POR MARIA LUISA RUBIO GONZÁLEZ

Este domingo pasado tuve oportunidad de ver, en La Corrala del Mitote del Centro Nacional de las Artes, una magnífica puesta en escena de la comedia Las preciosas ridículas, de Moliere. Además de la experiencia deliciosa de presenciar una obra teatral en formato de foro isabelino con música en vivo, viene muy a cuento con la temática que hemos abordado últimamente en esta columna sobre el conflicto.

 

En la obra podemos ver a dos señoritas provincianas, Cathos y Madelón, que llegan a París con la cabeza llena de aventuras de novela, para desesperación del padre de una de ellas a quien le urge colocarlas, esto es, conseguirles marido. Para ello, las presenta con dos elegantes a quienes vemos profundamente disgustados al inicio de la pieza por el maltrato de las jóvenes, quienes los desprecian por no parecerse a personajes de novela. En la segunda escena, Madelón expone a su desesperado padre por qué no es posible que una historia de amor comience con el matrimonio, es decir, por el final.

En la obra de marras podemos ver a dos personajes deseando vivir una vida de novela o, como diríamos ahora, de película, afectando una elegancia que solo conocen “de leídas”, y que resulta en consecuencia estereotipada (y, para efectos de la comedia, ridículo).

En términos generales, los estereotipos son simplificaciones, como grandes cajones que resultan últiles para organizar información en nuestro cerebro. Un ejemplo de estereotipo sobre las aves es pensar que todas tienen plumas. Por su parte, los prejuicios son juicios no comprobados, de naturaleza positiva o negativa, y que suelen incorporar un elemento afectivo. Ambos, estereotipos y prejuicios, son grandes potenciadores de conflictos.

Un estereotipo sobre los mexicanos fue (¿es?) la imagen de una persona enredada en su sarape, tapada con un sombrero, recargada en un cacto. El estereotipo se convierte en prejuicio cuando se asume que los mexicanos somos huevones o indiferentes a lo que nos rodea.  Otro estereotipo más divertido es que los hombres visten de charro y llevan serenata a las muchachas, con todo y mariachi. Sin embargo, lo más común es que estereotipos y prejuicios no resulten en sana diversión, sino en fuente de discriminación. Y de conflictos, cuando tratamos a los otros “como pensamos que son”.

¿Te ha pasado, lector, lectora, encontrarte con alguna persona o grupo de personas que asumen que eres de tal o cual manera por tu forma de vestir, por tu edad, por alguna otra características de tu persona?¿O te ha pasado, a la inversa, tratar a alguien de cierta manera asumiendo cosas por su apariencia, y caer en cuenta de la equivocación?

Hace algunos acudí a una agencia del Ministerio Público para solicitar la copia de un documento que me urgía. Cuando encontré a la persona que me indicaron, asumiendo que me iba a dar una pésima atención, le dije “con tonito” algo así como: “yo sé que no es su problema pero fíjese que…” y le conté mi problema. Y que me contesta: “Estamos aquí para resolver su problema”. No quise que me pellizcaran porque realmente me urgía el documento, pero me sentí profundamente avergonzada con la joven por haber asumido que sería indiferente a mi situación.

Basta darse una vuelta por las redes sociales, en estos días de transición en el gobierno, y de caravanas de migrantes, para presenciar la andanada de simplificaciones, en forma de estereotipos y de prejuicios, que van y vienen, diría que de un bando a otro, pero eso sería una simplificación. Hablar de polarización también es una forma no siempre inocente de simplificar y de pintar la realidad en blanco y negro.

Hagamos el ejercicio de contar las intervenciones en redes sociales que incluyen adjetivos calificativos (chairo y fifí son los de moda), o de plano insultos. En su libro Creer, saber, conocer, Luis Villoro afirma que nuestros sistemas de creencias obedecen a razones o a motivos. Cuando leo una opinión que incluye calificativos o insultos tengo para mí que el emisor habla desde sus motivos y no desde su razón, esto es, está compartiendo emociones y no ideas.

Esta hipótesis mía ha transitado de identificar estereotipos y prejuicios, hasta la curiosidad por observar el tipo de conversación que se genera cuando de entrada llamamos al otro con un mote que lo etiqueta (eres tal o cual), en contraste con el intercambio resultante cuando el objeto de la interacción no es la persona sino la opinión que emite (estoy de acuerdo o no estoy de acuerdo).

Podemos decir que estereotipos y prejuicios son atajos cognitivos; también son formas de afirmar nuestra pertenencia a ciertos grupos sociales en contraste con otros, por lo que nuestros prejuicios y estereotipos “dicen” a qué grupos sociales queremos o creemos pertenecer y de cuáles queremos distanciarnos. Son, de alguna manera, espejos.

 

P.D. Las preciosas ridículas, de Moliere, estará a partir del 29 de noviembre en el teatro Julio Castillo, bajo la dirección de Octavio Michel.

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