Ciudad de México, septiembre 1, 2026 10:40
Revista Digital Septiembre 2026

Un mundo sin familia

Durante décadas, el mundo convirtió el control de la natalidad en una estrategia para contener la sobrepoblación. Hoy, cuando el crecimiento demográfico comienza a frenarse, aparece una paradoja: sociedades con cada vez menos jóvenes, más adultos mayores y un modelo económico que podría tener que reinventarse para sobrevivir.

POR ESTEBAN ORTIZ CASTAÑARES

Ten mucho cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir. Proverbio chino.

De 1900 a 1970, la población humana había crecido, de manera aproximada, de 1,670 millones a 3,700 millones; es decir, creció más del doble. Fue el crecimiento más alto jamás registrado en la historia humana, a pesar de que el mundo había sufrido múltiples guerras —como la Primera y Segunda Guerra Mundial— y revoluciones que, se estima, mataron entre 100 y 120 millones de personas.

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el gobierno de Nixon comenzó a estudiar, con creciente preocupación, las implicaciones del crecimiento demográfico mundial. Este proceso culminó en 1974 con el National Security Study Memorandum 200 (NSSM-200), conocido posteriormente como Informe Kissinger, que analizó el crecimiento poblacional desde la perspectiva de los intereses económicos y de seguridad de Estados Unidos. El estudio determinó que, para lograr un crecimiento estable futuro, se requería de un programa extensivo de control familiar en EE. UU. y en países estratégicos (13) que, por tener un rápido crecimiento demográfico, amenazaban el acceso a minerales y recursos esenciales. Los países latinoamericanos incluidos en el reporte eran México, Brasil y Colombia.

El Banco Mundial promovió —o condicionó— los apoyos financieros a la inclusión de programas de planificación familiar, y se otorgó financiamiento masivo a ONG que promovieran estas medidas. En México, la ONG fue Mexfam.

Más allá de este programa norteamericano, que se concentraba en mantener el control geopolítico, la medida logró poner en foco el riesgo de tener poblaciones que crecen a un ritmo mayor que su desarrollo, empobreciéndolas. Por primera vez en la historia, las superpotencias y los organismos internacionales (como la ONU y el Banco Mundial) establecieron que un elemento determinante para el desarrollo de lo que en esa época se conocía como el Tercer Mundo era la planificación demográfica, convirtiendo la anticoncepción en una condición para recibir financiamiento internacional.

Y los países en desarrollo, a nivel mundial, lo siguieron.

Esto desencadenó campañas en todas partes del mundo que fueron no solo de concientización, sino también de imposición, como los programas en la India, Bangladesh, Indonesia, Puerto Rico y en los mismos Estados Unidos, donde se aplicaron de manera masiva esterilizaciones forzadas o a través de engaños, sobre todo a los segmentos de población con mayores carencias, vulnerables o problemáticos.

En nuestro país, Echeverría había mantenido la antigua estrategia de “Poblar para Gobernar”, pero el crecimiento poblacional del 3.5% —que implicaba duplicar la población cada 20 años— hacía matemáticamente imposible construir la infraestructura de escuelas, hospitales y viviendas requerida. Y con la nueva Ley General de Población (1974) y la creación de la CONAPO se dio un viraje completo, convirtiendo el control de la natalidad en una prioridad nacional.

La gente de mi generación debe recordar los anuncios que salían continuamente en la radio y la TV sobre “La familia pequeña vive mejor” y “Vámonos haciendo menos”.

El movimiento se hizo presente en el arte, en especial en el cine. Aparecieron en esa época numerosas películas distópicas que mostraban mundos apocalípticos a causa de la sobrepoblación, como “Cuando el destino nos alcance” (Soylent Green, 1972), que me impresionó sobremanera en la época en que la vi por primera vez.

