Ciudad de México, julio 24, 2021 10:14
Diciembre 2020 Reporte especial

Coronavirus, fiesta y alcohol

La ansiedad resultante de la pandemia potencia de manera preocupante el consumo de alcohol, que de acuerdo con una instancia de Salud federal aumentó 40 por ciento en la capital del país.

POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO Y JESÚS PUENTE TREVIÑO

La aparición de la pandemia COVID-19 a principios de 2020 se ha manifestado -más allá de la enfermedad en sí- en diversas modificaciones en el actuar de sujetos y familias, que van desde el uso de tecnologías de información para efectuar acciones cotidianas -actividades laborales, compras en el supermercado e, incluso, fiestas y celebraciones virtuales como formas de socialización “a distancia”-, como en una exacerbación de estados de ansiedad, estrés, depresión, angustia e, incluso, violencia en las personas.

Los estados de ansiedad mencionados han potenciado el aumento en el uso -y abuso- de alcohol y otras sustancias-, como mecanismos de fuga ante la situación de confinamiento aunada al temor de enfermar -e incluso morir- de los individuos y sus familiares y amigos, a causa del coronavirus.

Ello se ha manifestado en un número creciente de bebedores solitarios, que hacen patente su consumo de alcohol -como atenuante- en redes sociales, enalteciendo el uso del alcohol como un mecanismo distractor del confinamiento y de las angustias que de él derivan. Asimismo, los frecuentes encuentros virtuales -donde el alcohol ha sido partícipe permanente- han sido cada vez más comunes.

De igual forma, las llamadas “fiestas COVID”, realizadas de manera clandestina por grupos de jóvenes, evidencian la necesidad de evasión y la prevalencia de irracionalidad entre la población, sin tomar en cuenta las repercusiones y consecuencias, tanto para ellos como para sus familias.

Aunado a ello, las compras de bebidas alcohólicas constituyen un indicador relevante de lo aquí mencionado. El Instituto para la Atención y Prevención de Adicciones (IAPA), dependiente de la Secretaría de Salud, dio a conocer que, con el confinamiento, el consumo de Alcohol se incrementó casi 40% en la capital del país durante la pandemia. Asimismo, es relevante mencionar que, entre los jóvenes, el incremento del consumo ha producido cientos de muertos por congestión alcohólica y por problemas relacionados con el abuso del alcohol.

Los riesgos asociados a la realización de fiestas presenciales y virtuales es cada vez mayor.

Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

Por su parte, las políticas y acciones gubernamentales en materia de prevención y tratamiento no solo no han ayudado, sino que han agravado, tanto el estado anímico de los individuos, como la posibilidad de que los mismos se contagien con el virus. Esto se ha hecho patente en diversas vertientes: en primer lugar, destaca el hecho de que el establecimiento de ley seca por parte de diversas alcaldías no parce haber reducido el consumo de bebidas alcohólicas. Lo anterior se ha evidenciado con los datos de consumo de alcohol señalados anteriormente, así como por los indicadores propios del INEGI que muestran que, en 2020, el consumo de alcohol a nivel nacional se ha incrementado de manera desproporcionada respecto de años anteriores (“En México, consumo de bebidas alcohólicas creció 63% en abril por covid-19” – Milenio – Business News; 23 de abril de 2020).

En ese contexto vale la pena indicar que la ley seca no fue una política adoptada de manera generalizada ni homogénea por las alcaldías de la CDMX, lo que evidencia la falta de consenso respecto de la efectividad y pertinencia de esta política pública. De hecho, bajo esta premisa, la adopción no generalizada de la “ley seca” parecería más una ocurrencia o improvisación, que una medida derivada de una análisis profundo y razonado.

Basta estudiar mínimamente las opiniones vertidas sobre estos temas por economistas prominentes tales como Douglas North (premio Nóbel), Roger Miller y Daniel Benjamin, quienes en su libro “Economics of Public Issues”, tratan muchos de los problemas que la adopción de la “ley seca” ha generado en esta coyuntura. En primer lugar, esta política fomentó la aparición de mercados negros, destacadamente en el caso de las cervezas, lo cual se vio agravado por el cierre de plantas cerveceras, decretado por el gobierno, bajo el argumento de que su producción no constituye una actividad primordial, aun cuando -por ejemplo- la producción de tequila ¡sí fue considerada actividad primordial!

