Ciudad de México, julio 29, 2026 00:15
Espectáculos Francisco Ortiz Pardo Opinión

Christopher Nolan: La Ítaca de los náufragos

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La travesía de Odiseo se transforma en una tragedia de obsesiones que funciona como espejo de la neurosis moderna por retener el pasado.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Hay verdades elementales sobre la condición humana que, por mucho que pasen los siglos, nos siguen apretando el pecho. Constantino Kavafis lo cifró en su verso inmortal: lo verdaderamente importante es el viaje; el destino, esa Ítaca prometida, no es más que un referente para andar, para mirar y para acumular la sabiduría que el camino regala. Pero enfrente de esa Ítaca del trayecto se levanta la otra, la de Homero, en quien se inspiró el propio Kavafis: la Ítaca donde el regreso como destino absoluto es una obsesión implacable, el motor que arrastra a los hombres a desafiar a los dioses y a quemar los años en altamar. Y es ahí donde el siglo XXI se nos ha vuelto una locura, atrapado entre el anhelo del puerto fijo y la imposibilidad de alcanzarlo sin naufragar en el intento.

Algo se ha roto en nuestra alquimia interior. Hoy, la nostalgia ya no es aquella melancolía contemplativa de los antiguos; es una neurosis de control. Padecemos una ansiedad febril por volver a puntos del mapa o de la memoria sabiendo, con una lucidez que raya en el tormento, que ese lugar ya no existe. El tiempo no pasa en vano: corroe las piedras, cambia los rostros, desplaza los afectos y nos obliga a ser otros. Sin embargo, nuestra época digital —obsesionada con la retención infinita y el archivo instantáneo— ha exacerbado una ilusión perversa: nos ha hecho creer que el pasado es un lugar visitable, un puerto fijo al que podemos atracar si tan solo exigimos retenerlo.

Esa obsesión por el retorno choca contra una ley psicológica implacable: el punto al que intentamos regresar ya no es el mismo, y nosotros tampoco. Pretender habitar un tiempo pretérito como si fuera el presente es el motor de una locura contemporánea. Es la exigencia neurótica de querer mantener los momentos sujetos con el alambre de púas de la memoria.

En medio de esta trampa, intentamos ser el Odiseo —la furia griega, el héroe de la carne, del astuto cerebro que calcula cada respiración ante el abismo—, obsesionados con la llegada, anhelando el abrazo de una Ítaca que ya no existe más que en nuestra fantasía. Y es aquí, al adentrarnos en las salas de cine para atestiguar la resurrección del mito en la gran pantalla, donde la película —esta versión monumental dirigida por Christopher Nolan— adquiere una resonancia dramática brutal.

Porque La Odisea, aquel poema antiguo acreditado a Homero, si bien hunde sus raíces en el sustrato arqueológico y geopolítico de la Edad del Bronce, carece de un correlato histórico literal más allá de los vestigios que hicieron posible una mitología llena de personajes, sirenas, cíclopes, ninfas, diosas, dioses… La cinta se ciñe al texto clásico solo para metaforizar con deslumbrante eficacia el dilema de la humanidad actual, y a la vez hace un guiño a las historias fantásticas en el estilo de El señor de los anillos. En ella, Christopher Nolan resulta ser la combinación perfecta de la espectacularidad hollywoodense —incluidas la deslumbrante belleza de Penélope y los seres mitológicos, interpretadas con una presencia magnética por un elenco coral de primer orden que transporta al celuloide aquello que solo parecía posible en la imaginación desatada por el verso— con sus orígenes en el cine independiente que buscan dejar una huella en la reflexión.

Desde luego, este Nolan no puede ser el mismo de Oppenheimer o Dunkerque: aquellas cintas diseccionaban la maquinaria de la guerra en el siglo XX, con sus ingenierías de la destrucción masiva y el horror industrial; aquí estamos en la edad del bronce, donde el conflicto se funde con el mito y la sangre tiene el espesor de la leyenda.

