Ciudad de México, septiembre 1, 2026 11:12
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Septiembre 2026

El hombre de Atocha

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Yo pensaba que ese día el viaje era a Córdoba. Pero antes de subir al tren había recorrido once años para llegar hasta mi papá.

POR MARIANA LEÑERO

Mi papá estaba muerto. De eso no había ninguna duda. El problema fue que apareció en Atocha.

Regina y yo esperábamos el tren a Córdoba cuando lo vi. Estaba sentado en una esquina, tomando café y leyendo. Exactamente como mi papá. Me quedé mirándolo más tiempo del que se debe mirar a un desconocido. Volteé hacia Regina y ella también lo miraba atónita. No hizo falta decirnos quién era.

Durante unos segundos pensé que el cabrón nos había engañado a todos.

No era una posibilidad del todo absurda. Bueno, sí lo era, pero tenía cierta lógica. Si mi papá hubiera decidido desaparecer, Madrid habría sido el lugar perfecto. Siempre dijo que Madrid era quizá el único otro lugar donde habría querido vivir.

Así que ahí estaba. Muy tranquilo. Tomando café y leyendo mientras nosotros llevábamos años extrañándolo. Muy cómodo.

Pero mi papá jamás se habría ido sin mi mamá. Y además yo lo había visto morir.

Pero ¿era o no era?

No me acerqué. Le tomé una foto, por si acaso. Mientras lo miraba pensé en todo lo que se había perdido. Once años. Yo tenía mucho que contarle.

Me acerco y me siento frente a él.

—Hola, papi.

Levanta la vista. No parece sorprendido. No pierdo tiempo preguntándole dónde chingados ha estado todos estos años.

—Te fuiste demasiado pronto. Te extrañamos mucho. Mira todo lo que te has perdido.

Sin pensarlo empiezo por sus nietas. Regina lleva cuatro años viviendo en Madrid y Sofía apenas uno. Se están buscando. O encontrando. Ya no sé.

Mi mamá sigue aquí. Me sorprende la paz con la que está viviendo esta etapa. Me da tranquilidad verla así. Disfruta su jardín, su música, sus días. A veces cree que no te has ido y nos pregunta por qué no estás a su lado. Eso duele. Nos haces falta, pero ahí la llevamos.

Tuvimos que desmantelar Cuernavaca. Se fueron las comidas eternas, los juegos de cartas, los proyectos y los cajones llenos de cosas que nadie necesitaba pero nadie quería tirar. También se ha ido gente que queríamos. Pero entre tu ausencia, mamá envejeciendo y aquella casa que desaparecía, terminamos encontrándonos más entre nosotras.

Tus nietas son trabajadoras y amorosas. Tienen proyectos increíbles, muchos de ellos artísticos. Eso no podía faltar en nuestra familia. Jesusa hizo La visita del ángel a la misma edad que tenía Malú, tu personaje. Me contó que hacerlo la acercó a ti de una manera especial. Y a nosotras nos permitió sentirte vivo otra vez.

Se queda callado. Yo tengo tanto que contarle que ya ni siquiera espero su respuesta.

Hubo una pandemia. El mundo entero se encerró. Nos cubrimos con tapabocas, dejamos de abrazarnos y trabajamos desde una pantalla. Pensamos que aquello nos iba a cambiar. Y sí. Solo que no como imaginábamos.

Salimos otra vez a la calle y nos quedamos pegados al teléfono. Caminas al perro con el teléfono. Tomas un café con un amigo con el teléfono. Estás en la cama con el teléfono.

Cagas con el teléfono.

Miramos todo y no miramos nada: una receta, una guerra, un niño herido, alguien bailando, un incendio, algo que no necesitas pero acabas comprando. Deslizamos el dedo y el mundo cambia.

Miro a mi papá con su libro y su café.

Nos apendejamos.

Pero tengo que contarte que México tiene una mujer presidenta. El matrimonio gay es legal en muchos más países. Han pasado también cosas buenas, aunque ahorita, sentada frente a ti, parece que se me ocurren primero las malas.

Trump volvió a ganar.

Y las cosas se han puesto cabronas. Las fronteras parecen haberse vuelto más duras. Personas que llevan años trabajando, formando familias y construyendo una vida pueden ser sacadas brutalmente, como si todo ese tiempo no hubiera contado.

Y hay guerras. Te imaginas, papi, guerras. Ucrania. Gaza. Ciudades destruidas, hospitales, familias enteras. Demasiados muertos. Demasiados niños.

El calentamiento global está cabrón. Ya nos alcanzó: calor, incendios, inundaciones, sequías.

