Ciudad de México, junio 25, 2024 09:46
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Dos Depeche Mode

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Los pasajeros comienzan a corear algo que no escucharon en el concierto de sus sueños, lo que no entonó Gahan, un desvelo de verdad cruda pero también de catársis, sin arreglos nuevos”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

No digas que eres feliz / Ahí fuera sin mí / Sé que no puedes serlo / Porque no es bueno.

Depeche Mode.

Fueron dos conciertos de la misma banda, en un mismo día. El primero excelso, como los hay en Europa, como en Estados Unidos. Como aquel en Montreal que vi hace tantos años, en 1988, cuando Amnistía Internacional juntó a varias estrellas en favor de los derechos humanos: Sting, Peter Gabriel, Tracy Chapman… Llegamos en el Metro hasta el Estadio Olímpico; todos los asistentes en Metro, casi todos. Por eso una vez retacados los vagones, los mismos chavos impedían el ingreso de más gente a ellos, conscientes del riesgo. Por un túnel llegábamos directo al acceso, nunca vimos el exterior. Sin policías, cuando en México aún no reiniciaban los masivos ni siquiera con policías. Cada cual ponía botellas o frascos de bebida en un apartado a la entrada, sin que nadie lo ordenara, piezas bien acomodadas en el piso, seguramente para luego ser recicladas. El ingreso fue práctico, ordenado y ágil. Adentro la maravilla, el concierto de Primer Mundo, el consumo de bebidas alcohólicas sin la menor consecuencia. Me vi tan lejos de la incivilidad, solo por unos días.

Avándaro había sido convertido en México en el tiro de gracia que el sistema autoritario daba al rock en vivo, el mismo con que amedrentó a la rebeldía juvenil, las ansias de libertad frustradas en 1968. Ponía un signo de “fuchi” al pelo largo, una sospecha de delincuencia. Ni qué hablar de los tatauajes. Un día la ilusión nos sorprendió con el concierto de cinco mil personas de la banda española Radio Futura en lo que ahora es el World Trade Center y que entonces era una obra negra. Pero pasaron varios años más para que a una de las ciudades más grandes e importantes del mundo, la más de habla castellana, llegara lo que ahora hay. Así el concierto de Depeche Mode en el Foro Sol donde, a diferencia de lo que ya ocurría hace 35 años en Montreal, ahora hay que ir con bolsita transparente “para evitar riñas”, y caminar desde la estación Ciudad Deportiva unos tres kilómetros, no porque se encuentre lejos el foro, sino porque es ocurrencia de los organizadores obligar a la multitud a dar la vuelta al ruedo, según esto para evitar despapayes.

Eso sí: La noche del lunes 25 de septiembre, en plena apertura del otoño con cielo despejado y un aire ligero y fresco que pega en la cara para provocar que los labios formen una sonrisa casi invisible en cada inhalación, lo de adentro es un espectáculo de talla mundial. Algo que no checa con la vida de afuera. Una eme se va formando ante el fragor de los espectadores cuando el carismático vocalista Dave Gahan aparece en el escenario. Es la misma eme que acompaña todo el concierto tras la batería, la eme de la moda pasada de moda, a veces con un sencillo contorno en blanco, a veces muy colorida o con imágenes dentro.

Actualmente Depeche Mode es un dueto que completa el guitarrista Martin Gore, el principal compositor de la banda a lo largo de 43 años. Un tercero, icónico fundador, era Andrew Fletcher, que murió en mayo de 2022 por una disección aórtica. Gahan fue descubierto por otro fundador, Vince Clarke, que se cautivó cuando lo vio cantando Heroes, de David Bowie. Eso emula Gahan, a David Bowie, como un auténtico rockstar mientras se contonea en el escenario del Foro Sol, ante 60 mil espectadores. La banda suena más rockera que nunca, lo que quiere decir que mejor que nunca, salvo por Just can´t get enough, que enloquece y nos recuerda la música industrial de la que fueron pioneros y que todavía habita en la nostalgia de las fiestas de ochenteros o de los más jóvenes –no pocos– cultivados en el “retro”. Todo bien hasta el sello final, con Personal Jesus, que daría a la vez lugar a otro concierto, con el retiro veloz de los asistentes para alcanzar el transporte público.

El Sistema de Transporte Colectivo, que uno supondría que con ese nombre tiene como uno de sus propósitos desplazar a la gente que asiste a eventos colectivos, ha cerrado antes de tiempo. Obligados a cruzar apresuradamente el Circuito Interior entre los autos, por haber ya estado cerrado el acceso del lado de la Ciudad Deportiva, los usuarios llegan a las 23:57, tres minutos antes del cierre oficial, pero un vigilante les planta la puerta de rombitos metálicos en las narices. No valen protestas, aunque el último tren sale de Pantitlán a las 12 en punto. Hay mentadas de impotencia. Genial idea para el negocio, que parece ser promovido desde la Secretaría de Movilidad de nuestro hermoso gobierno: Taxistas que ofrecen viajes de 300 pesos a destinos que están a 15, 16 kilómetros, rondan por los accesos del foro. Portan gafetes de Ocesa, de Ticket Master, de dudosa legitimidad. Afuera también, en el Circuito. Son decenas y decenas de taxis estacionados entre el hormigueo de los transeúntes, de aquí para allá, desorientados cada vez más por la preocupación de sentirse perdidos. Pero a unos pasos del Metro está la “solución”. Los microbuseros han diseñado nuevas rutas, rutas “express”, mientras los agentes de tránsito platican en medio del caos. De a 50 pesos por persona: Unos al poniente, al Metro Tacubaya, otros hasta San Ángel, para los que van hacia el sur. Hay una ruta hasta Indios Verdes.

Micro a la medianoche. “The policy of truth”. Foto: Francisco Ortiz Pardo

Tomar el que va a San Ángel es una peli de Buñuel. 42 personas a bordo, unos adormilados, otros borrachos, los más de pie. Hay una chica que se lanzó sola, vestida con minifalda negra y mallas con estampados de crucecitas. Debe estar feliz el dueño del destartalado vehículo: en un solo viaje se echó a la bolsa más dos mil pesitos. El conductor logra arrancar de manera transversal a las hileras de autos; esquiva a los peatones, se escuchan bullicios de la gente que cada vez se ve más desesperada por huir. Y entonces suena el “estéreo”, como decíamos en esos tiempos de cuando éramos más jóvenes. Poco a poco, en la medida que acelera, va subiendo el volumen. Los pasajeros comienzan a corear algo que no escucharon en el concierto de sus sueños, lo que no entonó Gahan, un desvelo de verdad cruda pero también de catársis, sin arreglos nuevos. El concierto del Cuarto Mundo:  You’ll see your problems multiplied / If you continually decide / To faithfully pursue / The policy of truth.  / Never again / Is what you swore / The time before…

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