Ciudad de México, marzo 25, 2026 04:31
Guillermo Fabela Opinión

Coloquio en un pesero

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

 “Yo seguía interesado en el coloquio, no por el fulano sino por imaginar el futuro que tendría la niña en un hogar donde la santa muerte y el diablo son las imágenes más valorada”.

POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES

Dos mujeres con una niña subieron al pesero, tomaron asiento en la butaca de la primera fila a su izquierda, yo sentado solo, detrás de ellas, con mis pensamientos inconexos. El vehículo arrancó con fuerte sacudida, un segundo después de sentarse pesadamente. El silencio repentino fue roto por el repiqueteo de un celular. La más joven sacó de la bolsa de su suéter color bermellón el ruidoso aparatito; la otra se quedó expectante, en espera de saber quién hacía la llamada. La niña se estrujaba sus manitas, su mirada gacha sobre el piso, vestida con ropa masculina. Era una escena como muchas que se repiten cotidianamente, lo que la hizo diferente fue el entusiasmo de ambas mujeres al identificar la voz gutural que se escuchó con fuerza y desparpajo. Colocó el celular en modo video llamada y con altavoz, al ver que su compañera se mostraba ansiosa por escuchar.

–Es tu abuelo -le dijo a la niña, quien miró de soslayo el aparatejo.

La de más edad hizo una mueca que me llamó la atención, no supe descifrar de momento si era de disgusto o de reproche. La portadora del celular mostró su alegría sin ambages, como si estuviera en la cocina de su hogar, no en un vehículo de servicio público en cuyo interior íbamos cinco pasajeros más. Seguramente, al igual que yo, debe haberles llamado la atención la actitud de la joven, aún veinteañera, vestida con un pantalón de mezclilla roto en una rodilla y deslavado. Parecía no darse cuenta que no viajaban solas, que su vida privada debía mantenerse así, que podía revelar indiscreciones  inconvenientes; así lo confirmé segundos después, al escuchar en el aparato la voz rasposa del hombre, quien luego de un rápido saludo se ufanó de su nuevo tatuaje en el pecho, el cual mostró impasible desabrochándose el botón superior de su camisa.

Por mi ubicación atrás del asiento que ocupaban, la niña sentada en el regazo de su abuela, pude ver la imagen que estaba enviando el sujeto. Era la representación de la santa muerte en tonos grises y ocres entre duras líneas negras, trabajo hecho por un profesional, con una extensión de alrededor de ocho centímetros cuadrados. La muchacha observó el tatuaje atentamente varios segundos, suficientes para que su madre mostrara también su complacencia y abandonara su gesto hostil.

–Te quedó muy bonito apá –pienso hacerme uno igual… mejor no te digo en qué parte pa´ que sea una sorpresa.

Ambas mujeres se rieron como si hubiera dicho un chistorete, mientras la niña seguía en su mutismo, escudriñándose las yemas de los dedos, ajena a lo que ocurría a su alrededor, comportamiento nada infantil, supuse al notarlo. Ni siquiera lo modificó cuando su mamá, la joven con facciones infantiloides, se despojó de su suéter para mostrar a su padre su nuevo tatuaje, elaborado después de que él se fuera a Ciudad Juárez, cinco años atrás, como se lo dijo al momento que pudo mostrárselo por la pantallita. Yo como espía en el asiento  trasero, para ellas era una sombra o un anciano sin importancia, un ser invisible que no tenía sentido voltear a mirar. Me felicité por ello, de ese modo estaba siendo testigo de una escena surrealista, como las de Buñuel en Los Olvidados.

