Ciudad de México, junio 15, 2026 09:59
Nancy Castro Opinión

El fútbol de los otros

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“Quizá por eso el fútbol de los otros nunca será el mismo. Porque el balón rueda sobre la misma cancha, pero cada quien llega a ella cargando un mundo distinto…”

POR NANCY CASTRO

MADRID. El fútbol de los otros no es el mismo que el de las tribunas. No es el mismo que el de quien pagó tres mil euros, tres mil dólares o sesenta mil pesos por un asiento. Desde abajo se juega un partido; desde arriba se cuenta otro. Y, en medio, entre el césped y el concreto, se pierde la ilusión de que todos vemos el mismo juego.

No. No todos ven el mismo juego.

Ya lo dijo el Subcomandante Marcos: lo más importante ocurrirá fuera de los estadios. Y así es. Están quienes se manifiestan y llevan meses haciéndolo para visibilizar las grandes tragedias de México. Están quienes creen que esas protestas sólo dejan mal al país anfitrión del espectáculo más caro y más grande del mundo. Están los que no tienen ni un centavo y, aun así, celebran, porque el espectáculo también pertenece a los jodidos.

Y están los que repiten que el fútbol sólo genera alegría, que México es un gran país al que hay que promocionar ante el mundo. Los mismos que, cuando se pregunta por las madres buscadoras, cambian de tema, guardan silencio o confunden la rabia con el dolor. Como si toda protesta fuera la misma. Como si la fiesta pudiera celebrarse sin escuchar lo que ocurre fuera del estadio.

Ya lo dijo el Subcomandante Marcos: lo más importante ocurrirá fuera de los estadios. Y así es…”

Y están también los que cuentan, entre risas, que una entrada les costó lo mismo que tres chicles. Los que convierten el precio en una anécdota porque el dinero, cuando sobra, pierde peso y deja de contar historias. Para ellos, sesenta mil pesos son apenas una cifra en la pantalla del banco. Para otros, esa misma cantidad podría sostener durante meses una casa entera, llenar una despensa, pagar medicinas, uniformes escolares o el alquiler atrasado.

Porque el fútbol tampoco se mira desde la misma cuenta bancaria. Hay quien ve noventa minutos de espectáculo y hay quien, al escuchar el precio de un boleto, calcula cuántas jornadas tendría que trabajar para sentarse en esa misma butaca. Hay quien colecciona entradas como recuerdos y hay quien colecciona recibos impagados.

Y, sin embargo, ambos aparecen en la misma fotografía del Mundial, bajo las mismas banderas y los mismos fuegos artificiales. Como si el brillo de la fiesta pudiera borrar las distancias. Como si durante noventa minutos desaparecieran los abismos que esperan afuera, al otro lado de los torniquetes.

También están los que miran la televisión desde una cama de hospital. Los que se recuperan después de que la vida les tendiera una emboscada. Porque el corazón no sólo irriga la sangre: también puede retenerla. Y cuando eso sucede, el cerebro pierde sus coordenadas, las palabras se atascan y cuesta encontrar las rutas de arranque. Entonces, en lugar de gritar un gol, apenas alcanzan a pronunciar un “¡Nooo!” o un “me cago en la leche”. Ésas son las nuevas maneras de expresarse en un fútbol que no es igual para todos.

Quizá por eso el fútbol de los otros nunca será el mismo. Porque el balón rueda sobre la misma cancha, pero cada quien llega a ella cargando un mundo distinto. Unos llegan con los bolsillos llenos, otros con las manos vacías; unos con la rabia intacta, otros con el miedo pegado al cuerpo; unos desde la comodidad de una tribuna, otros desde una cama de hospital.

Y mientras la multitud mira hacia el césped, la vida sigue ocurriendo en todas partes: en las calles donde se protesta, en las casas donde falta el dinero, en los hospitales donde alguien aprende de nuevo a pronunciar una palabra.

Por eso el fútbol no es sólo lo que pasa durante noventa minutos. El fútbol también es todo aquello que lo rodea, lo interrumpe, lo contradice y le da sentido. Lo que ocurre dentro del estadio se juega con un balón. Lo que ocurre fuera se juega con la vida.

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