Ciudad de México, julio 1, 2026 09:39
Revista Digital Julio 2026 Vestigios

El valle que añora su lago

La Ciudad de México enfrenta cada julio el retorno de sus aguas originales, recordándonos que somos una urbe necia que niega su propia geografía.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

La Ciudad de México no fue fundada sobre tierra firme, sino sobre el abrazo de un sistema de lagos que definieron su esencia. Ese es el origen… y la explicación. Quienes caminamos hoy por sus calles, entre la urgencia del tráfico y el estruendo de los motores, solemos olvidar que bajo nuestros pies persiste una memoria líquida. En julio, cuando las nubes se cargan sobre los volcanes y el cielo de la capital se desploma en tormentas torrenciales que transforman las avenidas en ríos temporales, la ciudad nos recuerda, con una contundencia poética, que no hemos conquistado el valle, sino  que apenas lo habitamos en préstamo.

Los mexicas, antiguos maestros de este suelo, no intentaron vencer a la lluvia; la escucharon y la integraron a su existencia. Tenochtitlan era un prodigio de ingeniería donde los diques y las calzadas permitían que la urbe flotara en armonía con un sistema lacustre que se nutría de los escurrimientos pluviales. Para ellos, el agua que caía del cielo era la fuente de la vida y el eje de su cosmogonía. La ruptura llegó con la visión europea, que veía en la precipitación y en los lagos un enemigo a vencer. Desde los tiempos de Cortés, la historia de esta capital ha sido una obsesión por expulsar la humedad, bajo la falsa premisa de que una ciudad moderna solo puede erigirse sobre tierra seca.

Hay una fecha que resuena en los archivos como una advertencia: 1629. Aquel año, el cielo se abrió durante meses y las lluvias torrenciales sumergieron a la ciudad en una inundación que duró cinco años. Las crónicas describen una capital fantasmagórica, donde la gente se desplazaba en canoas por lo que hoy son las calles del Centro Histórico. Pero la lucha no terminó ahí. En 1763, otra gran inundación obligó a las autoridades virreinales a redoblar esfuerzos en el desagüe, marcando una etapa de pánico ante la capacidad de la cuenca para reclamar su nivel. Ya en el siglo XIX, el año de 1856 quedó grabado como otro episodio crítico de colapso hídrico, donde la lluvia puso a prueba la endeble infraestructura del México independiente, demostrando que ninguna administración lograba domar el agua.

El registro histórico de estas catástrofes ha quedado fijado en la memoria colectiva a través de la lente en épocas más recientes. Las inundaciones no fueron solo un drama antiguo; se convirtieron en una estampa recurrente del siglo XX. Son memorables las fotografías de septiembre de 1951, cuando tras semanas de lluvias torrenciales, el Centro Histórico colapsó y la calle de Madero y los alrededores de Tacuba se transformaron en canales navegables.

En esas imágenes, se observa a ciudadanos desplazándose en lanchas de remos frente a los edificios coloniales, sorteando el agua como si fuera lo más natural del mundo. Un escenario similar se vivió en 1955, cuando el agua cubrió vastas zonas del primer cuadro, obligando a los transeúntes a utilizar embarcaciones improvisadas para cruzar la plancha del Zócalo.

Más tarde, en 1978, las intensas precipitaciones volvieron a convertir el corazón de la capital en un espejo de agua. Aún hoy, si uno camina con atención por los rincones más antiguos del Centro Histórico, es posible encontrar placas empotradas en los muros de piedra de casonas y templos que marcan, con una precisión escalofriante, el nivel que alcanzó el agua durante esas grandes inundaciones. Son marcas que operan como testigos de cargo contra nuestra amnesia colectiva; niveles de agua que hoy nos parecerían imposibles, pero que están ahí, grabados en la roca, para recordarnos que el Valle de México no ha olvidado su naturaleza. }

El viaducto, inundado. Foto: archivo Vanguardia.

Aquellas escenas, junto a estas marcas en los muros, son el retrato de una urbe que convivió con la inundación como un ritual estacional, confrontándonos con la realidad de que el concreto no ha sido capaz de borrar la memoria de este suelo.

Durante el virreinato y los albores de la vida independiente, los intentos por controlar el agua fueron insuficientes; eran paliativos ante la realidad de una cuenca endorreica. Cada época trajo su propia solución técnica, pero también su propia frustración ante la inagotable capacidad del cielo para inundar el valle.

El siglo XIX y el inicio del porfiriato trajeron nuevas pretensiones. El ingeniero Roberto Gayol fue pieza clave en el intento de domesticar el sistema hídrico. Se completó el Gran Canal del Desagüe en 1900, una obra de ingeniería imponente para la época que pretendía drenar el Valle hacia el norte. Fue el símbolo máximo de esa soberbia técnica. Con él, creímos haber domesticado a la cuenca.