En la parte superior de su brazo izquierdo, regordete pero aún firme, la joven mujer traía tatuado el torso de un hombre musculoso, la cabeza con cuernos de chivo y ojos  diabólicos en tonos amarillos y rojizos, que mostró con orgullo a su progenitor. Era una imagen no mayor de cinco centímetros que parecía el doble por su efecto hipnótico. En ese momento noté que la niña hacía movimientos como si sufriera un escalofrío repentino, en tanto que su abuela le daba un jalón para que dejara de moverse sobre su amplia falda, movimientos que dejaron al descubierto su muslo izquierdo, con estrías visibles que se disimulaban con un  tatuaje que no alcancé a esclarecer. Pensé que si yo fuera el padre de la muchacha la reprendería, independientemente de su mayoría de edad. Pero lo que escuché en la voz del hombre de rostro mofletudo, con ojos apenas visibles por lo tupido de las cejas grises y las arrugas en torno a sus cuencas, me hizo ver que los nuevos tiempos me habían rebasado. En vez de mostrar enojo, molestia, o desaprobación, soltó una risotada que debe haberse escuchado en todo el vehículo.

–Está muy chido, me voy a tatuar uno igual cuando regrese.

Los tres soltaron otra risotada; una vez que se aplacó su entusiasmo, el hombre se dispuso a tratar asuntos serios. Le pidió a su esposa mostrara la cara de su nieta, pues tenía más de cinco meses de no verla en el celular, lapso transcurrido desde su última llamada. Así lo hizo la mujerona de anchas caderas, piernas robustas con várices en proceso de crecimiento, un vientre protuberante y carnes gelatinosas. La hija acomodó el celular para que la imagen de la niña llenara la pantallita, apenas unos segundos por los rudos movimientos del vehículo en su afán de sortear el tráfico callejero, suficientes para que su padre mostrara su complacencia.  

–Está muy bonita la niña, por suerte no salió parecida a su abuela,  jajaja…  Sigue encabronada, me vale madre que no quiera hablar conmigo. Yo no tengo la culpa de no poder ir a México, tú sí lo entiendes. Espero que la migra no me chingue un día de estos, después de tanto que batallé para cruzar… bien que lo sabe tu madre pero ni así me perdona… Las cosas están de la chingada por acá, pero por las noticias que llegan creo que en México están peor… te lo digo para que no metas la pata otra vez y salgas con otro chistecito.

Al escucharlo, la mujerona hizo un mohín de disgusto, se arrellanó en la butaca, acomodándose a la niña en su amplio regazo, a punto de llorar por los pucheros que hacía; me pareció no mayor de cinco años; no dejaba de cortarse los pellejitos de los dedos con uñas y dientes. Con voz que reflejaba su disgusto, arrimándose al celular, la abuela dijo:

–No te hará caso, te lo garantizo, sólo espero que no sea tan pendeja como lo fue con el papá de esta mocosa.

La joven miró a su madre con ojos que denotaban enojo. Supuse que de no estar de por medio el teléfono hubiera soltado algún vilipendio; chasqueó la lengua y volvió a concentrarse en su charla electrónica.

–Ya aprendí la lección, no soy tan pendeja como dice mi amá… pero que voy a tener otro chilpayate no te quepa duda… quiero que sea niño el que nazca, las mujeres siempre llevamos las de perder… Ah, y quiero que grabes su nombre en tu frente con letras bonitas, le pondré el tuyo: Arturo.

Noté que al escucharla, la niña bajó su cabeza y miraba de reojo a su madre; un hilillo de lágrimas resbalando por sus cachetes y un gesto revelador de su desconcierto, que se profundizó al escuchar a su abuela decir que le disgustaría tener otra nieta. Sentí lástima por la niña, era obvio que comprendía perfectamente su situación, mientras que sus dos parientes que debían protegerla no tenían idea del alcance de sus palabras.

Siguieron hablando sobre las experiencias del hombre en la ciudad donde residía, cuyo nombre no escuché. Tranquilizó a las dos mujeres diciéndoles que más pronto de lo que pensaran estaría de regreso, “si san Juditas me hace el milagro de no ser deportado antes de juntar lo que quiero para no regresar con las manos vacías”, lo escuché decir.  

