LETICIA CALDERÓN CHELIUS

No se necesita que vuelva a temblar, que se descubra la trama de corrupción al estilo “estafa maestra”, ni siquiera que haya elecciones para que se cimbre el suelo en que vivimos. Los edificios en la Ciudad de México, sobre todo los nuevos, se caen, así, sin mayor explicación que porque hubo algún error estructural y el suelo se reblandeció. Con el temblor de 2017 supimos que edificios que fueron denunciados porque  tenían problemas visibles se dejaron a su suerte y se cayeron y se murió gente, sin que hasta la fecha haya responsables. La actitud inescrupulosa alrededor de la construcción en la Ciudad de México es largamente conocida. Después del temblor del 85 se hizo “leyenda urbana” decir que las varillas eran de menor tamaño a las que se necesitaban o que se ahorraron en  materiales firmes, tipo paredes casi de unicel, para duplicar la ganancia. Ante  esa realidad susurrada por todos los rincones de la ciudad luego del primer temblor de un 19 de septiembre, la norma se supone que iba a hacer ajustes, fortalecer criterios y marcar limites al abuso de usureros de la vida, cuando al construir sin rigor se sabe que hay consecuencias.

Es probable que la novedad en el tema es que, el tipo de daños que ahora estamos viendo es una afectación más generalizada y no respeta clases sociales, porque se da en construcciones como centros comerciales de lujo extremo y edificios de departamentos cotizados en dólares que quedaron endebles porque se desgajó el cerro donde se construyeron en rumbos como Santa Fe. A esto se suma que muchas de las nuevas unidades habitacionales con pretensiones de “lujo total”, ya padecen desabasto de agua, se ubican en medio de avenidas hiper congestionadas que impiden a quienes ahí viven salir libremente cuando se les de la gana y en general, acaban siendo espacios aislados porque fueron construidas sin integrarse a la zona sino al contrario, lo que promueven es marcar distancia y reforzar la desigualdad.

El boom de construcción es una realidad para todos. Es complicado oponerse porque es una lucha individual a la que las personas se suman solo cuando les afecta de manera directa, si no, los que la sufren se quedan solos. Así, los edificios que acaban siendo moles de concreto en una colonia otrora habitacional, no convocan a nadie porque aparentemente afectan solo a los que padecen el ruido directo e incluso la perdida del sol que ya no llega a sus ventanas. Solo se vuelve una queja colectiva cuando es demasiado tarde y el tráfico intenso, el ruido e incluso el aumentó de la población que circula por un rumbo se multiplica exponencialmente.

Para ese momento la queja de la ciudadanía es absurda porque la autoridad se protege con la idea de que una construcción es ya intocable aunque haya  violado normas, incluido el número de pisos permitidos que todos vieron cuando se construyeron pero aunque se ponen sellos de “suspensión de actividades”, la obra sigue, se quitan los sellos y se avanza en la construcción a velocidad galopante. Luego otra vez se clausura, y en unos días, otra vez se negocia con los constructores que se entiende algo habrán hecho para que la autoridad nuevamente les permita seguir construyendo.

La trama es impecable y se repite incansablemente como pasó en aquel cuento del rey en calzoncillos que todos veían que no tenía ropa y a coro le vitoreaban. A nosotros nos pasa algo parecido. Mientras por un lado gritamos, por el otro, ya nos construyeron otro edificio en la calle de atrás.

Edificio colapsado en Zapata 56. Foto: Tercero Díaz/Cuartoscuro

 

La autoridad protege el sigilo de la obra. Nunca da información de qué se construirá. No es claro el tipo de edificación ni su tamaño. Además, juntando más de un predio la norma permite multiplicar el número de pisos y esa es la formula para construir sin tener que ajustar la altura y poder sobrepasar lo permitido que pelean abogados mientras la construcción avanza en paralelo.

Esta es la historia de todas y cada una de las construcciones que en los últimos años han llenado nuestro paisaje urbano, que lo han invadido y contaminado con moles de cemento.

La promesa de la nueva administración es que se revisarán todas y cada una de los permisos de construcción, el seguimientos de obra y los estudios de impacto ambiental que por norma cada construcción debe tener. Cuando esto ocurra, más vale estar listos para lo que veremos, de lo que nos enteraremos y sobre todo, de lo que nos horrorizaremos al saber, ya sin especular, de los negocios particulares amparados por la autoridad sin que les importara que hubiera vidas y patrimonio en peligro. Tal vez eso nos de la fuerza suficiente para que alguno de nosotros grite como le gritaría solo un niño inocente al rey en calzoncillos: “Basta, ni una construcción más así en mi Ciudad”.

 

 

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francisco

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