Ciudad de México, julio 23, 2021 19:17
Opinión Rebeca Castro Villalobos

El adiós

Siempre he pensado que las despedidas son tristes, sean cual sean éstas y claro  en esta ocasión el sentimiento que causa el decir adiós a la persona amada es aún mayor por la incertidumbre al desconocer cuándo volveré a verlo.

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Pensé que cambiaría el tema o la redacción, pero finalmente y en mi estado anímico no creo encontrar nada mejor para explayarme…

No estoy del todo convencida de redactar un texto hoy, precisamente a menos de 24 horas que suba al avión que me llevara de vuelta a mi terruño, después de un mes y 23 días de estar viviendo en la Ciudad de México acompañada de Paco, mi pareja.

He de decir que esta es la primera ocasión que hemos estado más tiempo juntos, porque  nuestros viajes, debido a mi empleo, se limitaban acaso a tres semanas. También, que ahora asumí más el papel de ama de casa, participando en hacer la lista del supermercado, preparar el desayuno, planear la  comida y/o cena del día y, como persona obstinada por la limpieza y el orden, tender cama, lavar ropa  y todo lo que ello implica

Eso sí, por nuestro ritmo de vida y costumbres arraigadas en ambos, fue obligado en estas semanas,  “darnos nuestro espacio”; resultando a veces incómodo por lo reducido del departamento.

Confieso que así como me tomo tiempo decidir, convencerlo y acudir a su reencuentro en esta pandemia; el miedo, pánico y ansiedad regresan ante el  ya inevitable viaje de retorno del que sólo me anima volver a ver a mi madre.

Siempre he pensado que las despedidas son tristes, sean cual sean éstas y claro  en esta ocasión el sentimiento que causa el decir adiós a la persona amada es aún mayor por la incertidumbre al desconocer cuándo volveré a verlo.

Más en este mes de diciembre,  tiempo de familia, de  amigos y de él,  que coincide con mi cumpleaños,  época siempre que tomábamos camino hacía algún pueblo, rentar cabaña, cuyo único requisito era que tuviera chimenea y permanecer hasta las vísperas del año nuevo.

Fue así que conocimos casi todos, Pueblos Mágicos: Zacatlán y Cuetzálan en Puebla;  Mazamitla, Talpa, Lagos de Moreno y Tequila, todos pertenecientes a Jalisco;  Huasca de Ocampo, Real del Monte, Mineral del Chico, Tecozautla, en Hidalgo; Real del Catorce y Xilitla en San Luis Potosí; Valle de Bravo, El Oro y Avándaro en el Estado de México; Pátzcuaro, Santa Clara del Cobre, Tzintzuntzan y Tlalpujahua  en Michoacán.  Del mismo estado no debo de olvidar Zirahuén y el Centro Ecoturístico de Yunuen.  Y el siempre recurrente Calvillo, en Aguascalientes.

Sin excepción  fueron (y hablo en pasado porque no sé si habrá un futuro para esos recorridos) extraordinarias experiencias que no alcanzaría el espacio para describir a cada una de ellas. Lo que sí, en todas esas ocasiones, además de ropa abrigadora teníamos que incluir en el maletero del auto,  una cafetera (por si no se contaba con una) y el utensilio para hacer un rico fondue, platillo que yo exigía degustar junto con una copa de vino tinto en mi nueva vuelta al sol.

Además de esos ya tradicionales viajes, en ese mes también acostumbraba a reunirme con un par de amigas y  alzando la copa desearnos parabienes; hecho que debido al virus, no creo que ocurra.

¿Qué me depara este diciembre del 2020, todavía?, se ha vuelto una pregunta recurrente y sin respuesta, aunque no es sólo para mí, segura estoy que  lo es para muchos, ampliándose incuso hasta los primeros meses del 2021.

“El hoyo”

Este texto lo escribí el lunes por la noche, cuando era ya inminente mi retorno a casa. En estos momentos de martes ya siento ese vacío, “ese hoyo”, como acostumbraba a expresar después de fortuitos encuentros de fines de semana y la despedida.

Desde que el reloj marco las cinco de la mañana, súbitamente abrí los ojos y no pude reconciliar nuevamente el sueño, pensando en esa marcha que inició a las siete, armada por supuesto de cubrebocas y mascarilla, subiendo a un satinizado Uber, para después llegar a una atiborrada sala del aeropuerto donde la sana distancia parecía no existir, más a la hora de copiar  códigos para llenar formulario médico desde el celular de cada uno de los pasajeros.

Después atravesar  por pasillos, donde nuevamente la distancia se acortaba, pese al llamado de personal de las aerolíneas, siendo sin embargo el colmo durante la revisión  de maletas  y bolsos. Aquí he de contar que por indicaciones del guardia, tuve que abrir mi maleta y ver como escudriñaba entre mis ropas, mis medicinas, mis artículos de baño, para finalmente terminar con mi bolso de estampas de oraciones, donde encontró el atomizador de agua bendita que siempre procuro traer conmigo.

A punto de llorar le pedí que no me lo quitara. “Es agua bendita”, insistí; sin embargo el hombre prefirió tomar una muestra del líquido para después pasar por algún artefacto, cuyos resultados no le satisficieron y a dos o tres de sus allegados le preguntó qué hacía. Afortunadamente uno se compadeció  asegurando que la botella no representaba peligro o riesgo.

Ya con maleta en mano, mi corazón siguió acelerándose  porque desconocía la sala en donde tenía que esperar a ser llamada para subir al avión; pero peor fue el abordar y darme cuenta que tendría acompañante de asiento, una joven que con el  cubrebocas abajo de la nariz. Tan pronto cerraron la puerta, la muchacha decidió cambiarse a dos lugares disponibles para ella sola.

El vuelo transcurrió sin contratiempos y en menos de una hora aterrizamos en el aeropuerto del Bajío, donde mi querido hermano me esperaba para trasladarme a casa, donde la soledad y el vacío de hace unos meses, vuelven a reinar.

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