La casa que no era museo, pero que pudo serlo
Fotos: Especial
En el cuarto de trofeos, los visitantes pasaban del escepticismo al asombro al descubrir que Mónico “El Farol” Rueda no solo presumía fotos con Pelé, sino que había jugado contra él en 1959, en Poza Rica.
POR RIVELINO RUEDA
“¡Aquí, en esta casa, hay un museo!”
No. No lo era, pero tenía esas características. Por estar en una cerrada y tener una escuela primaria y una secundaria en esa misma calle, era una ruta obligada de paso. Cientos de niñas, niños y adolescentes transitaban por ahí. Unos iban solos. Otros acompañados de mamá o papá. Todos cabían en ese costal de tiempo.
Muchos de ellos, decenas, comprobaron que esa casa no era un museo (porque sí, a todos se les permitía el acceso, sin un boleto de entrada, sin un cinco de por medio), pero al final, cuando terminaba el recorrido, decían que sí, que sí lo era.
Luego transmitían de viva voz (a la hora de la salida de clases) su experiencia en ese sitio. Por ahí pasado el mediodía se escuchaba ese grito: “¡Aquí, en esta casa, hay un museo!”
Hasta los que habitaban ahí ya se sabían el ritual. Dolores, Beto Marifer y el más chamaco de todos fungían como guías, como curadores, como explicadores de los objetos que colgaban de las paredes de salitre.
Sabían la historia y el origen de las piezas que se mostraban en repisas, anaqueles, muebles de madera, cajas de viaje olorosas a petróleo, pero también de las que alguna vez llegaron a casa por la locura del propietario de ese mágico espacio, un tal Mónico.
Originalmente el tour comprendía tres habitaciones: sala, comedor y cuarto de trofeos. Ahí se concentraban todas las piezas por las que a este espacio se le consideraba como “museo”.
Pero si el o los visitantes agarraban más confianza, la exposición se podía extender a las recámaras, a la cocina (de ahí los menores salían con alguna agua fresca y los adultos con un café, cortesía de Dolores), al patio, al ‘baño grande’ y al cuarto de la ropa, antaño, cuando vivían los abuelos paternos, conocido como el ‘cuarto de los dormilones’.
***
Por ahí de finales de 1979 la familia de la casa que parecía museo se tomó unas vacaciones. En la ciudad de San Antonio, Texas, se dio una vuelta por el Museo de El Álamo. La visita fue de unos veinte minutos. No más. Sólo con observar el primer cuadro al óleo de la exposición, colocado justo a la entrada a las salas, tuvieron más que suficiente.
Años más tarde el hijo menor de la familia rememoró aquella anécdota cuando leía El Manifiesto Comunista, de Karl Marx, específicamente una cita que reza: “Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de una clase dominante”. Torcer la historia es muy simple, sobre todo si el que cuenta esa historia es un imperio que ha subsistido de despojos.
La decisión de Mónico y Dolores fue una de las más grandes enseñanzas para esos mocosos que no cabían de indignación al ver en ese cuadro a unas “elegantes”, “bien equipadas” y “abusivas” tropas del ejército mexicano pelear por un fortín con un puñado de “harapientos”, “desarmados” y “endebles” ciudadanos texanos que “luchaban por su independencia de México” para “adherirse” a Estados Unidos. No hubo museo en aquella ocasión, hubo una gran lección.
Pero a 1,373 kilómetros de distancia de ese sitio absurdo, maniqueo y falsario, estaba el propio museo de esas dos mujeres y de esos tres hombres. Y era un museo para todos. Y era una casa para todos los que se animaban a preguntar si se podía pasar a ver…
Y, de entrada, las y los curiosos se encontraban con el poderoso brillo de habitaciones luminosas de tonalidades color ámbar, con fulgores azul verdosos de vitrales antiguos que se proyectaban hacia el techo y las paredes.
El primer hallazgo, luego de bajar el escalón de la puerta de entrada, de una hermosa y maciza herrería, era un cartón de Abel Quezada publicado en el periódico Excélsior, el de Julio Scherer, uno donde el asistente de Dios le reclama por el desigual reparto entre naciones en los días de la creación y por haberse excedido en todo lo que le dio a México, a lo que Dios le respondía: Para compensar las cosas vas a ver la clase de habitantes que le pongo… Y le puso a los mexicanos.
A la derecha, el teléfono antiguo de disco, color dorado, que alguno que otro despistado llegó a decir que era de oro macizo. Bueno. La reliquia, que se continuó usando en esa casa ya bien entrado el Siglo XXI, estaba asentada sobre un cristal transparente, que a su vez lo sostenía la base de una máquina de coser de la marca Singer, también antiquísima.
Pistolas de piratas, confeccionadas en madera y hierro, eran el deleite de chicos y grandes, sobre todo cuando los anfitriones los dotaban de chinampinas y se armaba una pequeña batalla en la sala o en el comedor.
