Ciudad de México, septiembre 19, 2020 22:23
Opinión Rebeca Castro Villalobos

Del baúl

Las cartas son sin duda un nostálgico e insustituible vínculo de cariño y amor, a pesar del tiempo y la distancia”

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Entre otras tantas cosas, en el baúl de los recuerdos me encontré un legajo de cartas. Todas ellas están enumeradas, seguramente conforme las iba recibiendo. Era correspondencia dirigida durante el año que fui a estudiar a Denver, Colorado, como parte de un programa de intercambio estudiantil.

He de confesarles que no pude conservarlas todas. Eran más de 500  misivas las que se pudieron acumular en un año -365 días-, y tomando en cuenta que mínimo era una o dos diarias, no sé a ciencia cierta cuántas llegué a recibir en total. Y si no guardé y me traje todas fue por lógicas razones: en mi maleta de retorno, después de una ausencia de un año, no cabrían y el peso del papel implica mucho más que el de la ropa u otros artículos que pude haber adquirido en ese tiempo.

He custodiado pocas, pero de gran valor para mí. Sobre todo porque se trata, en muchos casos, de personas que ya no están, que han tomado alas y volado; pero que me dejaron con sus escritos hechos a mano, una bonita sensación de ser querida e importante en sus vidas.

Son textos que no imaginé y hasta ahora, al releerlos, me percato que entre esas líneas, a veces escritas con dificultad, había sin embargo muestras de cariño, apoyo y amor.

Se trata de parientes, familiares en su mayoría, aunque claro, no faltaron las cartas de amigos y amigas que hicieron más llevadero ese año al inicio de homesick (como se estilaba decir) y después de la gran nostalgia.

Pero iniciaré este texto contando que recién  había concluido la secundaria y había coincidido con la celebración de mis XV años de vida, que en aquellos tiempos — incluso todavía se mantiene la tradición– se celebraba con una gran fiesta y/o un viaje. A escoger. En mi caso decidí lo segundo. Además, no era la primera ocasión que viajaba a los Estados Unidos. Afortunadamente mis padres nos dieron la oportunidad  de que mis hermanos y yo conociéramos algunos interesantes y divertidos sitios de ese país; pero esta ocasión sería diferente, se trataba de una larga estancia que estaría alejada.

No fui la única del muy querido y entrañable grupo de amigas, yo diría mejor una camarilla, que nos frecuentábamos en el benemérito Instituto Lasalle, manejado por monjas de la congregación de Hijas Mínimas  de María Inmaculada, entre ellas es obligación mencionar a mi tía Amelia (Esther Villalobos), y que optamos por dejar el hogar y el terruño para aventurarnos a una gran travesía, otra más de las que acostumbrábamos, aunque esta travesura no tan temida para nosotras, sino al contrario, estábamos dichosas de que haber culminado finalmente los estudios.

Así, todas tomamos caminos diferentes; pero al igual que yo, mis amigas Malena y Chepina, decidieron ir a estudiar en un colegio en Spokane, una ciudad cerca de Seattle. Washington.  Al igual que ellas, yo me hospedé con una familia,  cosa por cierto que es un dato curioso, sobretodo tomando en cuenta que los norteamericanos no son de familias numerosas. A la que a mí me asignaron eran siete de familia, cuando en mi casa, sabrán que somos ocho hermanos. Al igual que nosotros, eran tres mujeres. Y otro dato, uno de los cuatro chicos cumplía años el mismo día que yo.

Familia pudiente, he de decirlo, con una inmensa casa que incluía una caballeriza para un potro. Contaban con membresía en un exclusivo club deportivo al que asistían a practicar el golf; y también acudíamos los domingos a desayunar en un gran restaurante después de escuchar misa, toda vez que también tuve la suerte que profesaban la religión católica.

