Ciudad de México, julio 19, 2026 07:26
Alcaldía Benito Juárez

Un año después de surgido el movimiento, abandona alcaldía BJ entorno del árbol Laureano

#SalvemosALaureano mantiene su exigencia de un parque urbano, un huerto comunitario y un pozo de absorción de lluvia en el predio de Miguel Laurent.

La construcción del edificio permanece suspendida de facto por la presión vecinal, mientras políticos ligados a MC siguen defendiendo departamentos de lujo en el sitio.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

A casi un año de que el árbol Laureano se convirtió en símbolo vecinal contra la voracidad inmobiliaria en Tlacoquemécatl, el entorno inmediato del ejemplar muestra hoy una imagen de abandono que contrasta con el discurso oficial de “recuperación del espacio público” en la alcaldía Benito Juárez.

La fotografía evidencia banquetas fracturadas, acumulación de hojas secas y desgaste visible en el espacio público alrededor del árbol. A un costado permanecen carteles, dibujos, consignas y mensajes vecinales que forman parte de la memoria viva de la protesta que surgió para defender al ejemplar y al predio contiguo. También hay envolturas tiradas y bolsas plásticas con desechos.

Las cintas de colores atadas al tronco forman también parte del lenguaje simbólico de la resistencia comunitaria alrededor de Laureano.

Lo que durante meses fue un punto vivo de organización vecinal —con veladas, dibujos infantiles, mensajes religiosos y protestas contra la tala— permanece como una expresión visible de la defensa ciudadana del árbol y del entorno.

El árbol, convertido en emblema ambiental y afectivo del barrio, permanece rodeado de una escena suspendida en el tiempo: una piñata abandonada al pie del tronco, pavimento roto y hojas acumuladas sobre una banqueta desgastada, mientras a su alrededor continúan visibles las huellas materiales de la protesta vecinal.

En los mensajes colocados alrededor del sitio aún sobreviven frases como “Ni una sola rama, Laureano no se toca”, “Virgencita, no permitas que le quiten una sola rama a Laureano” o “Queremos un parque para Laureano y Colorina”, testimonios de una movilización ciudadana que durante meses denunció el riesgo para el árbol derivado de un proyecto inmobiliario en Miguel Laurent.

En cambio, lo que sí ocurrió hace unos meses fue el intento tanto de la alcaldía Benito Juárez como de actores ligados a Movimiento Ciudadano de montarse políticamente en una causa que nació y se sostuvo desde la organización vecinal independiente.

Ambos colocaron sendas placas alrededor del caso Laureano, buscando asociarse públicamente con la defensa del árbol, pese a que el movimiento #SalvemosALaureano ha insistido desde el principio en mantener distancia frente a partidos políticos y autoridades, reivindicando el carácter ciudadano y apartidista de la protesta.

Además, las placas irrumpen también en la intervención visual urbana construida espontáneamente por los propios vecinos alrededor de la esquina. Porque el entorno de Laureano dejó hace tiempo de ser solamente una banqueta con un árbol: se transformó en un espacio simbólico de expresión comunitaria. Los dibujos, listones, mensajes y consignas fueron apareciendo como parte de una narrativa colectiva de resistencia barrial.

La placa impulsada desde la alcaldía –en vez de arreglar las banquetas– terminó además exhibiendo una evidente imprecisión: afirmar que Laureano tendría apenas 35 años de edad, algo que vecinos y biólogos consideran incompatible con el tamaño, desarrollo y características del ejemplar, cuya antigüedad sería mucho mayor.

Las imágenes muestran un deterioro evidente alrededor de Laureano: bolsas de basura ocultas entre raíces expuestas, envases abandonados, ramas y palmas secas acumuladas durante días, además de banquetas cubiertas por hojas, tierra y residuos que convierten el entorno en una franja descuidada y polvosa. En algunos puntos, la basura parece ya incorporada al paisaje del árbol, atrapada entre raíces monumentales y postes, mientras montones de poda permanecen invadiendo el paso peatonal y los espacios de estacionamiento. El abandono contrasta con la dimensión simbólica que ha adquirido el árbol dentro de la lucha vecinal.

