El poder de Tláloc… o la Tlaloca
“Las crónicas publicadas por los periódicos de la época resaltaron el hecho de que, a pesar de ser temporada de secas, el día del traslado de Tlaloc se desató una tormenta inusual que provocó inundaciones en diversas zonas de la ciudad…”
POR PATRICIA VEGA
Diversas narraciones y crónicas consignan que “la gran piedra” fue redescubierta en el siglo XX en un pueblo del municipio de Texcoco. Se desconocen las razones por las que nunca se terminó de esculpir y así permaneció semienterrada durante los siguientes siglos.
Fue el presidente Adolfo López Mateos quién ordenó sacar al monolito del pueblo de San Miguel Coachintlán, Estado de México, para su traslado a la capital mexicana donde fue colocada el 16 de abril de 1964 a unos cuantos metros de la avenida Reforma. Eran los días previos a la inauguración del Museo Nacional de Antropología (MNA), a la fecha uno de los diez museos más importantes del mundo y el más visitado de nuestro país.
Desde entonces, la vista de la colosal escultura conocida como el Tláloc de Reforma o, con mayor propiedad, como el monolito de Coachintlán nos remite de golpe al grandioso pasado prehispánico de México. Basta colocarnos frente a la gran piedra para imaginar los rituales realizados en honor del Dios de la lluvia y de las tempestades o a la Diosa de los ríos, torrentes y lagos, según la información en poder de quienes la observamos en el Bosque de Chapultepec.
Las crónicas publicadas por los periódicos de la época resaltaron el hecho de que, a pesar de ser temporada de secas, el día de su traslado se desató una tormenta inusual que provocó inundaciones en diversas zonas de la ciudad y que, de acuerdo con habitantes de Coatlinchán, era el castigo por haber retirado, a la fuerza, a la gran piedra de su lugar original.
La mayoría de los lugareños no estuvo de acuerdo con la extracción del monolito y consideraron el hecho como un despojo de su patrimonio por lo que fue necesario acudir al apoyo del ejército durante unos tres meses para lograr el cometido.
La también llamada piedra de los Tecomates, despojada en la actualidad de su dimensión simbólica era honrada con el propósito de invocar la presencia del agua que alimentaba los lagos, fertilizaba los campos que producían alimentos y saciaba la sed de los habitantes de la región. Una leyenda cuenta que, tras la llegada de los españoles a las tierras de Texcoco, los habitantes de Coatlinchán celosos de sus cultos y creencias arrastraron al monolito hasta un cerro con el propósito de ocultarlo. El nombre de tecomates proviene de la serie de huecos en forma de vasijas que la escultura presentaba la altura de la panza y que se llenaban de agua en temporada de lluvias. Debido a que gran parte del rostro y torso de la deidad se encuentran destruidos no ha sido posible determinar a ciencia cierta la identidad de la escultura: Tláloc o Tlaloca, en un debate teórico que no se encuentra cerrado.

El hecho es que, durante años, los habitantes de Coatlinchán se acostumbraron a convivir con un monolito de tamaño colosal que formaba parte de su entorno: durante los paseos o días de campo los niños jugaban sobre la gran piedra y se sabe que cuando a los campesinos que llevaban sus animales al monte los agarraba la noche o la lluvia se guarecían a un costado de la escultura. De ahí que los pobladores se rebelaran contra la decisión de cambiar de lugar a un monolito que sentían que les pertenecía, que formaba parte de su patrimonio cultural. En esa época dominaba una visión centralista y autoritaria que ha sido cuestionada por especialista como la antropóloga Sandra Rozental, quien recuperó esta historia en el espléndido documental La piedra ausente, que codirigió con el cineasta Jesse Lerner, y que fue coproducido por el IMCINE y el INAH. La cinta abre una vía para la reflexión sobre la relación que tenemos en México con nuestro pasado prehispánico y el patrimonio histórico y cultural y, a nivel simbólico, sostiene Sandra Rozental, al entregar copias del documental a la población se propicia que la comunidad se reapropie de su patrimonio.
A 62 años del traslado del monolito quedan muchas tareas pendientes como el asignar un presupuesto federal para garantizar su preservación, limpieza y reparación permanentes.
No estaría mal que, en esta época de celebraciones y festejos, invocáramos el poder del Dios Tláloc o de la Diosa Tlaloca para que las lluvias que en estos días azotan a la ciudad de México disminuyeran su intensidad. Aunque sea un poquito.
















