Ciudad de México, agosto 1, 2026 06:42
Revista Digital Agosto 2026

Abonos de vida

“La vejez no es un invierno irremediable, ni cursi otoño, como tampoco ardor de verano, y menos aún una falsa primavera de autoconsolación…”

POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA

Mirarse, frente a un espejo, no agrega ni borra las arrugas. Tan sólo revela impertérrito la edad que no se puede ocultar o negar. Hay, eso sí, espejos que disimulan nuestra apariencia y hasta agregan algo de juventud, como también otros que insensatos reflejan una decadencia insoslayable.

Un juego de espejos que relativizan nuestros miramientos y cálculos, como cuando éramos niños y veíamos enormemente mayores a quienes apenas bordeaban los 40 años de edad, a semejanza de cuando al entreverarnos en las etapas de la existencia borroneamos las potencialidades y limitaciones que conllevan los años vividos., como suele ocurrir cuando se llega más allá de lo que admitimos hoy como la tercera edad, y que si bien añade el beneficio de la experiencia, la sabiduría, la madurez, los logros alcanzados, a la vez evidencia un deterioro de nuestras condiciones físicas y mentales.

Una normalidad, que a veces se rebela y contradice los estándares, como el caso de mi abuela paterna cuya existencia se extendió 99 años: no usaba lentes, escuchaba a la perfección todo tipo de chismes y novedades, caminaba despacio pero firme e iba al mercado y preparaba ricos platillos, no padecía ninguna enfermedad degenerativa y jugaba cartas más allá de la medianoche en los convivios de familia. De hecho, un día antes de morir, cenó con nosotros en familia, y un poco más temprano de la hora acostumbrada, decidió irse a dormir aduciendo que se sentía un poco cansada. Longevidad que se transmitió maravillosamente, aunque ustedes no lo crean, a un primo hermano y dos primas hermanas, que traspasaron los 100 años de edad: él de 101, y ellas de 103 y 105, respectivamente, manteniéndose con lucidez y en buena medida autosuficientes. Prodigios biológicos que fueron acompañados por una vida laboriosa y constructiva, quedando gratamente inscritos en nuestro árbol genealógico.

Igual celebro la vida larga y benéfica de quienes aun no siendo familiares o amistades, alcanzan edades avanzadas llenas de brillo. Un ejemplo, irrumpe ahora gustosamente en las inmediaciones de los recuerdos imborrables de mi infancia, justo cuando estaba junto a mi padre, viendo una película en la televisión (todas eran en blanco y negro), y se le ocurrió preguntarme si me parecía guapa la protagonista principal; le contesté sin pensarlo que no me lo parecía. Me preguntó entonces cuál era la que me gustaba, si bien quiso adivinar y se adelantó mencionando a María Félix, y de nueva cuenta mi respuesta fue negativa; y ante su insistencia agregué que me parecía machorrona, término muy usual en aquellos días. Añadió luego el nombre de Dolores del Río e igual contesté que tampoco porque se me figuraba que tenía cara de calavera, se rió e intrigado, inquirió:

–Bueno, dime entonces cuál es la que te gusta más.

A lo que respondí, sin dudar, sin inhibición alguna, contundentemente:

–!Elsa Aguirre!

Desde ese momento me empezaron a bromear que era mi amor platónico, aunque nunca imaginé que 60 años después, mi maravillosa compañera Martha Chapa, en el programa semanal que condujimos durante 15 años, “El sabor del saber”, en TV mexiquense, a medio entrevista le preguntó a ella, que si sabía que era mi amor platónico, sin que Elsa se sorprendiera, sólo me volteó a ver luminosamente, y no pudo contener una carcajada que nos contagió felizmente a todos en el estudio. Es por cierto ella, uno de esos casos excepcionales, que los años no castigan, pues incluso cuando fui a recibirla antes de grabar el programa, siendo ya octogenaria, apareció bellísima en la puerta de la entrada, envuelta en una túnica de transparencia azul, como si se tratara de una diosa griega inmortal.

Otras anécdotas vienen a mi mente y ya las iré contando en otra ocasión, pero ahora retomo a propósito un texto que publiqué en mi libro de cuentos Días terminales, de Editorial Lectorum, que se titula “Club Matusalem” y trata de una comunidad donde el promedio de vida es de 100 años de edad, aunque

irremediablemente al cumplir un año más mueren todos sin excepción víctimas del hastío, del tedio, del aburrimiento, reconociendo que sí bien la vida es la mayor de las gracias y cada año cumplido es glorioso, me parece sano aceptar que la vejez puede ser también un sinónimo del deterioro físico y la pérdida progresiva de facultades como la concentración, la memoria, la articulación conceptual. Esa ancianidad, que lamentamos cuando significa abandono, soledad, enfermedades, incapacidad, insuficiencia, penalidades…

Por eso nos complace y aplaudimos cuando alguien se acerca o rebasa un siglo de vida, como sí se acabara de despertar e inicia un día lleno de luz, o igualmente, que al cerrar sus ojos no lo haga para siempre. Experiencias que abonen vida, pues si dejamos de vivir con una aceptable plenitud, se trataría entonces de una muerte en abonos.

La vejez no es un invierno irremediable, ni cursi otoño, como tampoco ardor de verano, y menos aún una falsa primavera de autoconsolación. Simplemente es y hay que vivirla de verdad.

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