LETICIA CALDERÓN CHELIUS

Hace poco más de un mes un grupo de señoras –principalmente- nos reunimos para barrer, literalmente, la Plaza Valentín Gómez Farías que se ubica atrás del Parque Hundido casi en la esquina de Porfirio Díaz con Augusto Rodin.

La idea era hacer una manifestación simbólica que llamara la atención hacia el deterioro y abandono en que se encuentra dicho espacio público. Apelar a que el valor histórico del lugar fuera su propia salvación, sea por tratarse de una linda plaza frente a la antiquísima Iglesia que guarda la memoria del barrio. Lo mismo que contar con el Instituto Mora que fuera la residencia del liberal comprometido que en su honor la plaza lleva ese nombre,  y tener, junto el convento que fuera la casa donde creció el único –hasta ahora-, premio nobel de literatura mexicano, Octavio Paz.

Todos estos elementos, pensaron las señoras con escobas, tal vez podrían comprometer a los encargados del despacho de gobierno a preservar ese lugar aunque sea por pragmatismo extremo que los mostrara medianamente cultos o hasta para tener algo que presumir a los visitantes.

Pero la acción ciudadana falló y barrer el espacio público se percibió como un desafío.  Hubo vecinos que reaccionaron muy molestos y sintieron que barrer la plaza era una forma de evidenciar a la autoridad, quitarles su “nobleza” o restregarles en la cara que nos han fallado.

Decidieron boicotear esa acción francamente menor y hasta simplona frente a tantas otras acciones de gran calibre como son las convocatorias vecinales, a la entrada del mismísimo edificio delegacional, exigiendo por la falta de atención luego del sismo y ante el uso abusivo del rescate por intereses políticos, como lo demostró el problemón que estalló recientemente en la Asamblea de la CDMX.

Y es en este punto donde quiero centrar mi comentario. ¿Por qué los vecinos boicotean a los mismos vecinos cuando lo que debería ocurrir es que estuviéramos juntos en demandas que al final nos afectan a todos?

¿De que sirvió criticar y hasta minimizar la acción de las señoras barriendo?

Al final de cuentas para lavarse la cara, la autoridad limpió, podó y encendió la fuente de dicha plaza, pero, como solo lo hicieron para descalificar la acción cívica, el gusto no nos duró ni una semana y hoy ese espacio tan hermoso sigue igual de sucio y abandonado que antes de esta acción que nadie podría considerar una amenaza para los jóvenes políticos que nos gobiernan. Al neutralizarnos como vecinos, ellos ganaron, nosotros perdimos.

En un país como México la ciudadanía no es la acción cívica cotidiana que hace a cada sujeto un miembro de la comunidad política a la que pertenece (su barrio,  ciudad, país). La ciudadanía por el contrario, es el acto de resistir a la misma autoridad, de estar permanentemente en exigencia por la ausencia de cumplimiento del deber de quienes gobiernan.

Ser ciudadano en nuestro contexto mexicano, es no dejarse, alzar cada tanto la voz o de plano, ponerse a barrer la calle.  Pero cuando esta acción tiene ante si la oposición de los mismos vecinos, todo se vuelve tan complicado como nadar contra corriente.

Para ilustrar esta idea piensen en otro ejemplo que los vecinos de la BeniJuarez ubicamos bien en el escandalo que suscitaron las Letrotas BeJotas que se instalaron en cuanto espacio público estuvo disponible en territorio de nuestra Delegación para ser arrasado con estas moles. Un dineral gastado sin cuidar ni siquiera la estética y sin motivo social que lo justifique, sobre todo porque se instalaron luego del sismo de septiembre de 2017 en que miles de personas quedaron (y siguen) penando por sus viviendas, sus propiedades, sus hogares partidos- perdidos.

Si a más de 30 años de aquel otro sismo devastador del 85 algo hubiéramos aprendido junto con nuestros gobernantes es que esta vez, tendríamos políticos dignos que nos dirían que a diferencia de entonces, hoy, en poco tiempo, estamos en pie, atendiendo a los afectados, reconstruyendo lo posible, levantando lo destruido.

Pero no es así, nuestros políticos y autoridades están instalados en la rebatinga de los recursos y en vez de reconstruirnos como comunidad nos dividen, ponen a unos a criticar hasta a señoras que salen con escobas a barrer.

Y lo lograron, hoy la autoridad se complace en pasear por cada rincón de esta demarcación juarense suspirando al ver sus letrotas gigantes que les recuerdan, como si fueran reyes viendo a lo lejos sus castillos, lo grandiosos, imponentes y dominantes que son, tanto que lograron imponerse sobre ciudadanos quejosos de ese gasto superfluo y absurdo. Lo que no saben esos gobernantes es que son como reyes que van sin ropa  y alguien se los gritará muy pronto.

El poder de una comunidad inicia cuando unos, los que sean, se atreven a salir para que se barra, que se revise la obra que violenta las leyes, cuando se cuestiona la obra mal habida y cuando se exige que se destinen los recursos públicos para lo que son.

Quienes gobiernan por aquí nunca entendieron que dividir a los vecinos puede ser útil de momento, pero resulta contraproducente en el mediano plazo porque al final las BeJotas nos recordarán, a todos, que alguien prefirió gastar en esos mamotretos que en salvar una vida, una propiedad, una historia compartida.

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francisco

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