Sus más críticos reprochan a Nolan abandonar al artista para entregarse a un desplante de efectos especiales. Pero ahí están la inteligencia del guion en su coherencia férrea, la soberbia dirección de arte y una fotografía que corta la respiración para desmentir la ligereza de los censores.

Porque en la mirada cinematográfica sobre el mito no hay guerras limpias ni victorias definitivas: cero. Nadie gana jamás, ni siquiera cuando el relato pone en el centro a un Odiseo tan titánico —encarnado por Matt Damon— que bien podría servir de molde y arquetipo para los superhéroes de los cómics de nuestros días. No hay un Batman que triunfe de verdad frente al abismo de la historia. La capa, la astucia táctica y la supuesta invencibilidad no salvan al héroe de la derrota íntima. En la pantalla, Nolan desarma la épica clásica para reducirla a un triunfo pírrico donde la victoria se vuelve idéntica al naufragio, y la Ítaca ansiada se revela como un espejismo insalvable que se disuelve entre las manos.

Y es ahí, en uno de los momentos más culminantes de la proyección, cuando Odiseo pronuncia una frase de un calado filosófico devastador: “Y el mundo volvió a olvidar nuestros errores”. Una sentencia de una potencia inmensa, comparable en su crudeza existencial a aquel aguijón que Bob Dylan clavó para siempre en Like a Rolling Stone: ¿Cómo se siente, cómo se siente…? Ambas frases arrancan la careta de cualquier redención barata; nos confrontan con la intemperie, con la amnesia cósmica de la historia y con el vacío de sabernos solos frente a las ruinas de lo que fuimos.

En la carne de la película, en ese punto ciego del naufragio filmado con pulso quirúrgico, la propuesta acierta al desplazar el foco hacia los verdaderos ejes de tensión visual y dramática. El reparto encarna con maestría este universo: Matt Damon dota al héroe de una agudeza intelectual afilada y un carisma aplastante, un estratega fortísimo cuya mente funciona a cien por hora; frente a él, la Penélope interpretada con una dignidad inquebrantable por Anne Hathaway, secundada por un elenco estelar que incluye a Zendaya, Charlize Theron y Lupita Nyong’o, quienes sostienen los anclajes del sentido mientras el varón errante se debate entre la furia de los elementos y su propia soberbia.

Es precisamente en esa dinámica donde se produce el desgarro generacional: Telémaco, interpretado por Tom Holland desde la fragilidad de quien busca su lugar en el mito, sufre una derrota dramática inapelable. Frente a la interpretación monumental, arrolladora y brillantísima de un Odiseo tan superdotado e inteligente, el hijo falla por completo en el pulso escénico; queda eclipsado hasta el punto de parecer casi tonto, ingenuo y torpe, incapaz de calzarse unas botas demasiado grandes. El peso del linaje aplasta al heredero, convirtiendo la sombra del padre en un territorio demasiado vasto que lo desdibuja por completo ante la magnitud de la leyenda.

Esa tensión perpetua entre el anhelo del puerto y la imposibilidad de alcanzarlo es la que hoy intentamos resolver a golpe de artificio tecnológico. De ahí el éxito arrollador de las fotografías antiguas “avivadas” por la inteligencia digital: la ilusión de hacer dinámico lo estático, de inyectar un parpadeo o una respiración simulada en la quietud de un retrato. Pero al hacerlo, sacrificamos la fragilidad y los encantos silenciosos de nuestros recuerdos. Ya no es el instante detenido que nuestra imaginación completaba en la intimidad; es una superproducción prefabricada que vacía el misterio.

Bajo este enfoque, el choque entre las dos Ítacas se cumple de la forma más dolorosa. Frente al poema que nos advertía que el destino era solo un pretexto y que el valor residía en el trayecto, la obsesión homérica por el regreso como destino se estrella contra nuestra neurosis actual. Queremos la meta fija, pero vivimos en el desconsuelo del náufrago. Y al intentar forzar el mito —ya sea mediante la superproducción cinematográfica donde nadie gana, o a través del artificio digital que anima una fotografía vieja— convertimos nuestra propia historia en un espectáculo lejano, mítico y absolutamente inalcanzable.

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