Ciudad de México, septiembre 23, 2020 20:31
Francisco Ortiz Pardo Libre en el Sur Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / ¿Y después de la marcha y el paro?

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Lo primero que hay que decir es que las mujeres que marcharon y pararon estos días 8 y 9 de marzo no representan a la totalidad de las mexicanas, sus demandas y sus intereses. Pero en concordancia con la legítima defensa de ellas que enarbolaron las protestas, todas merecen respeto en sus decisiones, incluidas aquellas que se niegan a tener voceras. La complejidad del espectro femenino y su problemática es tal, que en no pocos momentos se confundieron los objetivos.

Y es que es obvio que no hay una sola causa de mujeres y algunas luchas y demandas particulares de grupos feministas históricos, como la del derecho al aborto, se diluyeron en ese mar de color morado. Paradójicamente la exclusión de algunos temas es lo que posibilitó la suma insólita: un hito en la historia.

Es difícil siquiera especular sobre los alcances de la efectividad de dichas protestas. Hay uno, sin embargo, que era medible desde antes de que llegara la fecha de sendas manifestaciones de mujeres. Y es que hubo alguien que se puso el saco de adversario y se convirtió involuntariamente en el símbolo de la misoginia que se pretende combatir: Se trata del daño que se provocó a sí mismo el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro

Lleno de miedo pese a su poder ejercido casi en absoluto, se encontró con algo poco conocido en su pequeño mundo de frases hechas y repetitivas en favor de los pobres y en contra de la corrupción. Históricamente los pobres entre los más pobres, como los indígenas, no han ocupado el centro de su discurso porque ellos no inclinan al final la balanza en una elección. Tampoco han estado presentes las mujeres de las que, ahora se ha visto, sabe muy poco. En cambio, niega la corrupción en sus causas culturales y habla de un “pueblo bueno y sabio”, casi de fantasía, que le ha dado buenos réditos electorales.

Al desconocer el terruño de las mujeres de una manera que hasta los más críticos quedan sorprendidos, Andrés Manuel López Obrador no solo no escuchó a sus asesores –si es que los tiene– sino que se aventuró a hablar como un experto en conspiraciones o un agente de inteligencia que conoce todos los vericuetos e intereses de movimiento alguno, y acusó que detrás de la movilización de ellas estaban grupos conservadores. Como si además las mujeres conservadoras no tuvieran el mismo derecho a la dignidad y la seguridad.

Efectivamente, el Presidente se sintió amenazado ante lo desconocido y aseveró para atenuar sus propios temores que esos conservadores “están desesperados”. Todavía lo dijo después de la magna marcha del domingo, donde decenas de miles de mujeres de todos los estratos sociales, edades e identidades (nada importa que el gobierno de Ciudad de México pretenda minimizarlo al decir que fueron 80 mil asistentes), marcharon juntas por vez primera para exigirle al mandatario una estrategia integral frente a los feminicidios y la violencia de género, así como el fin de la impunidad.

Como se había puesto el saco y entonces la protesta se asumió en la opinión pública como una marcha masiva contra su gobierno, el tamaño del daño para él puede ser medido por una encuesta de Masive Caller, cuyos resultados fueron dados a conocer este lunes, la noche misma del paro. Los números revelan, además, que fueron inútiles las diligencias de sus secretarias de Estado, que pretendieron desmentir que este es un gobierno misógino y poco empático ante la emergencia nacional de las mujeres:

Del abrumador 77 por ciento que dijo apoyar el paro, el 34 por ciento participó en él. Se trata de una derrota para el Presidente, en una guerra que él eligió (pese a que muchas de ellas lo votaron en el 2018), de la que difícilmente podrá recuperarse. Una vez despilfarrado su bono democrático, lo demás está por verse.

 

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