Escudos de armas, botellas de vidrio y charolas de metal repletas de monedas centaveras; espadas de hierro de todos los tamaños; mapas; brújulas; medallas; globos terráqueos, y llaves, llaves, llaves, cientos de llaves antiguas, dejaban boquiabiertos a los huéspedes.
A todos se les ponía un reto: buscar entre todas esas llaves la ‘llave de las puertas del cielo’. Pocos lo lograron. No era más que un Cristo de fierro deformado y en forma de ganzúa, que alguna vez tomó ese aspecto al someterlo a un proceso de fundición.
Otras piezas que causaban el asombro de los paseantes eran los diversos manguales medievales (armas de bolas con picos), aunque esas sólo se podían ver ‘de lejecitos’ por instrucciones superiores, es decir, de Don Mónico y Doña Dolores. No vaya a ser.
Eso sí, cuando no había visitas o los papás estaban fuera, Beto, Marifer y el chamaco menor se la pasaban guerreando con esos artefactos. Lo bueno es que nunca salieron en la primera plana de la revista Alarma ni del periódico La Prensa.

***
Los que optaban por la ruta del cuarto de trofeos se quedaban paralizados al ver las piezas en exhibición. No daban crédito a las fotos del propietario de la casa-museo con Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, pero costaba trabajo sacarlos de su trance cuando observaban que ese señor que tenían ahí enfrente, Mónico ‘El Farol’ Rueda, jugó contra el brasileño en 1959 en Poza Rica, Veracruz.
Y ‘El Farol’ se daba el lujo de sacar álbumes fotográficos, recortes de periódico, cárteles que anunciaban el partido entre Santos de Brasil contra el Poza Rica F.C, pero, lo más preciado, es que él mismo narraba la historia de aquel encuentro. Y de otros tantos.
Ya entrados en calor, el propietario los invitaba a pasar a su cuarto y mostraba algunas de sus playeras más queridas, aquellas que regaló cuando se agravó su enfermedad de demencia senil.
Estaba una de la selección nacional mexicana, que portó por ahí de mediados de la década de los cincuenta; una de los petroleros del Poza Rica, y una bellísima de los Pumas de la Universidad que les regaló el club a los veteranos del equipo auriazul que se enfrentaron, en 1981, contra los veteranos del Atlante, en Ciudad Universitaria, previo al partido estelar entre los Pumas de Hugo Sánchez y el Atlante de Evanivaldo Castro, Cabinho, último de la temporada regular.
Por allá Dolores mostraba los objetos que se fueron acumulando durante años; los jarrones; la alfombra persa que colgaba de una pared del comedor; los termómetros incrustados en escudos imperiales de bisutería barata, que se achicharraban al primer acercamiento con el fuego; los cuadros de Las Meninas, La Gioconda, el Moulin Rouge, El joven azul… las fotos en marcos de círculo de los tres hijos pequeños colgados de las ventanas de la fachada.
Por acá Mónico abriendo cajones y mostrando sus colecciones de monedas, de billetes, de timbres postales, de herramientas de trabajo heredadas por el abuelo, de sombreros, de boinas y, ya en confianza, presumiendo su truco favorito: el del sombrero que levitaba.
Sí. Mónico hacía levitar sombreros colocando su dedo pulgar en los labios e inflando los cachetes. Pero ojo, el acto sólo funcionaba con sombreros rígidos de ala ancha y siempre y cuando el propietario del museo estuviera de espaldas a una pared. De otra forma, nomás no salía la pieza de ilusionismo.
Y más adentro, en el dormitorio de Dolores y Mónico, el tumulto de niñas y niñas pidiendo a gritos ser los siguientes en turno para acostarse, revolcarse o brincar en una cama de agua que, en esas épocas, era algo parecido a los inventos del gitano Melquíades cuando visitaba Macondo, en el libro Cien años de soledad del entrañable Gabo.
Una cama de agua que soportó el peso de diez escuincles haciendo malabares, de perros y gatos que participaban en el argüende, pero que también provocó decenas de noches en vela de los propietarios de la casa-museo por las constantes fugas de líquido y por los dolores de espalda de un pedazo de plástico inestable, inservible e incómodo…
Una cama de agua que fue un capricho de museógrafos que entendieron pronto que ese objeto era un sinónimo de irresponsabilidad por la cantidad de agua desperdiciada. Nadie la extrañó, nadie chistó nada cuando fue a dar a la basura, lugar donde siempre debió estar.
***
Todavía quedan algunos vestigios de ese museo nuestro, algunos destellos de esa luz ámbar que nos abrazaba en los días soleados.
Ya no hay niños vociferando que, en ese sitio, hubo un museo. Lo que sí hay es harta historia en esos cuartos, en esos rincones, en esas paredes donde se colgaron objetos insólitos, donde Dolores sigue alimentando la memoria y donde Mónico se recargaba para que su sombrero levitara cuando inflaba los cachetes.
@RivelinoRueda
















