EN AMORES CON LA MORENA / Rosa Peral: el amor también puede arder
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.
Imagen promocioal de 'El cuerpo en llamas'. Foto: Especial
Hay vínculos que nos hacen mejores y otros que terminan convirtiéndose en la coartada perfecta para justificar nuestras peores conductas.
POR FRANCISCOORTIZ PARDO
Llegué a El cuerpo en llamas, la serie de Netflix estrenada en 2023, por una publicación de mi amiga y colega Ivonne Melgar, que la recomendaba a partir de su soundtrack emocional: canciones que fueron de antes pero que, curiosamente, son también de ahora. La selección es reveladora: Love Me Tender, de Elvis Presley; Mala Mujer, de C. Tangana; Ay, pena, penita, pena, de Lola Flores; Free (Live Your Life), de Ultra Naté, y Yo no soy esa, de Mari Trini.
Elvis, Lola Flores y Mari Trini pertenecen a otra época; C. Tangana y Ultra Naté llegan desde otras coordenadas generacionales y musicales. Y, sin embargo, las canciones conviven perfectamente dentro de una historia contemporánea. Hay algo casi sociológico en esa mezcla: las canciones viejas regresan porque las generaciones nuevas encuentran en ellas emociones que siguen siendo propias. No necesitan haber vivido la época en que fueron grabadas para reconocer el deseo, la herida, la rebeldía, la dependencia o la necesidad de escapar que contienen.
Quizá ahí haya una pista para entender también El cuerpo en llamas. Las herramientas digitales han transformado radicalmente nuestra vida cotidiana: hoy podemos saber dónde está alguien, hablar con él a cualquier hora, revisar sus últimas conexiones, interpretar un silencio de WhatsApp, recuperar una fotografía o encontrar en segundos a una persona que creíamos perdida. Y, sin embargo, seguimos queriendo como antes, teniendo celos como antes y confundiendo, como antes, posesión con amor, intensidad con profundidad, dependencia con compromiso y sufrimiento con prueba de que una relación importa. La tecnología ha cambiado el escenario, pero no necesariamente el guion.
El cuerpo en llamas cuenta la historia de Rosa Peral, Albert López y Pedro Rodríguez, tres policías de Barcelona atrapados en una trama de relaciones sentimentales, celos, intereses privados y secretos profesionales que terminó con el asesinato de Pedro, cuyo cadáver apareció calcinado dentro de un automóvil en el pantano de Foix, en mayo de 2017. La historia se conoce como el “crimen de la Guardia Urbana” y también como el “crimen del pantano de Foix”; desde el principio, la condición policial de los protagonistas añadió una dimensión particularmente inquietante al caso. El hallazgo del cuerpo y la investigación que siguió convirtieron aquella historia en uno de los grandes sucesos de la crónica negra catalana.
Pero, a diferencia de otros thrillers sobre crímenes pasionales, la serie no deposita su suspenso en averiguar quiénes son los asesinos. Eso terminó establecido judicialmente. El verdadero suspenso está en otra parte: en descubrir cómo se construyó aquella relación de fuerzas, cómo se mezclaron los afectos con los intereses y cómo la intimidad terminó contaminada por la profesión. Netflix misma resume la historia como la de un policía cuyo cadáver aparece calcinado y cuyas sospechas recaen sobre su novia y el amante de ella.
Y quizá ni siquiera era un triángulo.
En la serie aparece Javi, el exmarido de Rosa y padre de su hija. Netflix cuidó la identidad real de ese personaje y modificó también la estructura familiar: en la ficción Rosa tiene una sola hija, cuando en la realidad tenía dos. Son cambios importantes, pero no alcanzan a alterar la arquitectura esencial de la historia. Más allá de esas licencias y de otras modificaciones propias de la ficción, El cuerpo en llamas se parece notablemente a lo que quedó depositado en el expediente judicial real. La propia serie advierte que algunos acontecimientos, personajes y circunstancias fueron modificados con fines dramáticos, pero la columna vertebral permanece.
Pedro era la pareja de Rosa cuando fue asesinado; Albert había sido amante suyo y terminó condenado junto con ella por la muerte de Pedro. Así, debajo del aparente triángulo sentimental aparece una geometría bastante más complicada: parejas anteriores, amantes, hijas, compañeros de trabajo, información profesional y una mujer que va atravesando esas relaciones sin dejar de ser ella misma.
En ese mismo 2023, Netflix también estrenó Las cintas de Rosa Peral, el documental sobre el mismo caso. Ella ha sostenido su inocencia, a pesar de los beneficios que le habría traído la disminución de la pena por declararse culpable.
