Ciudad de México, julio 18, 2026 19:22
Nancy Castro Opinión

Donde habita la memoria

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Dice que sin memoria no existe pasado, presente ni futuro. “Si no tenemos memoria, no tenemos futuro…”

POR NANCY CASTRO

¿Qué tan misterioso es el cerebro, tanto que, cuando quisiéramos comprender algo de él, descubrimos que no conocemos ni una milésima parte de su funcionamiento? Sin embargo, somos nuestro cerebro, porque gracias a él adquirimos conocimiento, recordamos y construimos memoria.

En su libro El cerebro de la memoria y la sabiduría, el neurocientífico Javier de Felipe habla de la memoria no sólo como la capacidad de almacenar información, sino como la facultad humana de editar nuestras experiencias a partir del impacto emocional que nos provocan. Dice que sin memoria no existe pasado, presente ni futuro. “Si no tenemos memoria, no tenemos futuro”.

Habla de memorias semánticas y episódicas; del recuerdo como una red de conexiones neuronales llamada engrama. Cada una asociada a la amígdala, la estructura encargada de regular nuestras emociones.

Recordar como revivir.

Revivir como cuando vuelves a pasar por el mismo lugar por el que has transitado toda la vida.

Revivir como cuando te juntas con la gente querida y recuerdas los momentos que se forjaron para ser únicos.

Revivir con la satisfacción de repasar la vida dos veces, porque de lo único que tenemos certeza es de la muerte.

Revivir a la persona amada haciendo el viaje que en vida quiso volver a hacer.

Revivir, repasar y recordar son actos de amor, capaces de devolvernos la esperanza. No es casual que recordar signifique volver a pasar por el corazón.

Cuánto hemos depositado en el corazón: memoria, afecto, culpa, deseo y permanencia. Tampoco es gratuito que le hayamos delegado semejante tarea.

El corazón ha sido, desde siempre, el refugio simbólico de todo aquello que no sabemos explicar. Ahí colocamos el amor, el miedo, la ausencia y también la memoria. Decimos “me rompió el corazón”, “lo llevo en el corazón” o “aprendí a escucharlo”, como si en ese órgano habitara una verdad más profunda que la razón misma.

Quizá por eso el ser humano nunca ha visto al corazón solamente como una máquina de carne latiendo dentro del pecho, sino como un recipiente espiritual capaz de conservar aquello que el tiempo intenta borrar. Recordar, entonces, no sería únicamente pensar en el pasado, sino volver a darle vida a algo dentro de nosotros.

Entre los mexicas, el corazón era mucho más que un órgano: era el centro vital del universo. En sus mitos, los dioses habían entregado su propia sangre para poner el mundo en movimiento, y el hombre debía corresponder alimentando al sol con el yóllotl, el corazón humano, para impedir que las tinieblas lo devoraran.

También del corazón nació su origen. Cuenta la tradición que el corazón de Cópil fue arrojado al lago de Texcoco y de él germinó el nopal sagrado sobre el que apareció la señal de México-Tenochtitlan.

Pero el corazón no sólo sostenía al cosmos o fundaba ciudades. En la filosofía náhuatl era también la sede de la memoria, la voluntad y la verdad interior. “Dar corazón” significaba actuar con rectitud y humanidad. Un hombre sabio era aquel capaz de introducir a los dioses dentro de sí mismo.

Tal vez por eso recordar sigue siendo un acto sagrado.

Porque revivir no es regresar al pasado:

Es impedir que aquello que amamos desaparezca.

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