Ciudad de México, julio 19, 2026 05:12
Revista Digital Junio 2026

Mis récords futboleros

“Mi lejanía del deporte de las patadas es de toda la vida, a pesar de haber estudiado en el Instituto Patria de los jesuitas, en el que el futbol tenía una evidente preponderancia en las actividades del alumnado….”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Aclaro de entrada que no he tenido nunca afición futbolera. Petulante, siempre lo consideré un juego demasiado elemental –que explicaba además su enorme popularidad– en el que 22 sujetos se agarraban a patadas por un balón. En contraste, mi deporte favorito de toda la vida ha sido el beisbol, el llamado con justeza el Rey de los Deportes, cuya complejidad es parte de sus fascinantes atractivos.  El dato que siempre me ha parecido elocuente en esa supuesta “competencia”, es que mientras el fut se rige por apenas 17 reglas, el beis se ajusta a una compleja normatividad que incluye 142 reglas integradas en nueve capítulos, según el el Reglamento oficial del beisbol de las Grandes Ligas. “Es como comparar las Damas Chinas con el Ajedrez”, argumentaba.

Mi lejanía del deporte de las patadas es de toda la vida. Proviene desde mi más remota infancia y adolescencia. Eso, a pesar de haber estudiado la primaria y la secundaria en el Instituto Patria de los padres jesuitas, en el que el futbol tenía una evidente preponderancia en las actividades del alumnado, nunca me llamó jugarlo.

Con sus inolvidables campos de la calle de Moliere, en Polanco, nuestro colegio fue sin duda un semillero de deportistas de gran nivel, donde la formación jesuita encontraba en el futbol una vía de disciplina, carácter y comunidad. Aquellos torneos inter escolares marcaron una época en el deporte colegial de la Ciudad de México. Entre muchos algunos que llegaron al profesionalismo como futbolistas estuvieron José Amuchástegui, un verdadero referente del mediocampo, y mi compañero de clase Manuel Lapuente, el popular “Manolo” Lapuente, antes de convertirse en el técnico que llevó a la Selección Mexicana a ganar la Copa Confederaciones en 1999 y de dirigir en varios Mundiales, se formó en las aulas y en las canchas de Moliere. También habría que mencionar a Guillermo “Memo” Vázquez Pardo, un mediocampista de enorme talento que se formó en el plantel de la Compañía de Jesús y posteriormente se convirtió en una pieza clave de los Pumas en los años sesenta, compartiendo cancha precisamente con José Amuchástegui.  Otro nombre muy presente en las crónicas de la época es el de Eduardo “Lalo” Medina, quien formó parte de esa misma camada del emblemático colegio, que combinó la formación académica con la alta exigencia de las canchas, llegando a defender los colores universitarios en la Primera División. El Patria no solo daba jugadores con excelente técnica individual, sino hombres con una visión estratégica y de liderazgo que les permitía destacar dentro y fuera de la cancha.

Puedo ahora comentar todo esto hasta con cierto orgullo, cómo no, pero en aquellos años había un verdadero encono. Mientras los futbolistas recibían toda clase de apoyos, facilidades y hasta apapachos, los no futboleros sufríamos en aquella gran escuela ya desaparecida una evidente discriminación. En las instalaciones de Polanco, toda una enorme manzana, había además del campo de futbol y pista de carreras, canchas de básquet y voleibol y postes para espiro; pero ningún espacio dedicado al deporte Rey. No existía, de plano. Eso nos obligaba, ya en la secundaria, a refugiarnos en un terreno baldío que estaba en contra esquina del colegio, por el lado de la calle Homero, que tuvimos que acondicionar poco a poco, literalmente con las manos, para poder formar un rústico diamante, más o menos parejo, rodado de maleza silvestre a la que llamábamos “los jardines”.  Con mis primos, los Muñoz Pinchetti   –concretamente Marco Antonio, ya fallecido, y mi querido Romeo, cómplice de mil aventuras–, que tenían la virtud poco común de dobletear sus aficiones entre el deporte de las patadas y el de los bates y manoplas, improvisamos otras rudimentarias canchas beisboleros en plena calle o acudíamos a los cercanos campos de la Cervecería Modelo, en la colonia Anáhuac, donde sí había canchas para beis que podíamos ocupar libremente.

Muchos años después, durante el Mundial de Futbol de 1986 en México, tuve la oportunidad de reconciliarme con ese deporte. Para ese entonces, menos prejuiciado ya, gustaba de ver por televisión de vez en cuando juegos internacionales y, a veces, partidos cruciales del campeonato mexicano, las finales acaso. Sin embargo, en aquel año me pasé varios meses como enviado del semanario Proceso en Chihuahua, una ciudad no especialmente futbolera por cierto, en la cubertura periodística del histórico proceso electoral de ese 1986, cuando se cometió el llamado con cinismo “fraude patriótico” cuando el PRI recurrió a todas sus artimañas para imponer ab Fernando Baeza Meléndez como gobernador del estado.  Durante aquel “verano caliente” apenas pude mirar entre protestas, plantones y marchas de resistencia civil un par de partidos del Mundial, degustando un espléndido clamato con mi querido amigo Ángel Otero, en el loby bar del hotel Sicomoro.

Reconozco que he llegado a revalorar la importancia del futbol, no sólo meramente como deporte, sino como un estado de ánimo que configura en buena medida la manera de ser del mexicano. Me entretiene un buen partido, aunque todavía me cuesta mucho trabajo emocionarme ante la culminación espectacular de un gol. Digamos que soy un espectador, estrictamente hablando. Un mero testigo mudo, más bien indiferente, frío, distante.

Quizá no podría ser de otra manera, porque en realidad nunca he asistido a un partido profesional de futbol… Y ese es el considero un récord difícil de igualar, al meno en personas de mi medio y de mi entorno: en toda mi vida, nunca he entrado a un estadio a presenciar un encuentro formal de ese deporte que cientos de millones de personas siguen en el mundo entero. No conozco el Estadio Azteca, sede mundialista por tercera vez, que cumple ya 60 años de inaugurado, a pesar durante una década viví a menos de dos kilómetros de distancia. Sólo una vez entré al estadio de la Ciudad de los Deportes, el también Azul, pero no para ver un partido, sino para asistir a un concierto musical en el que participaron Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos, en1996. Y dudo asistir a un encuentro de pateadores del balón en lo que me resta de existencia… ¡Que disfruten su Mundial!

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