Ciudad de México, junio 13, 2024 14:00
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La Cineteca

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Desde hace media vida la Cineteca es una extensión de mi vida, no solo por el espacio en sí, sino por la posibilidad de vivir como en paralelo dentro de cada historia y dejarse llevar por las intenciones emocionales de los creadores.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Las latas de película carcomidas, picadas por el fuego, yacían en la segunda repisa del diminuto Museo del Horror que, por iniciativa de Vicente Leñero, se había instalado en la planta alta de la casa habilitada como oficinas de la revista Proceso, ubicada en Fresas 13, en nuestra Tlacoquemécatl del Valle. Tenían su respectiva “ficha técnica” donde se daba cuenta de la procedencia: La bóveda que contenía el acervo cinematográfico de la Cineteca Nacional, prácticamente extinguido en su totalidad por un incendio el 24 de marzo de 1982.

Aquel edificio, más bien feo, que además del valioso archivo tenía una enorme sala de proyecciones, llamada Fernando de Fuentes, con capacidad para 590 espectadores, fue habilitado como la Cineteca Nacional el 17 de enero de 1974 y, aunque ya se cumplieron los 50 años de su apertura, es en esta semana en que se estará festejando de manera oficial en la sede que reemplazó aquella frontal a los Estudios Churubusco.

Cual leyenda, de aquella Cineteca solo conocí su gran marquesina vertical donde se anunciaba la exhibición de las producciones que no entraban nunca al circuito comercial. En cambio el complejo de Xoco, ubicado al final de la avenida Cuauhtémoc, ya en la zona limítrofe con la alcaldía Coyoacán pero defendido por nosotros como un tesoro juarense, lo conocí incluso cuando fue privado. Era un inmueble muy semejante al actual, sin considerar la ampliación que comenzó en el gobierno de Felipe Calderón. Cuatro salas de tamaño intermedio, con un gran patio central en el que ya lucía el emblemático cubo escultórico al centro, flanqueado por dos hermosos árboles en jardineras que parecen haber resistido todo.

No fue allí donde me volví adicto al cine a través de la Muestra Internacional –que justamente comenzó en la sede original de la Cineteca–, sino en el Centro Cultural Universitario de la UNAM. Cada año adquiría puntualmente mi abono para ver el ciclo completo, en solitario, al que llegaba en uno de esos autobuses de la Ruta 100 que iban por el Periférico, desde Cuemanco hasta el Toreo. Recuerdo sin embargo visitas esporádicas a la Cineteca desde que yo era un adolescente. No me gustaba su ambiente de petulancia intelectual, del que se hacían bromas de que las personas de las élites culturales que acudía llevaba siempre La Jornada bajo el brazo. Lo que sí me gustaba –y era prácticamente seguro— es que me encontraría algún amigo, como Federico Campbell Peña, a quien conocí en la secundaria del Colegio Madrid. Como muy cerca se encuentra el centro histórico de Coyoacán, era bastante común ver a los mismos personajes que acudían a la librería El Parnaso.

Aquella Cineteca de finales del siglo 20 y prinicipios del 21 tenía su encanto, pero las instalaciones se fueron haciendo muy viejas, obsoletas en tecnología sus salas cuando ya en el circuito de cines privados, sobre todo con la llegada del Cinemex, la imagen era más nítida y el sonido envolvente. Lo otro fue que el gobierno parecía mantenerse resistente en abandonar esa idea de la exclusividad para la gente “ilustrada”, lo que era estimulado además por la prácticamente inexistente exhibición de películas del buen cine comercial y sus grandes directores, como Martin Scorsese y Tim Burton. Como sea, me hice un espectador recurrente vuelto un vallesino-fifí-aspiracionista, allá por 1996.  

Con la reapertura de la Cineteca en el año 2014, al cumplirse sus 40 años, todo cambió. Fue entonces cuando el espacio se convirtió en el de la eterna primavera de los jóvenes de diferentes clases sociales, los besos y las caricias en sus prados, el cafecito o la cerveza con un tentempié, sobre todo cuando el tiempo no alcanza para llegar puntual a la función. O para “conversar” sobre la peli a la salida. Además de aumentar el número de las salas a diez, estas se modernizaron y sus butacas ya no eran piedras de sacrificios para los cinéfilos.

Se desvaneció ese aire de intelectualidad y sopló un viento mucho más diverso, con una programación de películas de calidad, independientemente de su procedencia. Se preservó la Muestra –y también el Foro Internacional– con lo mejor del llamado cine independiente o de arte. Pero a la vez, se dio acceso por precios módicos a un público más heterogéneo que solía acudir a las salas de las horrendas plazas comerciales; acá ya podía ver lo mismo las nominadas a los premios Oscar que las comedias francesas o las italianas, ciclos de películas clásicas o de grandes directores. O las del cine mexicano, por supuesto, que justamente por esa época tuvo un repunte en número de producciones. También las hay para dormirse, es cierto, pero en un sueño feliz. Hoy la Cineteca tiene incluso terraza con música en vivo y un foro al aire libre, librerías y tiendas temáticas, así como un espacio de exposiciones temporales relativas al “séptimo arte”, como las dedicadas a Buñuel, Kubrick o Hitchcock.

Por su consistencia en ese cambio, Alejandro Pelayo ha logrado mantenerse al frente de la institución desde el año 2013, de forma insólitamente transexenal y librando incluso la llamada polarización. Algunas cosas han sido mejores que otras en los años recientes. El sistema de automatización en la compra de boletos daba mucha lata, por ejemplo. Muy poco a poco se ha ido corrigiendo el problema. La política de expansión tiene también sus asegunes, pienso. De lo positivo está la intención de llevar el acervo y los beneficios a un mayor público. Pero la nueva Cineteca de las Artes, que fue ubicada muy cerca de la que desapareció por el incendio del 82, presenta por lo pronto pérdidas ante la falta de espectadores. Veremos la de Chapultepec, que suena una idea linda. Hay otras iniciativas mucho menos conocidas y que me parecen sensacionales, como que el audiovideorama del Parque Hundido ha sido nombrado sede oficial de la Cineteca, donde ver pelis de manera gratuita, al anochecer de los martes y los jueves, es una auténtica experiencia inversiva entre el arbolado y los caprichos del clima.  

No me atrevería ni siquiera a calcular cuántas películas habré visto en la Cineteca Nacional, porque lo mismo pueden ser 200 que 300, muchas veces solo, otras muchas acompañado. Pero lo que puedo afirmar es que desde hace media vida es una extensión de mi vida, no solo por el espacio en sí, sino por la posibilidad de vivir como en paralelo dentro de cada una de las historias y dejarse llevar –flojito y cooperando— por las intenciones emocionales que los cineastas nos tienen preparadas desde el primer minuto y hasta los créditos. Porque las pelis terminan con su “copyright”.

Apenas ayer me mandó un mensaje mi amigo Campbell: “¿Vas a ir al brindis del festejo de la Cineteca? ¡Allá nos vemos!”

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