Ciudad de México, julio 1, 2026 09:27
Revista Digital Julio 2026

El día en que fuimos multitud bajo la tormenta

“Celebrar bajo la lluvia es uno de esos momentos donde el cuerpo vuelve a ser colectivo…”

POR MELISSA GARCÍA MERAZ*

La lluvia suspende, por unos minutos, las reglas con las que normalmente habitamos el mundo. Mi abuela solía decir, siempre en el umbral de la puerta, que debería llevar un abrigo, una sombrilla o algo con qué taparnos. En el México en que crecí, no tocaba llevar gabardinas, ni impermeables —o al menos, en el México que me tocó conocer a mí no los había —; en su lugar, la opción más viable era llevar un plástico grande o un impermeable improvisado con una bolsa de plástico.

Ni a mi madre ni a mi abuela les gustaba salir en la lluvia. Claro, con el calzado y ropa normal de todo clima, se antojaba casi una locura. Por eso, el consejo era siempre llevar una sombrilla. Las reglas eran claras para ellas: mirar el cielo, observar las ventanas de luz cercadas por los muros contenciosos de nubes oscuras. Señal inequívoca de que iba a llover. Mi abuela decía que solía escuchar el canto de los pájaros para saber si llovería; si buscaban cobijo cuando aún era temprano, en lugar de seguir persiguiéndose o buscando comida, la tormenta era segura. Esa observación de la naturaleza le permitía saber si llovería o no. El vuelo bajo de los insectos y otro montón de detalles le ponían el sello a una mujer muy sabia

Debo confesar que, en la niñez, estas reglas no me importaban mucho, como a muchos niños (confesiones que todos sabemos), me encantaba salir a la calle a sentir la lluvia, dar vueltas sobre mi eje extendiendo los brazos y mirando al cielo para recibirla. Incluso saltar en los charcos y aventar el agua; por supuesto, sin el calzado adecuado. ¿Qué se podía hacer sino tratar de que no se dieran cuenta de tal osadía? 

Así como recuerdo mi infancia, recuerdo tu silueta caminando por el pasto, aplastando las hojas que habían caído de los árboles, siempre con una sombrilla azul en la mano. Siempre preparado para no mojarte. Siempre preocupado por no estar bajo las nubes cuando te enviaran incluso unas pequeñas gotas de agua. Y yo siempre riéndome, recostada en el pasto, con un poco de tierra en la ropa, mirando el cielo, viendo cómo esa ventana de luz desaparecía por completo y la lluvia comenzaba a caer sobre mi rostro. Todos huían mientras te detenía, te explicaba que no sería mucha lluvia, apenas la suficiente para refrescarnos y podernos quedar a solas sobre el pasto, mirando el verde encendido por el agua, reflejado en las gotas de las puntas de la hierba. Nunca dejé de anhelar correr bajo la lluvia, correr, reír, cantar, “singing in the rain”.

Reglas que traspasan idiomas y fronteras. ¿Recuerdas la lluvia sobre la avenida principal de Freiburg? Los dos corríamos sobre los rieles del Straßenbahn, mientras tú jalabas mi brazo buscando un techo bajo el cual refugiarnos.

En todos los escenarios pasa lo mismo: alguien deja de correr, deja de protegerse, decide quedarse ahí inmóvil, con los brazos estirados y la mirada hacia el cielo. Ahí comienzas a creer, a dejar la sombrilla azul que deja de ser necesaria, dejas de protegerte y comienzas a reír. Por un instante desaparecen el miedo, el qué dirán, el “seremos vistos y juzgados”. Nada importa, salvo vivir el momento.

Y así es un niño, un par de amantes, un grupo celebrando un gol bajo una lluvia torrencial. Desconocidos, todos unidos por la alegría de dejarse llevar aunque sea una vez. Lo que Turner llamó communitas: ese estado temporal en el que desaparecen las jerarquías y todos compartimos una misma experiencia: la del momento, la del dejarse llevar. ¿Qué mejor momento que el de estar vivo, amar, reír, cantar, festejar? Es esa sensación temporal donde desaparecen las jerarquías, las prohibiciones y todos compartimos la misma emoción. Donde puedo decir que te quiero sin que nadie lo escuche, más que el eco de la lluvia tocando el piso. 

Y si, eso es lo que pasa en peregrinaciones, en conciertos, manifestaciones, carnavales, actos políticos, partidos de fútbol y también bajo la lluvia. La lluvia iguala, todos estamos igual de mojados, ya no importa el traje, el peinado ni los zapatos. Aquí aparece algo precioso: la efervescencia colectiva. Durkheim decía que cuando un grupo comparte emociones intensas ocurre algo extraordinario. No es que cien o miles sientan alegría, es que aparece una emoción nueva que solo existe porque están juntos. Miles gritando, cantando, abrazándose, mojándose. La lluvia deja de ser clima y se vuelve parte del ritual.

Celebrar bajo la lluvia es uno de esos momentos donde el cuerpo vuelve a ser colectivo. Dejamos de protegernos y nos enfrascamos en el reconocimiento del otro, de los otros. Cuando se trata de celebrar a México, la lluvia deja de ser una amenaza para miles, se convierte en celebración.

La lluvia no interrumpió el picnic; lo hizo posible. Cuando todos buscaron refugio, nosotros encontramos un mundo vacío donde solo existían el verde, el agua y nuestras risas. Quizá eso era la communitas de la que hablaba Turner: no la multitud de los grandes rituales, sino la posibilidad de descubrir que, durante unos minutos, dos personas también pueden convertirse en una multitud. Ese fue el día en que fuimos multitud bajo la lluvia.

*Facultad de Psicología, UNAM.


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