Con excepción de los dos hijos mayores, que ya se encontraban en Universidad, los demás estudiaban en escuela pública, la Smoky Hill  High School. Era la más renombrada del condado y obvio en la que me inscribí, como cualquier otro estudiante, aunque desconozco por qué fue en el  último grado de preparatoria y como tal, me gradúe con toga y birrete, además de aparecer en el anuario de la escuela, que todavía conservo.

Al principio no fue fácil. Me pidieron, como cualquier alumno, que tomara clases diversas. Opté, claro está, por el idioma Inglés (pero por estar en último año de preparatoria, tenía que ser un nivel muy avanzado); además Historia; Educación Física; y como si no fuera bastante con el reaprender bien el idioma, me inscribí al Francés, cuya maestra debo decir tuvo la paciencia para enseñarme más allá del bonjuor, Mademoiselle, Je m¨apelle, Merci, Au revoir.

Además era parte de un club de estudiantes extranjeros que estudiaban en la escuela, procedentes de Venezuela, Nueva Zelanda, Suecia y México (yo), que una vez cada quincena nos reunían para contar nuestras experiencias. De entrada me identifique con Helena, la chica sueca, grande, guapa y que hablaba el inglés con un acento británico a la perfección e hicimos costumbre de almorzar casi siempre juntas y a nuestra manera, platicar de nuestras vidas en nuestros nuevos hogares y del país que habíamos dejado. 

A diferencia de mi amiga Malena, ni Chepina ni yo tuvimos oportunidad de retornar a casa hasta que concluyó el ciclo escolar; sin embargo tuve la gran oportunidad de que en Semana de Pascua, mi padre aceptó pagarme un boleto para viajar a verlas (no era lo mismo un boleto al interior del país) y disfrutar días maravillosos por reencontrarnos y reconocernos, porque para esas fechas ya en mucho habíamos cambiado físicamente, sobre todo en mi caso, con kilos de más.

Me recibieron, recuerdo, con una deliciosa cena en una pizzería para después continuar con piyamada que se extendería los días de mi estancia en la casa de alguna de ellas, para después pasear y al parque de diversiones y un sinfín de actividades.

Además de que formábamos parte de esa “pandilla del benemérito Instituto”, mis amigas tenían más acceso a los sucesos en el terruño, ya sea por la facilidad de comunicación telefónica, lo cual en mi caso se concretaba a una vez a la semana, domingos por la tarde/noche con mis padres, toda vez que el costo de las llamadas no eran baratas.

Así Malena y Chepina, para contarme las novedades en vez de escribir, me mandaban extensos cassette, mismos en los que además de sus relatos, se incluían canciones de moda. Obvio que para escuchar dichas noticias fue necesario  hacerme de una grabadora reproductora, que por muchos años conserve.

Las cartas que decidí guardar me permiten ahora revivir toda esa época. No hay duda de que son un nostálgico e insustituible vínculo de cariño y amor, a pesar del tiempo y de la distancia”

Al igual que las cartas, los cassettes tuvieron la misma suerte, y solo tengo uno que después de 43 años se sigue escuchando y que inicia con una serenata, “las Mañanitas”, pero que aún no termino de reproducir en su totalidad. Muchas anécdotas de ese año que inició en 1977 y del cual agradezco primeramente a mis padres por la gran experiencia que representó en mi vida, pero más ahora a esas personas que ya no están presentes y a través de sus cartas, constato que la distancia acrecienta el cariño y el amor entre los seres humanos. Más, tratándose de familiares, amigos y obligado decir, a causa de esta maldita pandemia, de mi pareja Paco.

Este texto me gustaría dedicarlo en especial a mis tías Amalia y Esther Villalobos, a mi abuelita Ventura López de Castro, que en Paz Descansen; pero también a demás familia (hermanas y hermanos), que con sus escritos me hicieron esos días y meses sentirme acompañada. Del resto de mi grupo de amigas, todas ellas muy queridas y apreciadas, y que a la fecha seguimos en contacto, son tema de otro artículo que espero compartirles pronto.

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