Avenida Insurgentes, hoty. La misma historia. Foto: Cuartoscuro.

Pero la geografía tiene sus propias leyes, y al retirar el agua del subsuelo para dejar espacio a la lluvia, la ciudad empezó a hundirse. Ese es el gran drama silencioso de nuestra metrópoli: mientras más nos esforzamos por evacuar el agua pluvial hacia afuera, más se hunde el suelo, creando nuevas depresiones que, irónicamente, llaman al agua de vuelta. Es un ciclo donde la ciudad, en su afán de crecer, se derrumba hacia su pasado acuático.

El siglo XX terminó de sellar el destino con el entubamiento de los ríos. El Piedad, el Churubusco y el Consulado, cauces vivos que eran las venas de este ecosistema, fueron confinados a la oscuridad de los túneles. Al convertirlos en avenidas, eliminamos la capacidad natural de la tierra para beber la lluvia. Hoy, cada vez que una tormenta azota la ciudad, el agua busca sus antiguos caminos, pero ya no los encuentra. Se acumula con rabia en los puntos más bajos, buscando desesperadamente el lecho que le fue arrebatado.

El sistema de drenaje profundo, cuya construcción inició en la década de los setenta, fue la respuesta a un problema que nosotros mismos complicamos. Diseñado para evacuar volúmenes titánicos, hoy se ve rebasado por la intensidad de las tormentas actuales, agravadas por el fenómeno de islas de calor y el cambio climático que altera los patrones de precipitación. Cada centímetro de concreto que hemos vertido sobre la ciudad actúa como un sello que impide la infiltración del agua de lluvia.

Hoy, la Ciudad de México vive en una contradicción insostenible. Mientras padece inundaciones devastadoras que colapsan la movilidad y dañan el patrimonio de miles de familias tras cada tormenta, la ciudad enfrenta simultáneamente una crisis de escasez de agua potable. La infraestructura actual, que prioriza expulsar el agua de lluvia hacia el exterior del valle, desperdicia un recurso vital que debería ser captado, tratado y reinyectado al acuífero para frenar el hundimiento.

Mirar la lluvia caer es, en realidad, mirar una batalla histórica. Es un recordatorio de que la modernidad que hemos construido es frágil frente a la memoria de un suelo que reclama su espacio lacustre. Mientras la infraestructura se limita a expulsar el agua, desperdiciándola, la naturaleza nos da lecciones de resiliencia.

Quizás el secreto para sobrevivir a los próximos julios no esté en drenar más, sino en aprender a convivir. Tal vez sea hora de entender, como lo hicieron los antiguos habitantes de este valle, que el agua de lluvia no es un enemigo, sino el elemento primordial del que, por más concreto que extendamos, nunca lograremos desprendernos.

La próxima vez que escuches el tamborileo de la tormenta sobre el asfalto, no pienses solo en la molestia del tráfico; piensa que es el lago, ahí abajo, saludando a la superficie, recordándonos quiénes somos y dónde estamos. La historia de esta capital es la historia de su relación no resuelta con el agua, una relación que reclama, con cada aguacero, un nuevo paradigma. Es el agua, nuestra antigua dueña, recordándonos que sigue aquí, bajo el pavimento, esperando su turno para volver, como lo ha hecho durante milenios. Esta ciudad no es una planicie de concreto, es un organismo vivo que respira humedad, y nuestra única salvación radica en aceptar que somos, en esencia, habitantes de un valle que siempre ha estado esperando por sus aguas.

La lección de la historia es clara: no podemos vencer a una geografía que nos precede. Cada inundación es un libro abierto que narra nuestra arrogancia, un diario de campo escrito con gotas de lluvia sobre una superficie que se resiste a ser olvidada. Debemos mirar hacia el futuro con la humildad de quienes saben que la ingeniería es solo una mediación temporal. La gestión del agua en el siglo XXI requiere una visión de cuenca, de respeto a los mantos freáticos y de una recuperación del espacio que permita a la lluvia ser protagonista en lugar de amenaza.

Julio es el mes donde la ciudad vuelve a ser lago, y en ese espejo de agua temporal, debemos entender que el futuro de la capital está ligado a su pasado. El desafío es transformar la vulnerabilidad en convivencia, entendiendo que el agua, antes de ser un peligro, fue siempre nuestra razón de ser. Nuestra casa sigue navegando en el lecho del tiempo, a la espera de que sepamos, por fin, cómo llevar el remo en este valle de lluvia y memoria.

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