La piedra del juramento
“Éramos —seguimos siendo— unos exploradores en busca de ese eslabón que faltaba en nuestra historia...”
POR NANCY CASTRO
Saludas a la gente que viene de frente, rompes el ritmo de tus acompañantes y te adelantas.
—¿Qué buscas? —te pregunta Lorena.
Hace algunos años que no estabas aquí y has decidido volver a este lugar, que nos vio crecer. Nadie entiende por qué.
—Nada.
Ese nada solo fue para ti. Seguramente Lorena estaba a otra cosa y no te escuchó.
Detrás de ti viene una comitiva que te sigue a ciegas.
Te seguimos fielmente, como cuando éramos jóvenes y emprendimos la exploración de los chícharos mágicos: esas cuevas pegadas unas a otras que, por su forma, parecen unirse como los chícharos dentro de su vaina.
Lorena se adelanta y compromete su paso al tuyo. Hablan mucho. Ella, entre aspavientos, te señala una dirección.
Cuando regresa con nosotros, Anita pregunta:
—¿Ahora qué?
Lorena nos recuerda la fecha.
4 de agosto.
Nos miramos.
Nos recuerda el juramento que quedó indeleble en nuestra historia.
—¿Cómo lo fuimos a olvidar? —digo.
Lorena, Anita, Santi y yo te miramos alejarte como a un gladiador.
Corremos detrás de ti.
—¡Espera, Pauli! ¡Vamos contigo!
No hemos venido a hacer turismo.
Éramos —seguimos siendo— unos exploradores en busca de ese eslabón que faltaba en nuestra historia. Llegar hasta allí, la cita pactada que hicimos dieciséis años atrás.
Es 4 de agosto y la prisa nos rompe el paso. Tenemos que llegar antes de que oscurezca.
A la Piedra del Juramento.
Nunca nos decidimos a llegar hasta allí. Quedamos en dejarla para más adelante, como se dejan para después las cosas que uno cree que siempre tendrá tiempo de hacer.
Pero regresaríamos.
Todos.
Dieciséis años más tarde.
Esa sería nuestra insignia: llegar juntos para saber que seguimos vivos.
Un acto de fe en una amistad que no se disolvería con nada, pasara lo que pasara.
Entonces decidimos llamarla así.
En realidad, no era más que un peñasco enorme, escondido detrás de los chícharos mágicos, desde donde podía verse todo el pueblo.
Una tarde, después de jurarnos cosas que ya nadie recuerda con exactitud, hicimos una última promesa.
Regresaríamos.
Todos.
El 4 de agosto.
No importaba cuánto tiempo hubiera pasado.
No importaba dónde estuviera cada uno.
Aquel día volveríamos a la piedra.
Nadie dijo entonces qué ocurriría si alguno faltaba.
Quizá porque, a los dieciséis años, uno todavía cree que la vida consiste en llegar juntos a los lugares que ha elegido.
Y entonces, con un ímpetu inequívoco, te seguimos.
No solo por la urgencia de llegar antes de que oscurezca.
Sino de no volvernos a perder.
Con dieciséis años más las piernas ya no responden igual.
Nos falta el aire.
Nos detenemos más de la cuenta.
Pero nadie propone volver.
Seguimos ascendiendo.
Al principio hablamos todos a la vez. Después, cada vez menos.
Hasta que el cansancio nos dejó en silencio.
Vas en ascenso, solo se escucha tu respiración, es fuerte, grave, a cada paso tuyo se desprenden piedrecitas. Santi te imita, Anita ríe.
Lo miras profundamente. No necesitas decir nada.
Nos decidimos por el silencio. Sólo se escucha el roce de nuestros pasos sobre la tierra.
Y entonces los vimos.
Los chícharos mágicos.
O lo que quedaba de ellos.
Nos detuvimos frente a las cuevas.
Durante unos segundos ninguno se atreve a entrar.
Ya no somos aquellos muchachos capaces de meterse en cualquier agujero convencidos de que al otro lado nos esperaba un tesoro.
Ahora sabemos que uno puede perderse.
Que las cosas pueden derrumbarse.
Que no siempre todos regresan.
Pero tú no te detienes.
Te agachas y entras primero.
Como siempre.
Y nosotros, uno detrás de otro, volvemos a seguirte.
Desde fuera, los chicharos parecen más pequeños de lo que recordábamos. O quizá somos nosotros quienes hemos crecido para reconocerlos. La entrada sigue siendo la misma: una abertura oscura en la piedra, apenas suficiente para pasar de uno en uno.
—¿Seguro que era por aquí? —pregunta Anita.
No respondes.
Te agachas y entras.
Como siempre.
Santi va detrás de ti. Luego Lorena. Anita y yo nos miramos antes de inclinarnos hacia la oscuridad.
Dentro hace frío.
El ruido del pueblo desaparece casi de inmediato. Solo queda el roce de nuestras manos contra la piedra, nuestras respiraciones, alguna risa nerviosa. Avanzamos encorvados por los estrechos pasadizos que se comunican entre sí. De pronto una abertura da paso a otra, y otra más. Nos reconocemos en aquella forma absurda de explorar: tú delante y nosotros siguiéndote sin saber nunca con certeza si habíamos elegido el camino correcto.
—Por aquí no era —dice Santi.
—Tú tampoco te acuerdas —responde Lorena.