Me detengo. Estoy hablando de más. Nuestro tren sale pronto y todavía tengo tanto que contarte.

Los coches se manejan solos, los robots llevan comida y existe la inteligencia artificial. O sea, imagínate: le preguntas casi cualquier cosa a una computadora y te contesta antes de que termines de escribir.

Me apresuro a seguir antes de que empieces con tus preguntas curiosas de periodista. Todavía me falta contarte de mí, como hacía cada vez que te necesitaba.

He cambiado, pero a veces no tanto. Todavía me atrapa la melancolía y me gana la ansiedad. Sigo preocupándome por cosas que todavía no han pasado, dejando todo para el último momento y preguntándome si estoy haciendo las cosas bien. Me cuesta mucho trabajo saber cómo ser pareja, ser mamá o ser simplemente yo.

Tenía cuarenta y cuatro años cuando te moriste. Quizá entonces pensaba que con los años tendría más respuestas. Resulta que no.

Quizá por eso camino tanto. Cuando llego a algún lugar busco montañas y senderos. En una montaña se me olvidan las preguntas. No necesito saber cómo termina el recorrido; me basta con encontrar dónde poner el siguiente pie.

Acabo de cumplir treinta años de casada con Ricardo. Ya no vivimos en la casa que conociste. Nos cambiamos a una que amo, especialmente su jardín, casi tan bonito como el de ustedes. Llegó Luna, mi perrita, y no sé cómo terminó volviéndose una parte importantísima de nuestra vida.

Ricardo dejó su trabajo corporativo y nos metimos en algo que jamás habría imaginado: lavanderías.

Sí, papi. Lavanderías.

Sé que aquí se habría detenido. Habría querido saber cómo funcionan, por qué se nos ocurrió, si dejan dinero. Habría hecho veinte preguntas. Me imagino a Ricardo pasando horas contigo, contándote cada detalle de su nuevo proyecto.

Sigo dando terapia y clases. Me hace plenamente feliz. Es quizá lo más certero que tengo en mi vida. Eso no te habría sorprendido.

Pero hay algo que sí.

Escribo.

Desde hace cuatro años escribo pequeños relatos para Libre en el Sur, de tu querido amigo Paco Ortiz Pinchetti. Llegué ahí porque su hijo Paco me invitó a escribir sobre San Pedro de los Pinos y me recordó que tú les habías quedado debiendo un texto.

Así que empecé escribiendo, quién sabe, quizá para pagar tu deuda.

Y no paré.

Cada mes pienso que ya no tengo nada que contar. Dejo pasar los días, me bloqueo y termino escribiendo al último momento.

Y ahí apareces tú.

Me acuerdo de tu plumón rojo y de tus “frases cortas, mija”. Ya no estás para decirme qué sobra o dónde me puse cursi. Pero escribir me acerca a ti. Me gusta imaginar que lees mis historias, que alguna te hace reír, otra te parece una cursilería. Que todavía estás del otro lado de la página.

Y entonces intento imaginar qué me contestarías.

Me detengo.

No lo sé.

Recuerdo cómo tomabas el café, cómo sostenías un libro, algunas frases, ciertos gestos. Tu manera de quitarle importancia a las cosas que para mí parecían enormes.

Ya no sé qué contestarías. No sé qué pensarías de la inteligencia artificial, de tus nietas adultas, de mi mamá, de mis hermanas.

Ni de mí.

Yo llevaba años extrañando a mi papá. No sabía que también podía empezar a olvidarlo.

—Mamá, ya vámonos.

Nuestro tren está por salir. He imaginado muchas veces qué le preguntaría si pudiera volver a verlo y he desperdiciado casi todo el tiempo poniéndolo al corriente. Ahora solo quiero saber una cosa.

—Papi…

Lo miro. Esta vez no quiero inventar su respuesta.

—¿Y ahora para dónde?

Espero.

Nada.

Y entonces regreso a Atocha.

El hombre sigue sentado en aquella esquina, tomando café y leyendo. No es mi papá. Nunca lo fue.

Y por un momento lo pierdo otra vez.

No quería que regresara solo para contarle todo lo que se había perdido. Quería que no se perdiera todo lo que todavía nos faltaba por vivir juntos.

—¡Mamá!

Guardo el teléfono con la fotografía. Volteo una última vez hacia el hombre del café y camino hacia mi hija.

Yo pensaba que ese día el viaje era a Córdoba. Pero antes de subir al tren había recorrido once años para llegar hasta mi papá.

No encontré la respuesta. Tampoco volvió.

Regina camina unos pasos delante de mí. La alcanzo y subo al tren.

Ese día, por lo menos, sabía hacia dónde iba.

Córdoba.

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