Ciudad de México, julio 19, 2026 00:55
Revista Digital Abril 2026

Entre confesiones

Comentarios ácidos y chistes picantes, observaciones al dente o insípidas aclaraciones, indiscreciones cocinadas por semanas a fuego lento, encuentran un lugar y tiempo adecuados en la confiable cocina”.

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

Negado para la cocina, sin duda alguna ni vergüenza por ello, ni modo. Nunca he tenido la paciencia ni la habilidad suficientes para algo más que sándwiches y quesadillas, o para freír unos huevos o una pechuga de pollo, ni hablar de algo un poco más sofisticado, que valga la pena el empleo de este calificativo al menos. Mis mayores éxitos culinarios se limitan a cocinar una pasta o dejar la cocina como zona de guerra luego de animarme a preparar unos hot cakes. Sin embargo, puedo presumir que en algún momento me consideré un experto en el manejo de lo que tuviera que ver con albóndigas o medallones para hamburguesa, y párenle de contar, además de que aquellos triviales éxitos se remontan a hace más de treinta años ya.

Así que la cocina y yo mantenemos entre nosotros una prudente distancia, parte de una interacción que no va más allá de la necesaria complicidad para evitar que sucumba por el hambre o tenga que acabar con mi presupuesto mensual, destinándolo a desayunos, comidas y cenas en fondas y restaurantes. Y aun así, hay algo en ese espacio común de los hogares, junto al fuego que caldea guisos en cacerolas y sartenes, en lo que uno limpia, pela o ralla algún vegetal para acompañarlos, que a su vez alimenta el espíritu más allá del famélico cuerpo. Porque en este espacio, de una intimidad como pocos, la conversación fluye casi sin reparos, en lo que deseos y aspiraciones se manifiestan, y las más profundas revelaciones terminan por externarse.

En la familiaridad de la cocina, la plática se sazona sin reservas, acompañada o no de alguna bebida que anime a las conciencias a desenvolverse de manera espontánea. Es el lugar reservado para dar inicio a inesperadas confesiones que de otra forma uno omitiría ya sea por pudor o porque no son propias de cualquier sobremesa y sólo se reservan para oídos que no nos resulten ajenos. De hecho, no es raro que en la cocina, en algún momento, se den encuentros furtivos aparte de la concurrencia general de cualquier reunión, para que en una cofradía de menor calibre, entre menos participantes, puedan compartirse aquellas confidencias que no exalten o acongojen a otros.

Junto a esas cacerolas y los sartenes, con alimentos preparados a medias, platos y vasos listos para una segunda o tercera vuelta incluso, donde habrá de servirse alguna postrera botana o, si el paladar lo exige, elaborarse algún bocado de pretensiones más elevadas para maridarlo con una bebida que esté a la altura de las exigencias, a falta de cervezas frías en el refrigerador, las ideas y las palabras circulan con mayor docilidad, se exprimen y discurren sin miramientos, para que las revelaciones se chorreen en parlamentos lubricados por el aceite de la confianza entre paredes que igual oyen, pero que parecieran amortiguar los desvaríos y exabruptos que pudieran exteriorizarse sin el filtro que imponen otras cotidianidades.

Comentarios ácidos y chistes picantes, observaciones al dente o insípidas aclaraciones, indiscreciones cocinadas por semanas a fuego lento, todos y todas encuentran un lugar y tiempo adecuados en la confiable cocina para degustarlos sin pudor alguno, como si se abrieran con la misma facilidad que los cajones y alacenas del alma para divertimento de invitados y comensales, para un revoltijo sin pies ni cabeza o un exquisito entremés, un amuse-bouche, todo un tentempié que incite el apetito por más pláticas interminables y aderezadas al gusto.

La intimidad tiene su lugar reservado en nuestras cocinas. Sabe distinto en ellas, ya que se convierte en algo que, gustosamente, podemos compartir, que no sigue un protocolo rígido o responde a un menú establecido con anterioridad, sino que se deja cocinar sin prisas ni recetas preconcebidas, con la misma naturalidad con la que la evocación de alguna comida favorita de nuestra infancia llega cuando percibimos algún olor que nos la recuerde o una palabra bien intencionada encienda el fuego de las confidencias para, mientras las catamos, darnos un buen atracón.

Uno es el cocinero de sus propias historias, a las que les hemos dado nuestro toque particular. Quizá no seamos los mejores cocineros, pero siempre podemos contribuir con algo de nuestra experiencia y sazón. Así que no aspiro a volverme un chef aficionado, con todo y que tengo por ahí algunos recetarios perdidos, pero no pierdo la esperanza de algún día intentarlo por puro gusto, porque en algún momento me encantaría preparar una cena decorosa, más allá de una pasta con albóndigas o un lote de hamburguesas, la cual pueda compartir con aquellos allegados que aprecien mis modestos esfuerzos por alcanzar un nivel decente en la preparación de platillos que puedan recibir dicho nombre y resulten del agrado de la mayoría.

Buen provecho, si es el caso, y que siempre haya algo que alimente nuestros espíritus. Que nunca falte en una buena tertulia cuyo origen y destino sea la cocina, donde el apetito por un opíparo banquete de confesiones y comidillas quede debidamente saciado e invite a una siguiente ocasión en la que podamos  saborear de nuevo unas suculentas confesiones.

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