–Yo si me acuerdo.
—Claro.
Nos reímos.
La risa rebota en las paredes y vuelve a nosotros deformada, como si alguien más caminara dentro de las cuevas.
Seguimos.
Por momentos tenemos que avanzar de lado. A otros, al inclinarnos tanto, las rodillas nos rozan en el suelo. Anita protesta. Lorena dice que antes aquello era más amplio.
—Antes éramos más pequeños —digo.
Nadie responde.
Porque es verdad.
Al cabo de un rato vemos la claridad.
Una luz oblicua se filtra desde el otro extremo. Aceleramos. Salimos uno detrás de otro y nos quedamos unos segundos quietos, dejando que los ojos se acostumbren de nuevo a la tarde.
Estamos en la parte trasera del cerro.
Desde allí debería comenzar el último ascenso.
Debería.
Pero el camino ha desaparecido.
Un derrumbe ha desprendido parte de él. La tierra y las piedras han caído sobre la vereda que recordábamos. Donde antes había un paso estrecho ahora hay un montón irregular de rocas, raíces expuestas y maleza. Seguimos sorteando el camino, escalamos, nos agarramos a plantas, raíces, para poder avanzar.
—No puede ser —dice Lorena.
Miras hacia arriba.
Todos lo hacemos.
Y entonces la vemos.
La Piedra del Juramento.
Sobresale del cerro como un picacho. Un peñasco enorme, recortado contra la luz de la tarde. Parece estar más cerca de lo que está.
—Es ahí —dices.
No hacía falta que lo dijeras.
La reconocemos todos.
Nos quedamos en silencio.
Abajo, el pueblo comienza a encenderse.
La luz todavía alcanza a detallar las calles, los tejados, las fachadas de las casas que alguna vez conocíamos de memoria.
Poco a poco, una ventana se ilumina. Luego otra. Después una casa entera.
Desde allí, las luces parecen luciérnagas suspendidas.
Una constelación a ras de tierra.
—Tenemos que dar la vuelta —dice Anita.
—No llegamos antes de que anochezca —responde Santi.
Lorena busca con la mirada un camino entre las piedras.
—Podemos pasar por arriba.
—Eso no es pasar por arriba —dice Anita—. Eso es subir por un derrumbe.
Tú ya estás caminando hacia él.
—Pauli —te hablo para que pares el ritmo, desde que comenzamos no has parado.
Te detienes.
Por primera vez desde que entramos en los chícharos, volteas a mirarnos.
No dices nada.
Pero tampoco retrocedes.
Y entonces entre todos buscamos subir. Santi encuentra un apoyo entre las piedras. Lorena aparta unas ramas. Anita extiende la mano para ayudarme a salvar una grieta.
Por momentos avanzamos a tientas.
Una piedra rueda ladera abajo.
Otra queda atrapada bajo nuestros pies.
Nos detenemos, volvemos a buscarnos y continuamos juntos.
Nadie quiere llegar solo.
Cuando finalmente alcanzamos el peñasco, tú ya estás allí.
Te vemos llegar hasta el borde.
Quieres decirnos algo.
No te atreves.
Solo te miramos.
Queremos saber.
Tus ojos dicen más de lo que tu voz pudiera.
—Lo he perdido todo y no sé cómo regresar.
La voz te sale a trompicones.
Nos miras desesperado.
Lorena te abraza.
Anita te observa. No sabe por dónde empezar, pero finalmente te aborda.
—¿Qué perdiste? ¿Regresar a dónde?
—No lo abrumes, Anita —le dice Santi.
Te rompes.
—El trabajo, la casa, a Sandra. Todo lo perdí. Lo perdí todo.
Te vi nuevamente.
Eras de nuevo el pequeño Pauli.
El mismo que iba delante de nosotros, el que se metía primero en los chícharos mágicos, el que encontraba el camino cuando los demás no sabíamos hacia dónde seguir.
Solo que ahora no sabías regresar
La tarde- noche del 4 de agosto se proclamó eterna en las lágrimas de Pauli.
Nadie dijo nada.
No hacía falta.
Por primera vez en todo el camino, Pauli, no ibas delante.
Estabas en medio de nosotros.
Y nosotros alrededor de ti.
Desde la piedra del juramento nos veo a los cinco tan cerca que respiramos al unísono. En el engranaje de nuestra historia, por fin se unía la pieza faltante.
Por un momento nadie habla.
Abajo, el pueblo continúa encendiendo sus luces.
Una a una. Desde las casas, también parecen esperar el regreso de alguien.
No levantas la cabeza.
Lorena mantiene los brazos alrededor de ti.
Santi te pone una mano en el hombro.
Anita, que nunca ha sabido quedarse quieta frente al dolor ajeno, da un paso atrás y después vuelve a acercarse.
Yo permanezco fotografiando con el obturador de mi memoria cada instante.
Y pienso que quizá para eso hemos vuelto.
Para comprobar que, a pesar del tiempo transcurrido, la amistad todavía sabría cómo hacernos regresar a donde tuviera que ser.
O quizá no regresar.
Quizá solo dejarnos sentir que, juntos, se podía atravesar cualquier pérdida.
Y ahí estabas, Pauli, recordándonos por qué era necesario volver a la piedra del juramento.
















