Isabel: El faro de mi mar
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Isabel y Mariana. Foto: Especial
“Isabel pinta igual que escucha. Sus cuadros nunca quieren resolver el misterio. Lo habitan. Las flores aparecen y desaparecen. La luz cambia según quién la mire”.
POR MARIANA LEÑERO
No sé exactamente en qué momento una hermana mayor acepta el puesto. Si un día le hacen firmar un contrato que dice: “A partir de hoy usted será responsable de tranquilizar a una hermana completamente irracional.” O si simplemente un día descubre que le tocó una hermana como yo.
Cuando era pequeña tenía la certeza absoluta de que nadie iba a ir por mí a la salida de la escuela. No importaba que hubiera pasado el día anterior ni el anterior al anterior. Todos los días llegaba exactamente a la misma conclusión: hoy nadie va a venir por mí.
No algunos días. Todos.
Y todos los días hacía el mismo pacto conmigo misma.
“Hoy no voy a llorar.”
Cinco minutos antes de la salida rompía el pacto.
“Bueno… sí voy a llorar.”
Y lloraba.
Como disco rayado.
Mientras tanto, Isabel salía corriendo de la secundaria, se subía a un camión sudoroso, lleno de gente hasta el último escalón con la esperanza, de no encontrar a la mocosa llorando otra vez.
Mala suerte. Porque ahí estaba. Con los mocos de fuera y convencida de que el abandono era inminente.
Y, sin embargo, nunca recuerdo haberla oído decir que exageraba. Simplemente me abrazaba y decía:
“Ya llegué, Maya”
Hace poco entendí algo. Creo que Isabel nunca ha dejado de recogerme.
Solo cambió el lugar.
Ya no me recoge en la puerta del Castillo del Colegio Madrid. Ahora me recoge de mis pensamientos cuando se convierten en un mar embravecido que amenaza con tragárselo todo.
Ella hace algo muy raro. No intenta convencerme de que no estoy sufriendo. No me dice que todo va a salir bien. No me echa porras. Hace algo mucho más difícil.
Se queda. Me escucha. Me ayuda a pensar. Me presta su calma mientras yo recupero la mía.
Y, de pronto, entiendo que lleva más de cincuenta y tantos años haciendo lo mismo.
Por eso, cuando pienso en ella, no pienso en un oasis. El oasis salva una vez. El faro permanece toda la vida. Isabel es el faro de mi mar.
Durante más de diez años Isabel fue mi maestra de pintura. Pobrecita. Porque enseñar a pintar a una perfeccionista compulsiva como yo debería contar como servicio social. Yo podía pasar cuatro viernes seguidos haciendo un cuadro y, cuando ya estaba casi terminado, decidía que era espantoso. Entonces hacía lo único que mi lógica consideraba razonable. Lo tapaba. Capas y capas de pintura. Como si nunca hubiera existido.
Nunca entendí por qué Isabel jamás convirtió eso en una batalla. Esperaba. Y cuando yo terminaba de pelearme conmigo misma, carraspeaba con toda naturalidad y preguntaba:
—Bueno… ¿y ahora qué vas a pintar?
Durante muchos años pensé que eso era paciencia. Hoy creo que no.
Además, pienso que Isabel pinta igual que escucha. Sus cuadros nunca quieren resolver el misterio. Lo habitan. Las flores aparecen y desaparecen. La luz cambia según quién la mire. Hay capas, transparencias, ramas que parecen esconder otra historia debajo. Uno siente que, si se queda un rato más frente a ellos, descubrirá algo distinto.
Exactamente igual pasa cuando uno habla con Isabel. Nunca intenta terminar tu historia antes que tú. Nunca simplifica lo complejo. Nunca te roba el proceso. Confía.
Como confiaba en que, debajo de todas mis capas de pintura, seguía existiendo un cuadro. Como hoy, confía en que, debajo de todas mis angustias, sigo estando yo.
Y creo que ahí está una de las formas más bonitas de amar que he conocido.
Amar sin querer cambiar al otro.
Y hay otra cosa especial que tengo que agradecerle. Me dio uno de los mejores regalos de mi vida: Julia.
Me convirtió en tía. Nadie vuelve a ser tía por primera vez. Nunca.
Julia llegó con esos ojos enormes, estrenando el mundo, y yo tuve el privilegio irrepetible de cargar en mis brazos a la primera niña de la siguiente generación de nuestra familia. Me acuerdo de todo.
De la angustia de si estaba comiendo suficiente, de si a Isabel le bajaba o no la leche, de verla dormir como si dormir fuera un trabajo de tiempo completo, de escogerle su primer trajecito de baño para llevarla a la alberca de Cuernavaca como si, en lugar de chapotear, fuera a cruzar el Atlántico.
Uno hace ceremonias gigantes alrededor del primer bebé de la familia. Y qué bueno. Julia fue la primera corriente de ese río que después crecería. Antes de ella, yo no sabía que una familia también podía avanzar, que el amor no solo se heredaba hacia atrás, hacia nuestros padres y nuestros abuelos. Julia abrió el cauce. Llegaron así Regina, Ireri, Sofía y Jesusa. Y el amor se multiplicó, y el río siguió su camino.
Isabel también fue mi faro durante los cambios que surgieron al irme a vivir a Miami y después a Los Ángeles.
En Miami las dos aprendíamos a manejar por los freeways mientras la maldita españolita del GPS nos daba las instrucciones cuando la salida ya había quedado tres calles atrás. —Recalculando… Y nos reíamos. Y nos seguimos riendo.
Isabel tiene, además, una característica entrañable. Nunca ha dejado de tener alma de niña. Todavía se cree las bromas y hay que terminar diciéndole:
—No, Isabel… no es cierto.
Y entonces se ríe.
Todavía hace preguntas con una inocencia que muchos adultos perdimos hace años por miedo a parecer ignorantes.
Y la extraordinaria artista que puede pasar horas contemplando la luz sobre una rama entra en pánico cuando tiene que llenar un formulario en internet o inventar una contraseña nueva.
Me enternece verla pelear con la tecnología como si estuviera tratando de domesticar un dragón.
Y hay algo más. A veces hablo con Isabel y aparece mi papá. No porque se parezcan. Porque viven parecido. Porque saben leer un libro como quien saborea el primer café de la mañana. Porque convierten una idea en una conversación que dura toda una tarde. Porque pueden obsesionarse con una nimiedad hasta convertirla en fascinante. Porque conservan esa curiosidad infinita que solo tienen los niños y los sabios.
Dicen que cuando alguien muere no desaparece del todo. Que se queda viviendo repartido entre las personas que amó.
Estoy convencida de que una parte de mi papá eligió vivir en Isabel. Y quizá por eso, cuando la vida me duele, sigo buscando esa puerta. Detrás del teléfono, o de un caballete lleno de pinceles…
Ella baja el pincel. Como antes, bajaba del camión. Y vuelve a decirme, aunque ya no use exactamente las mismas palabras:
“Ya llegué, Maya.”
Y entonces entiendo que los faros nunca detienen las tormentas. Solo permanecen encendidos mientras uno encuentra el camino de regreso. Creo que por eso Isabel es el faro de mi mar. No porque impida las tormentas.
Sino porque lleva toda una vida enseñándome que uno puede atravesarlas sin dejar de ser quien es.

















