EDITORIAL/ El balón bajo protesta
Ilustración creada con IA.
La cuenta regresiva para el once de junio avanza con la misma intensidad con la que se multiplican las tensiones en la capital. A las puertas de convertirse en la primera urbe en albergar por tercera vez la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA, la Ciudad de México se encuentra atrapada en un torbellino, un dilema que va más allá de las canchas. Entre la fascinación por la identidad visual del torneo y el legítimo escepticismo ciudadano, la gran interrogante gira en torno al costo real, las severas molestias urbanas y el uso político de un evento de tal magnitud.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, presentó una plataforma digital de transparencia para fiscalizar los proyectos de infraestructura vinculados al torneo y defendió el gasto bajo la premisa de que el Mundial se va, pero las obras permanecen. Sin embargo, la justificación de una inversión pública que asciende a aproximadamente 23 mil millones de pesos abre un debate necesario. El reto principal radica en demostrar que este millonario despliegue de recursos no responde a una urgencia cosmética para cumplir con las exigencias mercantilistas de la FIFA y sus socios o a un intento de lucimiento gubernamental. La aceleración a marchas forzadas de las adecuaciones ha trastocado la vida cotidiana de los capitalinos con vialidades confinadas, caos vial y desorden, sembrando el fundado temor de que los trabajos queden inconclusos, resulten inútiles o se conviertan en meros parches urbanos una vez concluido el torneo.
Más allá del asfalto y el concreto, el verdadero desafío de la justa es garantizar que prevalezca el aspecto deportivo y festivo sobre las razones políticas y la propaganda oficial. Un torneo de esta categoría pertenece a los aficionados y a la comunidad, no a las narrativas de poder que buscan legitimarse a través del balón, sobre todo en un contexto donde la autollamada Cuatroté enfrenta severos cuestionamientos. Los recientes escándalos que envuelven al oficialismo, coronados por el impacto del caso de Sinaloa y los diez acusados por la justicia de Estados Unidos, generan un clima de desconfianza que la autoridad no debería intentar maquillar con el fervor futbolístico.
El ambiente actual, lejos de la calma idónea para una fiesta internacional, se percibe amenazante ante los anuncios de manifestaciones y paros por parte de la CNTE, las movilizaciones de familiares de desaparecidos y las protestas de los estudiantes del Politécnico, sectores que encuentran en el escaparate global del Mundial la vitrina perfecta para hacer visibles sus demandas frente a las crisis del gobierno.
A pesar de las tormentas políticas, el derroche de veintitrés mil millones de pesos y los reclamos sociales que sacuden al país, debe prevalecer el espíritu deportivo. El fútbol tiene la capacidad de congregar y emocionar de forma genuina, y ese carácter lúdico y de hermandad universal es el que debe rescatarse para evitar que la justa sea secuestrada por la coyuntura. El silbatazo inicial está cerca; corresponderá a las autoridades garantizar el orden con respeto a los reclamos legítimos, y a los ciudadanos, defender el derecho a disfrutar de una fiesta que pertenece a la comunidad y no al poder.
















