El encuentro anhelado
Feria de Minería. Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro
“Miraba entre envidioso y compungido las filas de lectores que tenían el tiempo e interés suficientes para dedicar toda una tarde al descubrimiento de títulos que me hubieran quemado las manos por acariciar sus cubiertas y lomos”.
POR OSWALDO BARRERA FRANCO
Hay viajes que no comienzan en un punto específico, sino en una intersección de la que cada ruta posible tiene a su vez una multitud de destinos y posibilidades. Así ocurre con las ferias de libros y, desde un punto de vista más preciso, con cada uno de los títulos que uno puede encontrar en ellas y las historias que a su vez pueden derivarse de cada uno.
Al término de mi adolescencia tuve la inquietud de asistir a una de esas ferias en las que, antes de recorrer por primera vez los pasillos y salones atestados de libros del Palacio de Minería de la UNAM, esperaba descubrir un lugar para mí tan fantástico como los mundos literarios que lo habitaban. Siempre aguardé aquella edición y el momento adecuados para acudir a ese encuentro, en un lugar solemne que admiraba desde la plaza Manuel Tolsá, junto a la escultura ecuestre conocida como “El Caballito”, oronda y reflexivamente apostada frente al Museo Nacional de Arte.
Los viajes espontáneos al Centro Histórico a mitad de mis veinte eran más que nada para ir a marchas multitudinarias en contra de la presencia del ejército en Chiapas o, cuando los motivos no tenían nada que ver con cuestiones políticas, a tiendas que vendían artículos para dibujo y, ocasionalmente, comer en el Sanborns de los Azulejos o el Café Tacuba, sólo por conocer aquel emblemático restaurante en el que los churros y el champurrado eran una costumbre obligada para mi abuelo materno.
Ya de regreso a mis rumbos sureños, de camino hacia la Alameda Central para entrar al metro Bellas Artes, sobre la Calzada Tacuba, se presentaba ante mí aquel imponente remate visual casi en el cruce con el Eje Central, donde el eclecticismo constituía el estilo arquitectónico dominante, con el ya citado Museo Nacional de Arte, alguna vez el Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, acompañado en el extremo suroccidental de esa misma plaza por el Palacio Postal y su desbordado toque plateresco en un edificio de principios del siglo XX, así como el muy neoclásico Palacio de Minería, obra de quien dio su actual nombre a la plaza al otro lado de la calle. Ahí, mi vista se quedaba fija en la fachada principal de ese palacio, y frente a la que en alguna ocasión contemplé sorprendido la larga fila de asistentes a la feria internacional del libro que los esperaba en su interior.
Eran tiempos más afortunados para el mundo editorial y el entusiasmo por los libros no tenía nada que ver con redes sociales ni otras formas de divulgación más efectivas pero menos personales. El contacto con los libros era de boca en boca, gracias a los préstamos en bibliotecas o la recomendación de libreros que conocían su oficio al dedillo, como aquellos que hoy se encuentran, todavía en franca resistencia ante los estropicios del tiempo, en la calle de Donceles, otro de los afortunados descubrimientos en aquellas contadas visitas al Centro Histórico.
Así, miraba entre envidioso y compungido las filas de lectores que tenían el tiempo e interés suficientes para dedicar toda una tarde al descubrimiento de títulos que me hubieran quemado las manos por acariciar sus cubiertas y lomos para entonces arremeter con vehemencia sus ocultas y sugerentes páginas. Era una tentación no banal pero si esperanzada, lo suficiente para prometerme que en algún momento acudiría a esa feria para por fin satisfacer mi arrebato.
Sin embargo, los años y las ediciones de la feria seguían adelante sin contar con mi asistencia. Siempre había algún impedimento: la distancia, el poco tiempo disponible, el presupuesto limitado y, quizá lo que entonces más me pesaba, la soledad como única compañera para aventurarme en aquel primer encuentro. Porque leer se ha vuelto un acto unipersonal y egoísta, donde las confesiones de los textos prefieren tomarse con la reserva que amerita aquella complicidad tácita entre autor y lector, lo que no ocurre con otras interacciones que invitan a ser parte de un complot con alguien más, ya sea en una obra de teatro, un concierto o una película.
Y así dejé en ansiada espera mi visita al Palacio de Minería, con el único propósito de compartir con alguien más aquel exuberante recorrido entre títulos conocidos y novedades editoriales. Era algo que iba más allá de las palabras impresas en papel que aguardaban a que mis ojos las recorrieran para revelarme sus secretos; detrás había la urgencia, el deseo por involucrar a otra alma lectora en aquella travesía. Esa espera se prolongó por más tiempo del necesario, siempre con la duda ante la resignación de tener que acudir solo a un encuentro largamente postergado.
Hasta que por fin dicho encuentro tuvo lugar, en aquella sede palaciega, en aquella feria concurrida, en aquel concierto impetuoso de estantes y mesas repletas de libros a los que la vista se dirigía sin descanso en búsqueda de una portada que gritara con su atrevida tipografía “¡aquí estoy!”, y reconociera que por fin la pesquisa había terminado. Tuve entonces en mis manos ese libro único que compartiría con la persona, o al menos con su recuerdo, que arrancó conmigo el efímero recorrido desde aquel punto de partida hacia varios e inciertos caminos. Así, la expectativa fue mejor que la realidad.















