entrega anterior, hablamos del conflicto y sus componentes. Siguiendo con el tema, todo conflicto tiene sus potenciadores y sus calmantes. Entre los potenciadores más comunes está la percepción parcial de la realidad, muchas veces manifestada bajo la forma “la realidad que yo conozco es la única posible y válida”. Y es que pocas cosas nos cuestan más trabajo que cambiar nuestra perspectiva de las  cosas, pues en ello se involucra desde nuestro sistema de creencias, en el que está basada en buena medida nuestra estabilidad emocional, hasta cuestiones que tienen que ver con la autoestima y el ego.

¿Has visto, lector, lectora, esas imágenes que parecen ser una sola cosa y de pronto se van descubriendo otros componentes del dibujo o de la pintura? En un ejercicio me tocó presenciar un cuadro en el que alguien aseguraba haber visto algún número de caballos y yo no miraba más que manchas cafés. No puedo expresar mi sorpresa cuando, con la ayuda del que veía los caballos, pude irlos descubriendo. Fue una sensación casi física de que algo se movió en mi cabeza. Y sí, mi forma de escuchar a los otros cambió para siempre.

 

En el ejemplo de la ilustración de marras, no había en juego nada más importante que sentirme un poquito incompetente. Mi ego recibió una sobadita cuando el chico que miró los caballos comentó que son su pasión, y que ha trabajado mucho en cosas relacionadas con equinos. Mi diálogo interno fue algo así como: “Claro. Si en su realidad cotidiana hay caballos, su cerebro está más preparado que el mío para percibirlos. No es que sea más inteligente o yo más tonta”. Sí, todavía necesitaba hacer ese tipo de comparaciones.

Y es que eso nos pasa cuando enfrentamos una nueva realidad. Sentimos amenazado todo nuestro sistema de creencias, y consciente o inconscientemente nuestra primera reacción es el rechazo a manera de defensa. Pensemos en la ampolla que ha levantado las nuevas perspectivas sobre la ciudad, que dan preponderancia al peatón. Si vivimos durante décadas pensando que el automóvil era símbolo de progreso y de solvencia, bajarnos del auto nos suena a retroceso. “Que les pasa, pinches jodidos”, le gritó una automovilista a los peatones que le reclamaron por pararse en el paso peatonal.

Sobre la Muralla China, Alessandro Baricco dice que más que un movimiento militar se trataba de un movimiento militar, “una idea escrita con piedra (…) la idea de que no existían seres humanos, sino chinos de un lado y bárbaros del otro”. Y esto sucede, dice, porque cuando nos enfrentamos con los otros, los que no son como nosotros, que se comportan de una manera distinta, sentimos amenazado nuestro sistema de creencias y de valores frente a quienes no los comparten: los bárbaros. Así que “cuando lucha con los bárbaros, toda civilización acaba eligiendo no la mejor estrategia para vencer, sino la más apropiada para confirmarse en su propia identidad (…); tiene miedo de que luchando pueda salir modificada, corrompida”.

La humanidad ha presenciado repetidamente otras estrategias para lidiar con “los bárbaros”, que no son tan artísticas como la Muralla China: el genocidio y la segregación, que sigue ocurriendo hoy, ahora, en este mismo planeta. La discriminación es una estrategia muy aceptada socialmente de hacer esa distinción entre “nosotros” y “los otros”. Todo sea por conservar la idea que tenemos de nuestro lugar en el mundo. Lo escribo sin hacer un juicio sobre eso, sino una reflexión y acaso una crítica autocrítica.

Dicho todo esto, cabe preguntarse: ¿Qué tapete se nos mueve con el arribo de la caravana de personas provenientes de Honduras y otros países de centroamérica? Paremos un poco de hablar sobre ellos (si son legales o ilegales, si vienen por gusto o huyendo de la violencia y el hambre), y hablemos sobre lo que sentimos frente a una movilización de miles de personas que atravesarán México en su periplo a la frontera del Norte. ¿Qué se mueve en nuestras creencias, valores, percepciones, anhelos, miedos, cuando pensamos en estos miles de personas que no han llegado ni cerca de nuestra Ciudad? ¿Qué parte de nuestra realidad se mueve, cuando pensamos en la caravana que viene del sur? ¿Nos generaría la misma sensación si el éxodo viniera del norte? ¿Es que hay “más otros que otros”?.

En un mundo cada vez más “global”, con acceso a información en tiempo real sobre las distintas culturas que habitan el mundo, pensaría que estamos más preparados para asimilar la diversidad, y parece estar sucediendo lo contrario: una necesidad de afirmación que raya en el miedo pánico, aunque se disfrace de racional. Lo realmente humano, estoy convencida, es asumir la diferencia y celebrarla. Vale la pena detenerse a pensarlo también porque en algún momento, en este mismo momento, nosotros también somos “los otros”.

comentarios

francisco

Website:

Recent Posts