Ciudad de México, mayo 21, 2024 11:35
Opinión Revista Digital Agosto 2023 Rodrigo Vera

El ardiente verano

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“La gente cruzaba de prisa la quemante explanada del zócalo, como si caminara sobre tizones; se abanicaba la cara; se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, yéndose a guarecer a la sombra de los portales”.

POR RODRIGO VERA

Este verano un “récord histórico” tuvo lugar en México; los termómetros de la ciudad bajacaliforniana de Mexicali se dispararon a una temperatura de hasta 56 grados centígrados el pasado sábado 15 de julio. ¡Caray! Un hecho para preocupar a cualquiera.  

Ante esta grave situación, el secretario de Salud de Baja California, Adrián Medina Amarillas, se vio obligado a instalar “casas de hidratación” en Mexicali y otras regiones aledañas, como El Valle y el puerto de San Felipe que mira al mar de Cortés, donde se adiestró a los pobladores a tomar medidas para protegerse de los punzantes rayos solares y a preparar suero para evitar la deshidratación.   

Pero aún así, por esos días los durísimos golpes de calor arrojaron en Mexicali un saldo de cinco personas muertas, según reportó el Servicio Médico Forense.

“Desafortunadamente, tenemos personas en condición de calle que están expuestas de manera permanente a las altas temperaturas y sin estar con la cobertura adecuada”, se lamentó Medina Amarillas.

La fronteriza Mexicali logró superar a la ciudad de Hermosillo, Sonora, que alcanzó temperaturas de hasta 50 grados, de acuerdo al Servicio Meteorológico Nacional (SMN). Otras dos ciudades sonorenses que igualmente estuvieron entre las más calurosas del país fueron Cajeme y Guaymas, y ni se diga el desértico Valle del Yaqui.

En total, en este ardiente verano de 2023, 26 estados del país han llegado a superar los 40 grados centígrados, dejando un saldo de más de cien muertos, la mayoría de ellos en la entidad norteña de Nuevo León, reveló la Secretaría de Salud.

Y claro, estas “temperaturas récord” también provocaron que miles de personas padecieran los estragos de los llamados “golpes de calor”: dolores de cabeza, vértigos, mareos, delirios, desmayos, respiración y frecuencia cardiaca acelerada.  

Pese a estar situada a más de 2 mil metros de altura sobre el nivel del mar, aquí a la Ciudad de México también llegaron los fuertes calorones. El asfalto caliente de las calles potenciaba las tórridas temperaturas, los conductores encerrados en las cajas metálicas de sus vehículos sudaban como en baño sauna y en los apretujados vagones del Metro la gente viajaba con mucho sofoco.

Una tarde de principios de julio, mientras caminaba frente al enrejado de la Catedral Metropolitana, a la orilla de la plancha del Zócalo –y vaya que ese día era una verdadera “plancha”— me topé con un pequeño grupo de personas que miraban al piso. Una de ellas sacó un pañuelo de la bolsa de su pantalón, lo empapó con el agua de una botella de plástico Bonafont, exprimió el pañuelo y se lo entregó a un anciano escuálido que permanecía sentado en el suelo, apenas reponiéndose de un vahído que le había provocado el calor y lo había tumbado. Él era el centro de las miradas.       

–Gracias, gracias, gracias—repetía el viejo con voz apagada, mientras tomaba el húmedo paliacate con el que se frotaba el cuello y la cabeza canosa.

Lo observábamos preocupados.

–¡Vamos a llevarlo a la sombra!— dijo una señora.

–Sí, ayúdenme a levantarlo— se acomidió un joven con short y cachucha beisbolera.

Tomándolo de las axilas, lo levantaron del piso y se lo llevaron al fresco interior de catedral. Durante el trayecto alguien abrió una negra sombrilla para protegerlo del sol.

Más allá, la gente cruzaba de prisa la quemante explanada del zócalo, como si caminara sobre tizones; se abanicaba la cara; se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, yéndose a guarecer a la sombra de los portales.

Algunos turistas extranjeros traían untado bloqueador solar sobre su piel blancuzca y pecosa. Y hasta los curtidos concheros suspendían muy frecuentemente sus danzas prehispánicas para irse a sentar donde no les pegara el sol.

¡Uufff! nunca había sentido tanto calorón— alcancé a escuchar a un agobiado danzante lanzar esta queja a dos compañeros suyos, exhaustos, sentados a la sombra de un muro y con sus penachos de plumas entre las manos.     

–¡Sí! ¡Está muy cabrón!… ¡muy cabrón!— le respondió uno de ellos.

Así es. Este verano ha sido uno de los más calurosos en los últimos años. Y no solo en México, sino en todo el mundo. Es por el calentamiento global, advierten los especialistas.

Pero al margen del cambio climático, el verano es de por sí una cálida estación del año, por eso se le considera la temporada ideal para salir de vacaciones y refrescarse a orillas del mar. Se le asocia también con los encuentros amorosos y las fuertes pasiones.

“Ardiente” es un buen calificativo que suele dársele al verano. En México, un libro de cuentos del escritor Mauricio Magdaleno, publicado en los años cincuenta, se titula precisamente El ardiente verano. Y dos décadas después Alejandro Galindo dirigió una película a la que le puso un título muy similar; Verano ardiente.

Mientras que el escritor Ernest Hemingway, en el verano de 1959, estuvo en varios ruedos de España para dar cuenta sobre el sangriento duelo entre los famosos matadores Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, el cual arrancó en la plaza de toros de Valencia. Hemingway desplegó su pasión taurina en el amplio reportaje que escribió sobre el tema bajo el título “Verano sangriento”, publicado entonces en la revista Life.     

El verano, sí, el tórrido verano tan abordado en la literatura, el cine y otras artes esta vez arremetió con mayor fuerza y nos hizo prender ventiladores, dormir descobijados y empaparnos de sudor.

Pero con el verano también llegan las lluvias. Y éstas comenzaron a caer en la ciudad de México para alternarse con el calor. Agua y sol que hacen enverdecer los árboles. En nuestras calles ya podemos disfrutar de los ramajes tupidos de hojas y de flores luminosas… Es la otra cara del verano.  

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