Gusanos que curan
Especial.
Una práctica nacida de la observación de heridas infestadas terminó por convertirse, bajo condiciones estrictamente controladas, en una herramienta especializada de la medicina contemporánea.
POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO
Pocas imágenes resultan tan inquietantes como una herida con larvas. Durante siglos, su presencia se asoció con abandono, putrefacción y muerte. Sin embargo, algunas especies de mosca pueden convertirse, bajo condiciones médicas estrictamente controladas, en una herramienta para limpiar heridas difíciles de tratar.
A este procedimiento se le conoce como terapia larval o terapia de desbridamiento con larvas. “Desbridar” significa retirar el tejido muerto o dañado que impide que una herida avance hacia la cicatrización. Para ello se emplean principalmente larvas de Lucilia sericata, criadas y desinfectadas en laboratorio antes de entrar en contacto con el paciente (Whitaker et al., 2007; Sherman, 2014).
Esta práctica no nació en un laboratorio. Durante siglos, médicos y cirujanos observaron que algunas heridas infestadas por larvas parecían estar más limpias que otras. En el siglo XVI, el cirujano francés Ambroise Paré describió este fenómeno, aunque no convirtió a las larvas en un tratamiento sistemático.
Más tarde, Dominique-Jean Larrey, cirujano de los ejércitos de Napoleón, observó durante las campañas de Egipto y Siria que ciertas larvas consumían sobre todo el tejido putrefacto y parecían respetar las zonas todavía vivas de la herida (Sherman, 2009). Eran observaciones empíricas: todavía no se conocían las bacterias ni existía una explicación científica de por qué podía ocurrir.
Durante la Guerra Civil de Estados Unidos, esas observaciones comenzaron a transformarse en una práctica deliberada. El médico confederado Joseph Jones registró que las larvas presentes en algunas heridas eliminaban tejido desvitalizado. Su colega John Forney Zacharias fue más lejos y afirmó haberlas utilizado en el hospital de Danville, Virginia, para limpiar heridas afectadas por gangrena hospitalaria. Según el testimonio recuperado después por William S. Baer, Zacharias consideraba que las larvas podían limpiar con rapidez lesiones que respondían mal a los recursos disponibles en aquel momento (Baer, 1931).
El paso decisivo ocurrió durante la Primera Guerra Mundial. En 1917, el cirujano ortopedista estadounidense William Stevenson Baer atendió en Francia a dos soldados con fracturas expuestas del fémur que habían permanecido cerca de una semana en el campo de batalla. Baer esperaba encontrar heridas gravemente infectadas, con pus, fiebre y riesgo de una infección sistémica grave. Sin embargo, al retirar las larvas encontró muy poca supuración y abundante tejido de granulación: tejido nuevo, rojizo y vascularizado que aparece cuando una herida empieza a repararse (Baer, 1931).
Años después, ya en Baltimore, Baer intentó reproducir de manera deliberada aquel efecto en pacientes con osteomielitis crónica, una infección persistente del hueso. Sus resultados, presentados en 1930 y publicados en 1931, ayudaron a convertir una observación de guerra en un procedimiento clínico.
Pero los primeros ensayos también revelaron un problema crucial: las larvas obtenidas sin suficiente control microbiológico podían transportar microorganismos peligrosos. Se documentaron infecciones graves asociadas a larvas contaminadas, incluido tétanos, y Baer comprendió que, si iban a utilizarse con fines médicos, debían criarse y manejarse en condiciones de estricta asepsia (Baer, 1931; Quick, 2022).
Como ha explicado Tom Quick, la aceptación de esta terapia dependió precisamente de transformar un organismo asociado con suciedad y descomposición en un agente biológico sometido a las reglas de la medicina moderna (Quick, 2022).
La terapia larval se difundió con rapidez y, durante la década de 1930, llegó a utilizarse en centenares de hospitales norteamericanos (Whitaker et al., 2007; Sherman, 2009). Su auge, sin embargo, duró poco. La aparición de las sulfonamidas, la penicilina y otros antibióticos, junto con mejores técnicas quirúrgicas, hizo que las larvas parecieran un recurso incómodo. Desde mediados de la década de 1940 su empleo disminuyó de manera notable (Whitaker et al., 2007).