En mayo de 2017 Rosa tenía 33 años; Albert, 35, y Pedro, 38. No existe entre ellos una distancia generacional propiamente dicha. Más bien están situados, por sus edades, en una especie de transición entre la generación X y la generación Y: personas formadas todavía en un mundo analógico que llegaron a la adultez mientras cambiaban aceleradamente la tecnología, la intimidad, las formas de relacionarse y la exposición de la vida privada. Y eso deja una pregunta particularmente interesante: ¿qué cambia realmente de una relación a otra y qué permanece intacto?
Podemos cambiar de pareja, de casa, de circunstancias e incluso de versión de nosotros mismos, pero no necesariamente cambiamos aquello que llevamos dentro. En Rosa esa pregunta resulta perturbadora.
Hay, además, un extraordinario parecido entre Úrsula Corberó y la Rosa Peral real. No solamente en los rasgos físicos, sino, sobre todo, en esa extraña mirada que consigue provocar simultáneamente miedo y conmoción; una mirada que parece seducir mientras advierte, que puede resultar tierna y amenazante casi en el mismo instante y que, en cualquier caso, no deja a nadie indiferente. Es uno de los grandes aciertos de la serie: Corberó no se limita a interpretar a Rosa, sino que consigue reproducir esa ambigüedad que hace tan difícil apartar los ojos del personaje. Nunca sabemos del todo si estamos mirando a una mujer vulnerable, a una mujer peligrosa o a las dos cosas al mismo tiempo.
Y ahí comienza el verdadero misterio. Porque lo que queda por descubrir —y acaso sea el misterio más profundo de toda esta historia— es qué puede llevar a una persona como Rosa a llegar hasta esos extremos. El jurado popular declaró culpables a Rosa y Albert por el asesinato con alevosía de Pedro. Ella fue condenada a 25 años de prisión y él a 20. La sentencia estableció que ambos actuaron conjuntamente para acabar con la vida de Pedro y después trasladaron su cuerpo hasta el pantano de Foix, donde fue quemado dentro de un vehículo.
Pero una sentencia establece hechos; no necesariamente explica a las personas.
La aparente sociopatía de Rosa queda, de algún modo, puesta en duda hacia el desenlace, pero tampoco encontramos una explicación alternativa. No está probado que detrás de su conducta exista una historia de maltrato masculino que permita leerla como una mujer que responde a una violencia anterior. Tampoco conocemos una infancia marcada por carencias económicas o afectivas que permita fabricar una explicación tranquilizadora. Rosa creció en una familia aparentemente funcional de Barcelona y, desde lo que conocemos, no parece haber partido de una vida marcada por la privación.
Eso no explica nada, y precisamente por eso resulta un enigma.
También despierta curiosidad qué lleva a una mujer a elegir la policía como profesión. Rosa ingresó a la Guardia Urbana a los 23 años y cuando ocurrió el crimen llevaba una década dentro de un oficio particularmente exigente para una mujer, en un ambiente donde no han faltado la desestimación, el acoso, el estigma y las resistencias de los propios compañeros. Y, sin embargo, su profesión parecía formar parte esencial de su identidad.
¿Qué le faltaba, si nos atenemos al veredicto oficial? Es quizá la pregunta más difícil, porque Rosa tenía hijas a las que quería, belleza, inteligencia, una profesión y una posición económica que, desde fuera, parecía desahogada. Tenía mucho de aquello que solemos considerar suficiente para una vida estable. Pero tenerlo todo no significa necesariamente saber qué hacer con lo que se tiene.
Tampoco es común que, más allá de la frivolidad con que suelen contarse y de los estereotipos alrededor de las llamadas “viudas negras”, una historia de violencia afectiva de una mujer hacia los hombres sea contada sin convertirla automáticamente en una caricatura de femme fatale. En ese sentido resulta interesante el manejo de El cuerpo en llamas, dirigida al alimón por Jorge Torregrossa y Laura Mañá, y que coloca dentro de la propia ficción a otra mujer, la inspectora Ester Varona, interpretada por Eva Llorach, al frente de la investigación.
No es un detalle menor. Mientras Rosa aparece como el centro de una trama en la que los hombres que la rodean parecen quedar atrapados en sus propios deseos, celos y vulnerabilidades, Ester observa desde otro lugar: no participa del juego sentimental, intenta descifrarlo. La mira también otra mujer, y eso cambia la pregunta.
