Ciudad de México, julio 19, 2026 07:25
Ciudad de México Medio ambiente

Ríos cautivos: el torrente que late bajo el asfalto

La Ciudad de México sepultó sus cauces naturales bajo el concreto, pero el agua reclama su camino.

Entre entubamientos y olvido, los ríos Churubusco, Mixcoac y de los Remedios sobreviven como canales de desechos en una urbe que padece sed crónica.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

La fisonomía de la Ciudad de México es un palimpsesto donde el asfalto intenta, sin éxito absoluto, borrar un pasado lacustre. Debajo de las avenidas que hoy recorren miles de vehículos diariamente, fluyen todavía las venas de una cuenca que alguna vez fue un sistema vital de transporte y equilibrio térmico. Ríos como el Mixcoac, el Churubusco, el de la Piedad y el Consulado dejaron de ser paisajes abiertos para convertirse en túneles de concreto, confinados al transporte de aguas negras y pluviales en un proceso de urbanización acelerada que, a mediados del siglo pasado, privilegió el automóvil sobre el equilibrio ecológico.

El fenómeno de los ríos ocultos no es solo una curiosidad histórica o una anécdota para cronistas; es un desafío de ingeniería y protección civil que marca el pulso de la metrópoli. La decisión de entubar estos cauces, consolidada entre las décadas de 1930 y 1950 bajo el mandato de regentes como Ernesto P. Uruchurtu, respondió a una visión higienista que buscaba controlar las inundaciones y el saneamiento de una capital en expansión explosiva. Sin embargo, esta solución técnica de ingeniería hidráulica ocultó el problema a la vista, pero no lo eliminó de la geografía física. Los sedimentos acumulados, los gases metanos derivados de la descomposición de materia orgánica y la presión hídrica durante la temporada de lluvias continúan ejerciendo una fuerza constante y silenciosa sobre las estructuras subterráneas.

Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México y expertos en hidrología urbana han documentado que la capital mexicana es un caso extremo de negación ambiental a nivel global. Mientras otras grandes urbes como Seúl, con la recuperación del río Cheonggyecheon, o Madrid, con el proyecto del Manzanares, han invertido miles de millones en procesos de desentubamiento y regeneración de riberas para combatir las islas de calor y mejorar el microclima, la Ciudad de México mantiene su red hídrica en un cautiverio de concreto. El costo de esta política de invisibilidad es la pérdida irreversible de biodiversidad local y la interrupción del ciclo natural de recarga de los acuíferos, fundamentales para la estabilidad del suelo.

Existe, sin embargo, una excepción que confirma la regla y subraya la tragedia de los ríos perdidos: el río Magdalena. Este cauce, que nace en los manantiales de la Sierra de las Cruces a más de 3,600 metros de altura, es el único río vivo que sobrevive a cielo abierto en la zona urbana. Su existencia es un testimonio de lo que el resto de la cuenca pudo ser. Mientras el Magdalena lucha por no ser alcanzado por la contaminación y el avance del concreto en su paso por Los Dínamos y los barrios históricos de Chimalistac, sus pares como el río Mixcoac —que da nombre a una de las zonas con mayor arraigo en el sur de la ciudad— son hoy solo un eco sordo que se escucha bajo las coladeras tras una tormenta de verano.

Entubamiento del Río de la Piedad. Hoy es el viaducto.

El río Mixcoac es quizá el ejemplo más cercano para los habitantes de la zona central y sur. Sus aguas, que bajan con fuerza desde la zona poniente, fueron desviadas, canalizadas y finalmente sepultadas para permitir la construcción de vialidades que hoy sufren hundimientos diferenciales. La geología tiene memoria; el subsuelo arcilloso, privado de la humedad natural que proporcionaban estos flujos superficiales, se compacta de manera irregular y acelerada. Esto provoca que la infraestructura urbana, desde las líneas del Metro hasta las tuberías de gas y los cimientos de edificios multifamiliares, esté sometida a un estrés mecánico permanente que se manifiesta en grietas, socavones y desniveles críticos en colonias como la Del Valle, la Florida o la Nápoles.

La gestión del agua en la capital enfrenta así una paradoja hiriente y costosa: la ciudad se inunda con el agua que corre por sus calles mientras gasta fortunas en traer líquido de cuencas remotas como la del Cutzamala, a cientos de kilómetros de distancia. Los ríos cautivos son hoy canales de sacrificio donde el agua de lluvia, que por naturaleza debería infiltrarse al suelo para recargar los mantos, se mezcla irremediablemente con el drenaje profundo para ser expulsada del valle hacia el estado de Hidalgo. Este modelo de ingeniería, basado exclusivamente en la expulsión rápida del recurso hídrico, ha acelerado el hundimiento de la ciudad, que en áreas del antiguo lecho del lago alcanza ya cifras alarmantes de hasta cuarenta centímetros anuales, según datos del Instituto de Geofísica de la UNAM.

La recuperación de estos espacios no debería verse como una utopía romántica de arquitectos, sino como una necesidad urgente de supervivencia urbana frente al cambio climático. Aunque el desentubamiento total de avenidas de alto flujo como el Viaducto Miguel Alemán o el Circuito Interior resulta técnica y financieramente complejo en el corto plazo, el aprovechamiento inteligente de los caudales que aún laten bajo el asfalto podría transformar radicalmente la relación de los capitalinos con su entorno inmediato. Mientras no se reconozca oficialmente que la ciudad sigue siendo, en su esencia más profunda, un sistema interconectado de lagos y ríos, el asfalto seguirá siendo solo una frágil costra sobre una herida hídrica que nunca terminó de cerrar y que reclama, con cada grieta, su derecho a fluir.

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