Ciudad de México, septiembre 1, 2026 10:47
Revista Digital Septiembre 2026

Lo que La Vida sueña cuando duerme

“Mi llanto era por el vacío de lo perdido recientemente y también de nostalgia por un pasado ya lejano en que nada importaba más que el momento presente, bendita infancia”.

POR FERNANDO HELGUERA

Mi llanto era por el vacío de lo perdido recientemente y también de nostalgia por un pasado ya lejano en que nada importaba más que el momento presente, bendita infancia

Gracias a recientes acontecimientos que no quiero detallar, el sábado caminaba por San Miguel de Allende arrastrando una larga tristeza de esas tan sustanciosas que la gente brinca para no pisar. Mientras más caminaba, más se alargaba. Llegué a la esquina donde se encuentra La Esquina, que es el Museo del Juguete Popular Mexicano, lugar al que desde hacía años quería entrar y por angas o mangas no lo había hecho. Y hubiera seguido así de no ser porque en la puerta una persona le dijo a otra: “Si va a entrar, tendrá que dejar la tristeza afuera”. Giré la cabeza y no alcancé a ver el final de mi serpenteante tristeza por lo que pensé que, si la dejaba ahí un rato, sería difícil que alguien se la llevara. Me desprendí de ella y entré a través de la puerta de vidrio templado de esa casa colonial, hermosamente adaptada para ser museo.

Para mi sorpresa había un montón de gente de todas las edades y de varias nacionalidades, no sólo familias con niños. Desde la entrada hay piezas que denotan que las exposiciones son una hermosura total y eso me elevó el ánimo de golpe. Si bien la museografía, en parte, busca establecer un relato a través del recorrido por los espacios y las piezas que el museo muestra, en este caso va mucho más allá. Estoy seguro de que los juguetes crearon las escenas en secuencia, tal como uno las puede ver como visitante, y probablemente el personal del museo no se ha dado cuenta en varios de los casos, o ya habrían exaltado esas particularidades como bien lo hacen con otras partes de la exhibición y el edificio.

La primera vitrina tenía dos títeres colgados de los hilos desde las crucetas de madera, y eran un pequeño caminando al lado de la madre, arrastrando un carrito con un cordel en la otra mano. Así tal cual recuerdo de chico empezar la vida de la mano de mi mamá, con mi carrito, caminando por el parque o por las calles. Esto no dejaba de ponerse emocional y me pregunté si la tristeza que dejé en la calle no se estaría enloqueciendo en mi ausencia. Luego seguía una serie de ferias y circos en diferentes técnicas, pues el museo alberga juguetes de muchas de las culturas y tradiciones mexicanas. Elefantes, mujeres barbudas, juegos mecánicos, puestos de comida, la mujer en la cuerda floja… En un momento llegué a Los Voladores de Papantla y el vértigo de lo que ya nunca más va a ser me cayó como piedra, directo en el estómago. Sí, allá afuera estaba ocurriendo un drama silencioso, pero no pensaba salirme hasta ver toda la muestra.

Avancé y llegué a la sección de la lucha libre, donde pude aplicar varias llaves a mi mente tortuosa y así entrar en un estado de mayor candidez y sorpresa por las cosas que estaba viendo, pues de pronto fue como verlas cuando era pequeño, por primera vez. Los boxeadores de madera, los acróbatas de la escalera, ¡los payasos!, la calaca de la marimba… Todas las infancias de los niños mexicanos del siglo XX y antes, ahí conviviendo a todo color y con todo tipo de materiales naturales.

¡Qué buena fiesta! Y como en toda buena fiesta, no podían faltar los músicos. Había unos mariachis en miniatura y me les acerqué para pedirles que se echaran unas de despecho de las de José Alfredo, pero justo antes de hacerlo apliqué otra llave maestra a mis impulsos y logré mejor seguir para dirigirme a los animales vestidos de manta, con instrumentos de música de banda. Ya más entrados en ambiente jalé para la zona de los acróbatas, donde había trapecistas haciendo las más impresionantes piruetas, ¡ahí en mi cara y sin red de protección! Había una torre humana de 6 personas en perfecto equilibrio, cada uno con su disfraz correspondiente: el jaguar, el venado, el toro… Cuando de pronto apareció un desfile de mujeres con bateas de alimentos en la cabeza, haciendo filas largas en sus ropajes coloridos. Corrí a ver qué dulces y panes me iban compartir, y bueno, no les cuento las delicias que me dieron, pues cuando tengo ojos de hambriento o antojado, soy irresistible.

Pasó un tren cuyas vías volaban por los aires, haciendo espirales, y con un brinco preciso que acababa de aprender de uno de los acróbatas me trepé en movimiento, viendo así todo el panorama desde las nubes. Y en las nubes más altas estaban muchas calaquitas en su propia fiesta, y entonces me encontré a una pareja sentada en una tumba, dándose el beso de amor eterno, y no pude más, me tuve que sentar en una banca y me puse a llorar.

Mi larga sombra había entrado un poquito por la rendija y allá afuera trataba de forzar la puerta para entrar por completo y reunirse conmigo; afortunadamente no pudo. Mi llanto era por el vacío de lo perdido recientemente y también de nostalgia por un pasado ya lejano en que nada importaba más que el momento presente, bendita infancia. Se acercaron unos niñitos y me preguntaron que qué me pasaba, abrazándome y, con su actitud, recordándome lo bello del lugar y de la vida en todo momento que queramos verlo. Me dije lo que ya sé, que hoy para mí no hay ningún drama en lo que ya no está, y que las lágrimas eran finalmente de gusto por la oportunidad de haber vivido todo ese amor que siempre ha venido a mí en las diferentes etapas de la vida. Nadie me prometió que las cosas fueran a ser permanentes, y aun así tengo la seguridad de que ese amor me seguirá llegando, como siempre lo ha hecho, pero a través de diferentes artífices.

Ya repuesto y energizado, con una sonrisa enorme en el rostro, me levanté y los niños me tomaron, uno de cada mano, para llevarme a ver la última de las salas: ¡la sala de los sueños! Ahí había alebrijes, seres fantásticos, colores inexistentes, barcos aéreos que atrapaban venados en sus redes, pulpos voladores de cristal, y mil maravillas que me recordaron que el sueño que sueña la vida misma, somos nosotros en esta Tierra.

Me despedí de mis amiguines, abrazándolos, y me dirigí a la salida por donde está la tienda del museo. Ya sé dónde, de ahora en adelante, voy a comprar los regalos que tenga que hacer. No saben qué chuladas de cosas tienen ahí. Se le derriten a uno el corazón y el bolsillo, es un peligro. Compré una libretita de pensamientos de la creadora del museo, Angélica Tijerina, que no he leído pero sé que va a ser una maravilla si fue capaz de crear ese lugar. Salí por la puerta a la banqueta y ahí seguía la tristeza, pero estaba inerte, era bastante ajena, ya no tenía efecto en mí. Para no dejar restos a mi paso, la fui doblando larga cual era, poco a poco, y como ya no tenía cuerpo fue fácil meterla en mi mochila y llevármela para-por-si-se-ofrece en el futuro, pues el tránsito por la tristeza, sin drama, es una forma auténtica de honrar lo vivido desde lo más profundo.

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