Porque el verdadero asunto no es que una mujer pueda ser tan peligrosa como un hombre; eso sería apenas invertir un estereotipo. Lo verdaderamente inquietante es admitir que la violencia afectiva no tiene un género único y que también puede ejercerse desde la seducción, la manipulación, el abandono calculado, la posesión o el sometimiento emocional. La diferencia está en que casi nunca contamos esas historias.
Cuando un hombre controla, cela o destruye a una mujer, tenemos un lenguaje social bastante desarrollado para nombrarlo. Cuando una mujer hace algo semejante con un hombre, todavía aparecen con demasiada facilidad la frivolidad, la caricatura, la “mala mujer”, la devoradora de hombres o la viuda negra. El cuerpo en llamas hace algo mejor: obliga a mirar también las formas femeninas del poder afectivo.
Y entonces aparece una pregunta todavía más íntima: ¿qué cambia realmente de un amor al siguiente? ¿Qué se lleva una persona de una relación a otra, qué aprende, qué repite, qué cree haber dejado atrás y vuelve a encontrar, con otro rostro, en la siguiente pareja? En Rosa parece haber algo que permanece, aunque no sepamos exactamente qué es. Y quizá sea mejor no inventarlo.
Queda, entonces, la gran incógnita: ¿por qué?
La ciencia criminal suele buscar una explicación convincente en los hechos corroborables, el móvil, como se dice en el lenguaje de la investigación: quién quería qué, quién tenía algo que ganar, quién tenía algo que perder. Pero yo sostengo que las verdaderas motivaciones suelen estar en otro sitio: en las historias de vida. No necesariamente en el hecho puntual que desencadena un crimen, sino en todo aquello que una persona ha ido acumulando antes de llegar a él: sus maneras de relacionarse, sus miedos, sus ambiciones, sus secretos, la forma en que enfrenta la pérdida, el abandono, la humillación o el fracaso.
El expediente puede reconstruir los hechos; mucho más difícil resulta reconstruir a la persona que los protagonizó.
En el caso de Rosa Peral esa dificultad es todavía mayor porque nunca quedó establecido cuál de los dos produjo materialmente la muerte de Pedro. Rosa acusó a Albert; Albert acusó a Rosa. El jurado resolvió esa disputa considerando probada la actuación conjunta. Y, sin embargo, sigue pendiente el porqué.
En medios circularon distintas hipótesis sobre el móvil. Una apuntó a que Pedro había descubierto una nueva infidelidad y pretendía romper con Rosa; otra planteaba que Albert quisiera eliminarlo para recuperar a Rosa; y una tercera, particularmente perturbadora, relacionaba el crimen con un episodio ocurrido en Montjuïc en 2014, cuando Rosa y Albert participaron en un operativo en el que murió un vendedor ambulante tras caer por un terraplén. Aquella hipótesis sostenía que Pedro podía conocer información comprometedora sobre lo sucedido y que estaba dispuesto a denunciarlo.
Hay que decirlo con toda claridad: se trata de una hipótesis periodística, no de un hecho establecido por la sentencia. Pero resulta interesante porque desplaza la pregunta. Ya no se trataría simplemente de que Rosa quisiera quedarse con Albert, ni de que Albert no soportara perder a Rosa, ni de que Pedro se hubiera convertido en un obstáculo sentimental. Aparecería algo más complejo: la posibilidad de que, en aquella red de relaciones, cada persona tuviera información sobre la vida de las otras y que la intimidad hubiera terminado mezclándose peligrosamente con los secretos profesionales.
El caso, además, se desarrolló en una Barcelona que ese mismo año quedaría marcada por una tragedia de otra dimensión. El asesinato de Pedro ocurrió en mayo de 2017 y la investigación estaba en pleno desarrollo cuando, el 17 de agosto, una furgoneta irrumpió en Las Ramblas y mató y atropelló a decenas de personas; horas después se produjo el atentado de Cambrils. La Guardia Urbana estuvo entre los primeros cuerpos que respondieron a los ataques. El terrorismo desplazó inevitablemente la atención pública y mediática hacia una conmoción nacional de otra escala, de modo que aquel crimen que había sacudido a Barcelona quedó por momentos relegado en el paisaje informativo de aquel verano.
No estamos ante un crimen pasional convencional, sino ante personas que se conocían demasiado, aunque quizá ésa sea una ilusión que tenemos en todas las relaciones: creemos conocer al otro, sabemos de sus costumbres, sus deseos, sus miedos, sus secretos, pero la parte más verdadera de una persona nunca terminamos de conocerla. Y quizá ése sea uno de los riesgos más profundos de cualquier vínculo: que confundamos la intimidad con el conocimiento completo del otro, cuando siempre queda una zona inaccesible, incluso para quien duerme a nuestro lado.