–No te preocupes por eso -respondió su hija-, lo importante es que regreses con bien… ya es ganancia que sigas con vida… ya veremos cómo seguimos adelante, si no me queda de otra me enrolo al grupo que dirige mi prima Queta.

El hombre la frenó para preguntar qué clase de grupo era ese, evidentemente interesado en el tema, al suponer que sus actividades no eran lícitas.

–No te preocupes, no es nada malo… no debe serlo si los que pagan son del gobierno… Queta me dice que nomás salen a la calle a gritar pendejada y media, romper puertas de comercios y oficinas y saquear lo que está más a la mano. El botín es ganancia extra.

Al escucharla, antes de que su marido hablara, la matrona se adelantó a decir:

–Me gustaría tener diez años menos para acompañarlas, si les pagan por eso habla con Queta y ponte de acuerdo con ella… antes asegúrate de que no sea una trampa, Queta nunca me ha parecido confiable.

El hombre, al escucharla, soltó un escupitajo para aclararse la garganta.

–No jodas, Queta es muy lista, mucho más que su madre, mi pinche hermana, sabe muy bien lo que le conviene.

La mujerona alzó los hombros, para dar por terminada su charla. Se volteó a mirar la calle mientras se acomodaba a su nieta, sin oponer resistencia a los jaloneos; sacó un pañuelo de la bolsa de su falda y limpió los ojos llorosos de la niña. Su madre cambió de mano el celular, con un gesto de alivio; se enderezó en el asiento, dispuesta a poner fin a la llamada. 

Yo seguía interesado en el coloquio, no por el fulano sino por imaginar el futuro que tendría la niña en un hogar donde la santa muerte y el diablo son las imágenes más valoradas. En tal escenario, la recomendación del hombre resultaba un asomo de sentido común. No embarazarse nuevamente era un acto de sensatez. La mujer mayor, tal vez por hacer enojar a su marido, soltó  un gruñido y espetó.

–Por mí, si no quieres regresar no regreses… ya me di cuenta que es mejor estar sola que mal acompañada.

Su hija hizo un mohín de disgusto; lo que acertó decir, antes de colgar, fue:

–No hagas caso, está resentida porque te fuiste sin decirnos adiós… aún no entiende que si no te ibas de inmediato adonde te iríamos a visitar sería a la cárcel.

El aparatejo me mostró la cara de disgusto que puso el sujeto, con su voz carraspeante la interrumpió:

–Tú bien sabes que no me quedó de otra, maté al cabrón que nos extorsionaba, era él o yo… deberías agradecer que sigo vivo.

La muchacha se cambió de mano el celular, se reacomodó en el asiento y dijo:

-Yo lo tenía muy claro, no hagas caso a los berrinches de mi amá. Qué bueno que no te has olvidado de nosotras… Sigues vivo mientras que muchos jamás regresan. Cuídate mucho, están sucediendo cosas horribles por allá, pero aquí está mucho peor que cuando te fuiste. No te preocupes por nosotras, la vamos pasando bien con nuestro changarrito en el mercado… ya   estamos acostumbradas a lidiar con policías y hampones, ambos igual de ojetes.

El viejo soltó maldiciones contra los aludidos, luego que se calmó dijo:

–Me quitas un gran peso de encima, ya tenía ganas enormes de poder comunicarme con ustedes… no lo había hecho porque procuro no me ubiquen los de la migra, me recomendaron que fuera muy cuidadoso, cuentan con espías que se infiltran cuando menos lo esperamos. Lo sé porque la santa muerte me protege y de repente siento la necesidad de cambiarme de lugar,  luego sale la noticia de la redada donde días antes me sentía seguro. Dime tú si eso no es un milagro.

Lamenté no seguir escuchando, tuve que ponerme de pie y avanzar hacia la puerta de salida. No podía faltar a mi cita con el médico después de medio año para que me la dieran. Por poco me caigo al mirar de soslayo a la niña. La muchacha, instintivamente me jaló del codo, evitando que cayera. Le agradecí su gesto, pensando que a mi edad una caída puede ser fatal.

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