Aun así, las fotografías también retratan resistencia. Los listones de colores, los carteles pegados sobre el tapial y la manta que acusa “ecocidio” mantienen viva la presencia del movimiento #SalvemosALaureano, incluso en medio del desgaste físico del entorno. Laureano aparece rodeado de hojas secas y suciedad, pero también de mensajes, dibujos y señales de apropiación comunitaria que han transformado la esquina en un punto de protesta urbana. La escena transmite una tensión constante entre abandono institucional y persistencia vecinal: un árbol monumental convertido simultáneamente en santuario ambiental y territorio en disputa.

Pese al abandono visible del entorno, el movimiento #SalvemosALaureano se mantiene resistente y activo en su exigencia central: que el predio contiguo a Laureano sea destinado a un parque urbano con huerto comunitario y un pozo de absorción de agua de lluvia, como respuesta a la pérdida acelerada de áreas verdes y a la impermeabilización del suelo en Benito Juárez.

La resistencia, contra intereses políticos e inmobiliarios.

La propuesta vecinal busca convertir el espacio en una zona de infiltración hídrica y convivencia barrial, en una alcaldía donde cada vez son más frecuentes las denuncias por sobreconstrucción, escasez de agua y saturación urbana.

Esa visión choca directamente con la postura de actores políticos que han defendido la construcción de un edificio de lujo de diez departamentos en el predio. Entre ellos, figuras vinculadas a Movimiento Ciudadano han respaldado públicamente la continuidad del proyecto inmobiliario, privilegiando la edificación privada sobre el uso ambiental y comunitario del terreno.

Sin embargo, la construcción permanece suspendida de facto por la propia presión vecinal, que ha logrado mantener vigilancia pública constante sobre el caso y convertir a Laureano en uno de los símbolos ambientales más visibles de la alcaldía Benito Juárez.

La disputa alrededor de Laureano ya no se limita así a la preservación de un árbol. Hoy representa dos modelos opuestos de ciudad: uno impulsado desde la organización vecinal, que plantea recuperar suelo permeable, sombra y espacio público; y otro que insiste en continuar densificando colonias ya presionadas por el concreto y el mercado inmobiliario.

Pero Laureano no es solamente un árbol. Es ya una rareza urbana: un sobreviviente.

En una alcaldía donde generaciones enteras de jacarandas, fresnos, colorines y laureles han ido desapareciendo bajo excavadoras, cimentaciones y desarrollos verticales, Laureano permanece de pie como una anomalía viva contra la lógica del concreto. Su tronco ancho, su copa dominante y la sombra que todavía derrama sobre Tlacoquemécatl terminaron convirtiéndolo en algo más profundo que un elemento paisajístico: un punto de identidad barrial.

Pocos árboles en la Ciudad de México han logrado lo que Laureano consiguió: movilizar vecinos, provocar vigilias nocturnas, reunir dibujos infantiles, plegarias, mantas y protestas, y obligar a políticos, constructoras y autoridades a confrontar públicamente una pregunta incómoda sobre el modelo de ciudad que se sigue construyendo.

Alrededor suyo nació una defensa comunitaria que nunca dependió realmente de partidos ni de gobiernos. Por eso quizá incomoda tanto. Porque Laureano evidenció que todavía existen vecinos capaces de organizarse para proteger algo que no genera rentabilidad: sombra, memoria, agua, arraigo y silencio.

Y junto a él apareció también Colorina, el árbol compañero convertido igualmente en símbolo afectivo del movimiento. Ambos terminaron formando una especie de pequeña resistencia vegetal en medio de una Benito Juárez cada vez más endurecida por el cemento.

El colorín Colorina.

Mientras algunos políticos discuten departamentos de lujo, densificación y plusvalía, Laureano sigue haciendo algo mucho más antiguo y esencial: sostener vida. Absorber agua. Dar oxígeno. Bajar temperatura. Hospedar aves. Producir sombra en una ciudad donde cada verano se vuelve más hostil.

Quizá por eso las cintas siguen colgando de sus ramas y los mensajes continúan alrededor suyo. No son adornos. Son señales de afecto colectivo hacia un árbol que terminó revelando una verdad brutal de la ciudad contemporánea: que defender un árbol se volvió también una forma de defender la posibilidad misma de barrio.

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