Ciudad de México, julio 1, 2026 08:28
Revista Digital Julio 2026

Esta tarde vi llover

Del juego infantil al lodo del desastre: cuando la desigualdad prohíbe romantizar la lluvia

POR IVONNE MELGAR

Saltar los charcos nunca fue una emoción esperada.

A no ser por el estreno de las sombrillas de colores encendidos en la lluviosa San Salvador de los años setenta y la plenitud con la que nuestros hijos esperaban hacer sonar sus botas de hule sobre los huecos de agua, en el asfalto quebrado de la CDMX.

Y es que los relatos del dolor evitable que la gente susurra pueden convertirse en pesadillas para los niños que los escuchan, mientras se supone que están jugando, ajenos a la realidad que los adultos nombran.

Mi hermana Gilda hervía en fiebre, con las amígdalas inflamadas, y Candy, nuestra madre, lloraba frente al desconsuelo de no saber qué hacer, en medio de un temporal que azotaba a la capital salvadoreña.

Imposible salir con la niña enferma, sin vehículo propio, y un servicio limitado de autobuses por el mal tiempo, convertido en noticia nacional, como si se tratase de una peste.

Y es que, en un país acostumbrado al sol, la oscuridad persistente desata tristeza y pesimismo y así era el ánimo con el que las señoras de la colonia hablaban de los adolescentes tragados por los sumideros de agua de la calle, indefensos ante la furia de la tormenta.

En esos tiempos, el desagüe pasaba por unas enormes coladeras de metal, rectangulares, que en la mayoría de los casos estaban incompletas, sin tapa, hecho que generaba las tragedias recurrentes, particularmente en zonas de alta marginación.

Y esa era la situación de La Bernal, una colonia aledaña a Las Rosas, donde nosotros vivíamos. Pero la peculiaridad de los sucesos que hicieron del tiempo de los ciclones un sinónimo de peligro fue saber que los niños del barrio vecino habían desaparecido en el nuestro.

¿Cómo puede alguien perderse así?, ¿Por qué se llevan las tapas? ¿Será tan difícil conseguir otras?, pensaba. Y aunque cupo en mí la esperanza de que fueran exageraciones que los mayores soltaban para asustarnos y evitar que insistiéramos en salir a la calle a saltar, recuerdo haber leído en el periódico la noticia de la gente devorada por la lluvia recia.

Cuando llegamos a México me tranquilizó corroborar la estrechez de las coladoras del entonces Distrito Federal, en comparación con aquellas enormes y temidas rendijas salvadoreñas. Y quizá ese alivio me hizo sentir que aquí las tormentas eran benevolentes.

Los años del Colegio de Ciencias y Humanidades y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM hicieron un enorme paréntesis de deliberado placer frente al chipi chipi, el chaparrón o la franca empapada en el parque central de Coyoacán.

Eran los días de la atención extrema, esa que tanta falta hizo cuando la prisa laboral concentró los sentidos en el qué, quién, cuándo, cómo y por qué de los personajes públicos y las llamadas agendas nacionales.

En aquel paréntesis de tardes en la Biblioteca Central, el cine o la librería El Parnaso, las inundaciones de las vialidades eran esporádicas y se antojaba piratearse la escena de Cantando bajo la lluvia, la primera película que vimos recién llegadas al Distrito Federal en la vieja Cineteca Nacional, en los Estudios Churubusco.

Y fueron los años de Armando Manzanero, con el disco de la portada azul y el piano atrás del compositor, con la de “esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú…”. Años sin paraguas ni impermeables ni refunfuños con los adversos pronósticos meteorológicos.

La tolerancia a los aguaceros se prolongó hasta la reporteada en una época en que asistir a la redacción era parte de la jornada, aun cuando se nos cayera encima el cielo, a menos que anduviéramos en una cobertura desde la cual se comunicaban los por qué de la ausencia.

Pero justo cuando el seguimiento del ejercicio público se tornó acucioso e intenso, y se hizo parte de la normalidad mediática perseguir en parvada, con grabadoras, cámaras y micrófonos a los funcionarios, el monitoreo de las aguadas dejó de ser un anexo de las noticias del clima para tomar un sitio en las responsabilidades del Estado.

En medio de ese viraje, trabajando en el periódico Reforma, me tocaron los estragos del huracán Paulina en Guerrero, en 1997. Y aunque en realidad el encargo era conocer cómo se iban cumpliendo las instrucciones del presidente Ernesto Zedillo para la reconstrucción, la pesadilla de las victimas me alcanzó en la escuela primaria de una colonia popular, al ras de las barrancas.

Las maestras habían puesto a dibujar a los niños lo que sentían en aquellos días de desolación, pues en su mayoría eran de familias damnificadas por la pérdida de sus viviendas.

Y otra vez, frente a mí, la imagen del muchacho arrastrado entre peces y algas marinas por la indómita corriente, porque eso habían escuchado, llorado y visto los acapulqueños sobrevivientes.

Al salir del plantel, el funcionario del sector educativo que me acompañaba, sin dejar de ser amable, me soltó el reclamo de que haber buscado aquellos testimonios infantiles fue un acto de rudeza innecesaria de mi parte.

Un golpe de adrenalina, de pena y tristeza, se acurrucó en un hoyo del estómago, intentando comprender hasta dónde la conversación en torno a los dibujos de los alumnos había desatado el relato que me regresaba a la infancia salvadoreña de los niños que se perdían en las alcantarillas sin tapadera.

Después de aquel episodio vinieron muchos otros, acaso una docena o dos, de coberturas de lodo, inundaciones que no ceden, postes de luz caídos y árboles que el exceso de agua pudrió, como parte de las giras presidenciales, incluyendo una madrugada a oscuras en Quintana Roo, procedentes de una cumbre de mandatarios en Canadá.

En esa década aprendí que, en la desigualdad, es imposible romantizar la lluvia y que el oficio de reportero reñirá por siempre con quienes, legitima o convenencieramente, nos piden entender que el desastre pudo ser peor.

Y, sin embargo, no dejo de tararear a Manzanero cuando amorosamente reclama una tormenta en compañía, como esas que casi bailamos con los coyotes de la plaza.  

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