POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Todo el mundo habla por lo bajo 
Todo el mundo quiere una caja de bombones 
Y una rosa de tallo largo 
Todo el mundo sabe 

Leonard Cohen.

 

No sabe que está prohibido el que aparta con cubetas lugares de estacionamiento en la calle y los alquila; no lo sabe tampoco el que se vale de esa renta para llegar cómodamente a su oficina, después de transportarse sin acompañantes en su coche y sin importar lo que contamina y lo que contribuye al tráfico. No sabe que no se vale el que vende tacos de suadero pestilentes en un puesto de la calle, sin licencia sanitaria, ni tampoco sabe que no está permitido verter a las coladeras el aceite requemado resultante de un día de ventas.

No lo sabe el huachicolero suburbano ni tampoco el burgués que bloquea un carril de la vialidad con su camionetota para recoger a los niños afuera de su escuela. No lo sabe el peón que se trepa en los postes de la luz a colocar propaganda de empresas inmobiliarias, pero tampoco lo saben sus patrones. Todos ellos forman el pueblo bueno. Pero no lo saben.

Foto: Adolfo Valtierra / Cuartoscuro

Unos eligen a los poderosos y otros detentan el poder sacando raja de todos los que no lo saben. Pero tampoco lo saben. El policía pide mordida, a veces; porque otras veces son los propios ciudadanos que ofrecen el dinero. Para el trámite, es mejor no hacer la fila y perder el tiempo, el tiempo que mientras más es de uno es más valioso que el de ninguno, a cambio de una “propina”. A fin de cuentas –dicen siempre los que nada saben—, “así son las cosas aquí”.

No lo sabe ni siquiera el que roba. Otros dicen por él que lo hace por necesidad. Lo dicen, no es que lo sepan. Pero cuando el ladrón mata, o mata el narco o el soldado mata al narco, ya llegamos “al peor momento de nuestra historia, al hartazgo”. Así dicen los que no saben con la grandilocuencia del que sabe.

Lo que sí saben es que nadie es corrupto, salvo los otros. Y nadie es nadie, aunque México aparezca en el número 138 en la lista mundial de honestidad. El de enfrente sí que es corrupto: por eso se denuesta a cierto político y se inventa a otro como honesto con tal de poder decir que se vota correctamente, porque el que no sabe, además, nunca está equivocado.

Ya de paso quien vota por el supuesto honesto refrenda para sí la idea de que él mismo es honesto. Es cosa íntima, el orgullo propio, pues en realidad nadie lo descubrirá porque hace exactamente lo mismo que los demás. Y nadie sabe que él sí lo sabe. La corrupción en México es Fuenteovejuna –o a ver, encuentre al “pueblo malo”— y siempre hay un comendador muerto a quien echarle la culpa. O cualquiera a quien linchar.

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