Aceras intransitables: cuando caminar por la calle es un deporte de riesgo
Calle Bartolache, en la Del Valle Sur. Intransitable. Foto: Libre en el Sur.
Las raíces de árboles antiguos y las rampas vehiculares en aceras que violan el reglamento fracturan la seguridad peatonal en la capital.
La omisión oficial y la impunidad constructiva segregan a adultos mayores y personas con discapacidad, violando el derecho constitucional a la movilidad.
STAFF/LIBRE EN EL SUR
El deterioro de las banquetas en la Ciudad de México ha dejado de ser un problema de estética urbana para convertirse en un obstáculo sistemático al derecho a la movilidad.
En una metrópoli que busca la inclusión, el acto de caminar se ha transformado en una actividad de alto riesgo debido a la falta de criterios técnicos en la convivencia entre la infraestructura gris y la infraestructura verde.
Este fenómeno es especialmente agudo en demarcaciones como la alcaldía Benito Juárez, donde colonias de tradición caminable —como la Del Valle, Mixcoac, Nápoles, San José Insurgentes y la Florida— presentan una fractura constante en su superficie de rodamiento peatonal. Los dos factores determinantes de esta crisis son el crecimiento descontrolado de raíces de árboles de gran magnitud y la proliferación de rampas vehiculares privadas que ignoran flagrantemente la normativa vigente, convirtiendo el espacio público en una carrera de obstáculos infranqueables.
De acuerdo con el Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal y el Manual de Banquetas de la Ciudad de México, la prioridad absoluta en la vía pública es el peatón. La norma establece que toda acera debe garantizar un tránsito libre, seguro y, sobre todo, continuo. Sin embargo, la realidad física en calles emblemáticas como Patricio Sanz, Adolfo Prieto, Porfirio Díaz o Pilares contradice la ley de manera sistemática. Las raíces de especies como fresnos, jacarandas y algunos álamos han levantado placas de concreto hasta por treinta o cuarenta centímetros de altura, creando desniveles que resultan trampas invisibles para los transeúntes, particularmente durante la noche o bajo condiciones de lluvia.
Esta situación es el resultado de décadas de abandono y la falta de un programa de mantenimiento preventivo que integre la protección del arbolado con la reparación técnica de banquetas mediante el uso de materiales permeables o flexibles que permitan el crecimiento del árbol sin destruir el paso peatonal.
La Ley de Mitigación y Adaptación al Cambio Climático y Desarrollo Sustentable para la Ciudad de México establece que el derribo de árboles debe ser el último recurso tras agotar opciones de poda y saneamiento. No obstante, la autoridad administrativa ha fallado en la implementación de una ingeniería urbana que concilie la salud forestal con la seguridad del caminante.
Los reportes ciudadanos ante el Sistema Unificado de Atención Ciudadana indican que las solicitudes de reparación de aceras por daños de arbolado pueden tardar años en ser procesadas, mientras que las caídas y lesiones de vecinos, especialmente de aquellos que superan los setenta años de edad, se acumulan en las estadísticas de protección civil de la zona sin que exista un esquema de responsabilidad civil claro por parte del gobierno local.
A la problemática de origen natural se suma la intervención humana mediante la construcción de rampas de acceso para estacionamientos en edificios residenciales y casas particulares. El Reglamento de Construcciones es tajante al señalar que toda acera debe contar con una franja de circulación peatonal de al menos 1.20 metros de ancho, la cual debe mantenerse estrictamente a nivel y libre de cualquier obstáculo o cambio de pendiente.
El Manual de Banquetas, a su vez, especifica con claridad que cualquier desnivel necesario para el ingreso de automóviles debe resolverse exclusivamente en la franja de servicios, que es el espacio pegado al arroyo vehicular donde se ubican postes, árboles y mobiliario urbano. Si la banqueta es demasiado angosta para permitir esta transición técnica, la normativa obliga a que el diseño de la rampa se resuelva hacia el interior del predio privado, sacrificando espacio del garaje y no la superficie horizontal de la vía pública.
Pese a lo anterior, la impunidad constructiva ha permitido que miles de accesos vehiculares ocupen el cien por ciento del ancho de la acera. Estas rampas antirreglamentarias eliminan el nivel del suelo y crean inclinaciones transversales peligrosas que obligan a los transeúntes a caminar de lado o, en el peor de los casos, a descender al asfalto para rodear la inclinación, exponiéndose directamente al flujo de los vehículos motores.
Esta modificación ilegal del espacio público constituye una violación al Artículo 17 del Reglamento de Construcciones, el cual prohíbe taxativamente cualquier obra que dificulte el desplazamiento accesible. La falta de supervisión por parte de la Dirección de Obras y Desarrollo Urbano de la alcaldía ha consolidado una cultura donde se prioriza la comodidad del automóvil privado sobre la integridad física del peatón, transformando la banqueta en una extensión privada del inmueble.
La ausencia de continuidad en la superficie peatonal no solo provoca lesiones físicas, sino que ejerce una segregación directa contra la población más vulnerable. Para un ciudadano que utiliza silla de ruedas, andadera o bastón, un escalón de concreto fracturado o una rampa con pendiente excesiva representa una barrera arquitectónica infranqueable que anula su autonomía y libertad de tránsito.
Esta privatización de facto de la acera contraviene los principios de accesibilidad universal reconocidos en la Constitución de la Ciudad de México. Hasta marzo de 2026, los programas de obra pública en la demarcación se han concentrado primordialmente en el bacheo y repavimentación de vialidades para el transporte motorizado, dejando en la marginalidad la restitución de los senderos peatonales que son la base de la convivencia vecinal. La recuperación de las aceras intransitables requiere de una política pública que aplique la ley con rigor, obligando a los desarrolladores a corregir sus accesos y dotando a las cuadrillas de parques y jardines de la tecnología necesaria para convivir con el arbolado sin destruir la ciudad que se camina.

