El móvil puede ser un dato; la motivación es otra cosa. El móvil puede decirnos qué se pretendía obtener; la historia de vida quizá pueda acercarnos a entender por qué alguien llegó a considerar posible hacer aquello. Y en Rosa Peral —y seguramente en muchas personas semejantes a ella— esa distancia entre el qué y el porqué permanece abierta.
Las preguntas que quedan sin respuesta, tanto en el expediente real como en la serie, abren un sinfín de reflexiones sobre el comportamiento humano. Tenemos una necesidad casi irrefrenable de explicarlo todo: una infancia, un trauma, una enfermedad, una predisposición genética, una carencia, una circunstancia que permita ordenar las piezas y concluir que alguien llegó hasta allí por una razón determinada. Pero el comportamiento humano no siempre se deja ordenar. A veces es simplemente impredecible.
Vivimos, además, fascinados por la posibilidad de encontrar en la genética las claves de nuestro futuro: identificar predisposiciones, anticipar enfermedades, reconocer riesgos antes de que aparezcan los síntomas. Quizá cada vez sepamos más sobre aquello que nuestro cuerpo puede llegar a padecer, pero saber qué puede enfermar nuestro organismo no significa necesariamente saber qué puede hacer nuestra voluntad.
Tal vez ahí se encuentre una de las últimas fronteras del conocimiento humano: entender por qué una persona, sin que podamos encontrar en su historia una explicación suficiente, decide cruzar un límite que para los demás parecía imposible de cruzar.
Y entonces aparece la inteligencia. Rosa parece haber sido una mujer particularmente inteligente, pero su inteligencia, en la historia que conocemos, parece ponerse al servicio de administrar la realidad antes que de construir estabilidad emocional: utilizar la información, anticiparse, ocultar, calcular, mentir. Como si comprender extraordinariamente bien lo que ocurre alrededor no produjera necesariamente una comprensión equivalente de uno mismo.
Una persona puede ser extraordinariamente hábil para resolver problemas y, al mismo tiempo, extraordinariamente torpe para no crearlos.
Quizá por eso El cuerpo en llamas resulta tan eficaz. No intenta responder lo que el expediente tampoco pudo responder y, en esa medida, no convierte a Rosa en un monstruo inexplicable ni en una víctima explicable. La deja en ese territorio mucho más incómodo donde no sabemos exactamente qué la mueve.
Y quizá por eso funcionan también las canciones.
Love Me Tender puede haber sido escrita y cantada en un mundo que ya no existe. Yo no soy esa pertenece a otra sensibilidad. Ay, pena, penita, pena parece venir de una España que las nuevas generaciones sólo conocen por referencias. Free pertenece a otra época del baile y de la liberación. C. Tangana es contemporáneo. Y, sin embargo, todas caben aquí.
Porque debajo de los géneros, de las plataformas, de los teléfonos inteligentes y de los algoritmos siguen apareciendo las mismas preguntas: quién soy para el otro, qué espera de mí, cuánto estoy dispuesto a ceder, cuánto quiero controlar y qué hago cuando el otro deja de corresponder a la imagen que me fabriqué de él.
Las generaciones cambian, las herramientas cambian, las canciones regresan, pero no necesariamente cambian nuestras formas de sufrir. Quizá por eso seguimos creyendo que el amor es, por definición, constructivo, que si algo se hace en nombre del amor de algún modo tiene que conducir al bien.
No siempre.
Hay amores que construyen y otros que desgastan; hay relaciones que acompañan y otras que someten; hay deseos que liberan y otros que convierten al otro en objeto de posesión. Hay vínculos que nos hacen mejores y otros que terminan convirtiéndose en la coartada perfecta para justificar nuestras peores conductas.
La tecnología ha cambiado el escenario, pero no necesariamente el guion. Y quizá por eso aquellas canciones vuelven, una y otra vez, como si nos recordaran que debajo de cada nueva herramienta seguimos estando nosotros: con nuestras viejas formas de desear, de temer, de poseer, de abandonar y de confundir el amor con aquello que el amor nunca debió ser.
El amor también puede arder.
Y cuando arde, no siempre sabemos qué fue primero: el fuego, la pasión o la necesidad de quemarlo todo.















