Ciudad de México, julio 18, 2026 17:48
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Junio 2026

Fuera de la cancha

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Aunque el “jugamos como nunca” se nos quede atorado en la boca junto con el “perdimos como siempre”, volvemos. Siempre volvemos.


POR MARIANA LEÑERO

Hay cosas que me hacen sentir mexicana aunque viva lejos.

El olor a tortillas recién hechas. Los chilaquiles de Cele, el ruido del afilador, los tacos al pastor. Y también, aunque me cueste aceptarlo, la atmósfera absurda que aparece cada vez que se acerca un torneo importante.

El Mundial, la Copa América, la Eurocopa, la Champions. Y aunque perdamos, millones de personas siguen creyendo que esta vez sí se podía.

De pronto, todo el país parece unirse alrededor de once chamacos persiguiendo un balón. ¿Cómo es posible que personas perfectamente funcionales puedan arruinarse el día entero porque México falló un penal? Y aun así seguir haciendo cuentas imposibles, convencidos de que todavía podremos salir rumbo al Ángel. Y aunque una parte de mí encuentra ridículo todo eso, otra lo extraña.

Aunque el “jugamos como nunca” se nos quede atorado en la boca junto con el “perdimos como siempre”, volvemos. Siempre volvemos.

Quizá porque en México la esperanza también juega.

Aquí no admiramos a los futbolistas: los elevamos. Cualquier día podrían sacar al delantero estrella en papamóvil y más de uno terminaría confundiendo el reflejo del sol en el estadio con una aparición divina.

Resulta impresionante cómo esos escuincles apenas capaces de hilar tres frases seguidas acaban convertidos en profetas nacionales porque saben jugar futbol. Los inflamos tanto que dejan de ser personas. El país entero les pone encima una armadura de héroe antes siquiera de que hayan entendido quiénes son fuera de la cancha.

Yo crecí dentro de esa atmósfera.

En el Colegio Madrid eso equivalía más o menos a vivir permanentemente cerca de una cancha.

El futbol organizaba la vida social completa. Los recreos, las conversaciones, los populares, los pleitos, los noviazgos y probablemente hasta ciertos despertares hormonales parecían ocurrir alrededor de un balón.

Y aunque el juego como tal no siempre me interesaba, yo sí me quedaba ahí mirando.

Mientras unos jugaban futbol, otros simplemente aprendíamos a existir alrededor de la cancha.

En el pasto verde sucedían cosas muchísimo más interesantes. Parejas fajando a plena luz del día, niñas contestando el chismógrafo y adivinando quién sería novio de quién, amigos peleándose, el solitario comiéndose el sándwich sudado que no le dio tiempo de acabar en el lunch, gente intentando verse interesante, otros intentando verse indiferentes.

Uno iba al futbol aunque no le interesara tanto el futbol.

Y aunque yo nunca terminé de entender del todo el juego dentro de la cancha, sí me gustaba mirar lo que ocurría alrededor.

Claro que intenté pertenecer. Había algo profundamente atractivo en las personas que parecían entrar al juego. Que sabían exactamente cuándo correr, cuándo gritar, cuándo pasar el balón o cuándo esperar el momento correcto para entrar. Yo, en cambio, siempre sentí que llegaba tarde a la jugada.

Quizá por eso el Mundial del 86 terminó siendo uno de los recuerdos más felices de mi adolescencia.

De pronto todos nos convertimos en fanáticos del futbol. Mis amigos del MJC y yo hacíamos planes para ver los partidos como si realmente entendiéramos de táctica y alineaciones. Si bien poníamos atención a las jugadas importantes, disfrutábamos más los chicharrones, los cacahuatitos, los chismes y los chistes que cada quién llevaba al partido.

Y después, apretados como sardinas en un solo coche, salíamos rumbo al Ángel a gritar de emoción o a llorar de frustración.

Rodrigo, Miguel, Ana, Chucho, Mirta, Elios, Gerardo, Óscar, Carlos, terminábamos parados en medio de Insurgentes haciendo la ola con desconocidos y gritando como si realmente entendiéramos algo más profundo que un partido.

Y quizás sí entendíamos algo.

La felicidad absurda y colectiva de sentir, aunque fuera por unas horas, que todos estábamos jugando para el mismo lado.

Por supuesto no puedo hablar de fútbol sin pensar en mi papá.

Le gustaba muchísimo, pero con cierta distancia irónica. Como si entendiera demasiado bien que emocionarse de más podía terminar en tragedia nacional o, como mínimo, en una depresión de tres días.

Mis hermanas, mi mamá y yo entrábamos al juego mientras el partido realmente valía la pena.

A veces, cuando sucedía la tragedia, lo volteaba a ver de ladito y alcanzaba a notar cómo sufría intentando no dejarse arrastrar por la pasión. Luego se subía a escribir un rato y regresaba fingiendo normalidad, aunque tarde o temprano terminaba saliéndosele la pregunta:

“¿Cómo chingados perdimos esta?”

Luego aparecieron mis cuñados y entendí que existían personas a las que el futbol sí les atravesaba el sistema nervioso completo.

Gritaban, discutían, sufrían, se paraban del sillón, mentaban madres, negociaban con el universo y vivían cada partido como si la estabilidad emocional del país dependiera directamente de un penal.

Entonces ya no éramos nosotras las raras.

El raro era mi papá.

Con los años entendí que quizá lo que más me gustaba del futbol no era exactamente el futbol.

Me gustaba mirar cómo algunas personas llegaban al centro de la cancha y la vivían con todo mientras otras aprendíamos a existir en las orillas.

Con mis hijas terminé confirmando que quizá el futbol llevaba años intentando enseñarme algo: no todo ocurre dentro de la cancha.

Porque aunque Ricardo y yo intentamos durante años producir niñas deportistas funcionales, la genética tenía otros planes.

Eso sí: mientras el gen atlético seguía profundamente jetón, otros estaban en chinga.

Como no eran particularmente buenas para meter goles o dominar el balón, desarrollaron habilidades mucho más útiles: echar porras con entusiasmo desproporcionado, hacer amigas, inventar relajo, consolar a la que lloraba después del partido y detectar rapidísimo quién necesitaba sentirse elegida.

Y ellas, sin darse cuenta, también encontraron otra forma de pertenecer.

Ahora que casi todo parece tratarse únicamente de ganar, me gustaría pensar que no perderán nunca esa forma de mirar.

Porque mis hijas entendieron antes que yo algo importante: en los equipos no sólo sobreviven las estrellas.

Durante mucho tiempo pensé que eso significaba quedar fuera del juego.

Ahora ya no estoy tan segura.

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