Foto: Cuartoscuro

Lo anterior hizo que -por un lado- se generara un fenómeno de “contrabando de cervezas”, de poblaciones que sí contaban con ellas, hacia poblaciones donde se prohibió su venta, al tiempo que los precios llegaron -incluso- a triplicarse en localidades donde se impuso esta medida.

Paralelamente, la incertidumbre respecto de la disponibilidad de cervezas en supermercados y expendios generó compras de pánico que conllevaron, tanto a la venta ilegal de la cerveza -a precios exorbitantes-, como a importantes aglomeraciones de compradores que derivaron en actos de violencia y en un numero importante de contagios por COVID 19.

Asimismo, es destacable el hecho de que, desde mayo pasado hasta la fecha, han perecido más de 80 individuos por ingerir bebidas alcohólicas adulteradas -sustituyendo el alcohol etílico con metanol, que puede provocar ceguera y fallas orgánicas múltiples- cuya ingesta se disparó por la escasez de cerveza anteriormente mencionada (“Mueren más de 100 por tomar alcohol adulterado en México” – Diario de Querétaro; 15 de mayo de 2020).

La continuación del confinamiento asociado a la pandemia de COVID-19 parece ser un hecho, al menos hasta mediados de 2021. Por ello, es momento de replantear las acciones de política pública, tanto en materia de suministro y disponibilidad de bebidas alcohólicas.

Nadia Menéndez y Jesús Puente.

Retomando el tema del consumo creciente de bebidas alcohólicas durante la pandemia, cabe la posibilidad de que individuos que no acostumbraban ingerir alcohol y que fueron afectados negativamente por la misma -tanto por la pérdida de empleo como por la crisis económica- podrían haber buscado una salida a través del consumo de alcohol. De ser así, y si tuvieran la predisposición correspondiente, podrían haber pasado a ser alcohólicos.

De hecho, esta posibilidad se ha materializado -en los hechos- en la medida en que, de acuerdo con Alcohólicos Anónimos (AA), la Asociación ha registrado un repunte en el número de sus integrantes, cuyos miembros -de acuerdo con el vocero de la Asociación- se han incrementado a un ritmo de 90 nuevos miembros por semana (incluso de manera virtual), en lo que va de la pandemia. Asimismo, AA ha indicado que miembros existentes han sufrido importantes recaídas en este período, lo que ha llevado -incluso- a la muerte de algunos de ellos.

De esta forma, es previsible que -con la pandemia- el número de alcohólicos a nivel nacional experimente un incremento importante, lo cual podría verse reflejado en la no reversión del consumo de alcohol en los años venideros, lo cual -probablemente- es la razón por la que, en la siguiente gráfica, la reducción prevista para el consumo de alcohol en México después de 2020, se mantendrá muy por encima de los niveles registrados en los años previos al COVID.

Con base en lo hasta aquí expuesto, es claro que las propensiones adictivas durante el confinamiento se han multiplicado, como se ha evidenciado en las redes sociales, al tiempo que los riesgos asociados a la realización de fiestas presenciales y virtuales es cada vez mayor, tanto por la probabilidad de contagio -en el caso de las fiestas presenciales- como por la tendencia de población vulnerable a tornarse francamente alcohólica, lo que parece -además- estar sustentado por las proyecciones de consumo de alcohol en los próximos años.

En ese sentido, la política pública debe ser mejor analizada, tanto en lo que se refiere a sus prácticas y efectos inmediatos, como respecto de sus implicaciones de largo plazo, para la población del país. La continuación del confinamiento asociado a la pandemia de COVID-19 parece ser un hecho, al menos hasta mediados de 2021. Por ello, es momento de replantear las acciones de política pública, tanto en materia de suministro y disponibilidad de bebidas alcohólicas, como de la adopción de medidas efectivas de apoyo emocional y psicológico, a fin de que la población pueda sobrellevar esta coyuntura de manera que se minimicen los riesgos a los que está expuesta, tanto en el plano psicológico, como de salud física.

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