El interés regresó a finales del siglo XX. Las heridas crónicas —por ejemplo, algunas úlceras venosas, lesiones por presión o heridas del pie diabético— pueden ser difíciles de limpiar y tratar, y la resistencia de ciertas bacterias a los antibióticos añadió un nuevo problema. Ronald Sherman fue una figura central en la recuperación del método y en la estandarización de larvas de grado médico (Sherman, 2009).
En 2004, la Food and Drug Administration de Estados Unidos autorizó la comercialización de Medical Maggots para el desbridamiento de heridas necróticas de piel y tejidos blandos que no cicatrizan (Food and Drug Administration, 2004). Esto no significaba que las larvas sustituyeran a los antibióticos, la cirugía u otros cuidados, sino que se reconocía una función muy concreta: retirar el tejido muerto.
En México también se ha estudiado esta terapia. En 2016, un estudio clínico aleatorio realizado por investigadores del Hospital General Dr. Manuel Gea González y otras instituciones de la Ciudad de México comparó, en 19 pacientes con úlceras venosas, la larvaterapia con el desbridamiento quirúrgico acompañado de sulfadiazina de plata. Ambos métodos mostraron una eficacia semejante para desbridar, mientras que la larvaterapia produjo una mayor reducción de la carga bacteriana, aunque el tamaño de la muestra fue reducido (Contreras-Ruiz et al., 2016).
En la práctica clínica, las larvas pueden colocarse directamente sobre la lesión o mantenerse dentro de bolsas permeables diseñadas para conservarlas sobre la zona que debe desbridarse. No se trata, por tanto, de una infestación accidental, sino de un procedimiento controlado con larvas de grado médico.
El ensayo VenUS II, por ejemplo, comparó larvas sueltas, larvas contenidas en bolsas e hidrogel en 267 pacientes con úlceras de pierna. Las larvas consiguieron el desbridamiento con mayor rapidez que el hidrogel, pero no aceleraron la cicatrización ni redujeron de manera significativa la carga bacteriana global y se asociaron con mayor dolor durante el tratamiento (Dumville et al., 2009).
El mecanismo es más interesante de lo que parece. Las larvas no se limitan a “comerse” el tejido muerto: liberan enzimas que lo ablandan y lo licuan; después ingieren ese material, lo que facilita la eliminación selectiva de las zonas necróticas y permite preservar en mayor medida el tejido sano (Sherman, 2014).
Sus secreciones también han mostrado actividad antimicrobiana en estudios experimentales. En 1935, Samuel W. Simmons observó que productos derivados de las larvas podían actuar contra microorganismos relacionados con infecciones piógenas, es decir, capaces de producir pus (Simmons, 1935). Décadas después se identificó la lucifensina, una molécula defensiva de Lucilia sericata con actividad antimicrobiana (Čeřovský et al., 2010).
La evidencia clínica más sólida continúa siendo la relativa al desbridamiento. Las larvas son especialmente eficaces para retirar tejido muerto, pero eso no significa que hagan que una herida cierre necesariamente más rápido. Esa diferencia es importante, ya que una herida limpia puede quedar mejor preparada para cicatrizar, pero la recuperación depende también de la circulación sanguínea, la infección, la diabetes, el estado general del paciente y muchos otros factores.
La terapia larval no es una “cura milagrosa” ni un sustituto universal de otros tratamientos. Es una herramienta especializada para situaciones concretas y debe aplicarse bajo supervisión profesional.
Su historia, sin embargo, resulta extraordinaria: una observación repetida en heridas de guerra terminó convertida, después de ensayos, errores y controles de laboratorio, en un procedimiento médico regulado. Paré y Larrey observaron el fenómeno; Zacharias lo utilizó por necesidad; Baer intentó convertirlo en método; y la investigación contemporánea explicó buena parte de su funcionamiento.
Así, una práctica nacida de la observación de heridas infestadas terminó por convertirse, bajo condiciones estrictamente controladas, en una herramienta especializada de la medicina contemporánea.

