50 años después, nos encontramos en un mundo con una población de 8,300 millones de habitantes. Casi la mitad de los países y territorios del mundo ya han alcanzado su máximo poblacional o se prevé que lo alcancen antes de 2054, y se estima que la humanidad llegue a un pico máximo a mediados de los 2080, con 10,300 millones. Probablemente, los programas y, sobre todo, la mejora en la calidad de vida mundial están logrando detener el crecimiento mundial, llevando al mundo hacia una nueva realidad demográfica. Es probable que el objetivo establecido por Nixon en 1972 se logre y que el riesgo de una sobrepoblación humana se acabe.

Pero las consecuencias —que son muy naturales— nos preocupan. Vemos con tristeza que en los parques cada vez hay menos niños y más perros, y nuestra principal preocupación es la vejez y el riesgo de terminar en la pobreza por la falta de pensiones y apoyos.

Las sociedades tendrán cada vez menos jóvenes en el segmento laboral pagando —a través de los impuestos— los costos de jubilación y los altos gastos médicos de un creciente segmento de adultos mayores. En 1950, en promedio en el mundo, se estimaba que por cada 100 niños y jóvenes había 15 adultos mayores —6.6 jóvenes por cada persona de la tercera edad—. En 2050, 100 años después, se estima que habrá un adulto mayor por cada niño o joven.

Los gobiernos en todo el mundo advierten que, ante esta situación, será imposible mantener una estructura social como la que conocemos.

El análisis, para mi modo de ver, es obtuso y cómodo para las élites, ya que no considera los cambios en la productividad a lo largo del tiempo. De 1950 a la fecha (2026), se ha generado un incremento en la productividad humana promedio de 4.5 veces y, en los países desarrollados y en algunos sectores, hasta de 15 veces (ver Tablas Mundiales de Penn). Para dimensionar el cambio, lo que producía un campesino en Alemania hace 75 años permitía alimentar a 10 personas; en 2025, un campesino homólogo en la misma zona tiene la capacidad de producir alimento para 153 personas. Pero su salario no se ha incrementado 15 veces, ni tampoco el costo de vida se ha reducido para él 15 veces.

A pesar de que ha habido ligeras mejoras en el nivel de vida, la mayor parte de las ganancias por el incremento en la productividad se ha transferido a inversionistas y empresarios; por eso, cada año las diferencias en la riqueza entre la población media y las élites son mayores. A este efecto se le conoce en economía como “La Gran Desconexión”.

Si una sociedad puede multiplicar por 15 la producción de un trabajador agrícola mientras reduce drásticamente el número de personas dedicadas al campo, ¿por qué damos por hecho que una reducción de la población activa necesariamente tiene que provocar una crisis económica?

Tal vez el verdadero problema no sea solamente cuántas personas trabajan, sino cuánto produce cada una y cómo se distribuyen los beneficios de esa productividad.

Si los modelos económicos cambian y se empieza a tasar el capital —la riqueza que se tiene— y no el trabajo —lo que hacemos para sobrevivir—, se podrá hacer frente a este nuevo reto mundial.

Esta idea ya está siendo promovida por un grupo de supermillonarios, “Los Millonarios Patriotas” (Patriotic Millionaires), un movimiento creado en los EE. UU. en 2010, que ve con riesgo el desmoronamiento de las estructuras sociales y, con ello, la aparición de inestabilidad social que pondría en riesgo su riqueza y posición social.

Esta transformación de modelo podría crear el famoso salario universal para todos o un modelo con impuestos negativos en el que se apoye a los que menos tengan, atendiendo, además, el enorme problema de desempleo que, se cree, se generará a partir de 2030 con la sustitución de empleos por la inteligencia artificial y los procesos automatizados.

Se estima que México dejará de crecer en el año 2052. A partir de ese momento, el problema será patente. Esperemos que nuevos modelos económicos se implementen y se evite que este nuevo “destino nos alcance”, porque para esa época ya seremos viejos y poco podremos hacer.

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