FRANCISCO ORTIZ PARDO

Es deseable que la mayoría con que cuenta Morena en el primer Congreso de Ciudad de México –y cuyos miembros maniobraron con sus aliados del PT y PES para hacerse del control de los dos órganos máximos de dirigencia en ese órgano legislativo ordenado por la nueva Constitución capitalina—sirva para enderezar las fatídicas travesuras de la triada amarilla azulosa conformada por Jorge Romero, Leonel Luna y Mauricio Toledo, que llegaron al punto de distorsionar de manera artificial, a través de una alianza cuestionada hasta por los damnificados del sismo, el mandato popular en el año 2015, cuando Morena fue el partido más votado.

Aquel triste ejemplo de desprecio a la ciudadanía (que tuvo el aval del entonces Jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera), y cuya factura política paga ahora con creces tanto el PAN como el PRD, no debe repetirse de ninguna forma desde las butacas de color vino.

Lo ocurrido este lunes en que el Congreso entró en funciones, no es muy alentador: Morena y sus aliados establecieron un cambalache a conveniencia, de espaldas a la ciudadanía y para eludir la ley que prohíbe que el mismo partido presida la Mesa Directiva y la Junta de Coordinación Política. Sin el menor empacho, Morena legó legisladores a las bancadas de sus aliados para lograr tal objetivo.

Desde la lógica del poder, eso suele verse como maniobras válidas, negociaciones legítimas. Pero desde este lado, el de la sociedad civil, no nos acostumbramos a que la partidocracia no deje de hacerlo, porque esas prácticas son justamente las que le dan nombre.

Por eso tampoco somos indiferentes al hecho de que a Jorge Romero, el cacique panista de la capital, el CEN de su partido le haya regalado sin mérito alguno la vicecoordinación de la bancada azul en la Cámara de Diputados Federal (si bien es cierto que fue un duro golpe para èl no haber logrado la coordinación), a pesar de su triste papel como representante de campaña del ex candidato presidencial Ricardo Anaya en CDMX y logar para su partido apenas 11 diputados locales (solo dos de mayoría) y una Alcaldía. Son datos que no se pueden presumir.

Foto: Congreso CDMX

 

La esperanza de un nuevo modelo de política local solo puede estar sustentada en cambios radicales al respecto. Es hora de que quienes se quedan ahora al mando del grupo parlamentario panista en el primer, histórico Congreso, Mauricio Tabe y Christian von Roherich, dejen de hacerse chiquitos frente a la figura de Romero, como si no contaran con mejores dotes políticos e imagen. Me han repetido panistas y no panistas que no ven cómo podría darse ello. Yo respondo que el bálsamo para imaginar una mejor ciudad, con mejores partidos políticos y gente más participativa, solo es posible si se piensa que a nadie le gusta finalmente ser títere, máxime cuando el que mueve los hilos ha cometido tantos errores y es visto como un artista fracasado, al que no se estima ni en su propia compañía teatral.

Además, tanto Tabe y Von Roehrich como el próximo Alcalde en BJ, Santiago Taboada, no son más esos chamacos inexpertos a los que hace años reclutó Romero para formar su nido de poder, caído ahora en la misma desgracia que su partido a nivel nacional. Taboada, por ejemplo, puede presumir de haber sido el panista más votado en el país, proporcionalmente hablando, y tiene con qué caminar sobre las huellas de su propio liderazgo, en lugar de ceñirse al descrédito de otros. Christian, por su parte, fue uno de los dos únicos diputados locales panistas que llegaron por mayoría al Congreso (el otro es Federico Döring, histórico rival interno de Romero), y no por la vía plurinominal. Tomar distancia de Romero y acercarse a la gente, retribuirá a ellos y al PAN, un partido que es necesario para los contrapesos en la ciudad y el país.

En frente también hay chamba. Y acaso con mucho mayor responsabilidad porque se trata del partido que arrolló gracias al apoyo dado por millones de capitalinos. Morena tiene ante sí la oportunidad histórica de demostrar que no todos son iguales. El riesgo es que si sus legisladores actúan como lo hicieron en la instalación del Congreso local, la llama de la esperanza que alimenta la posibilidad del surgimiento de una nueva clase política –a la que ya no tengamos que llamar dolorosamente “partidocracia” (lo que es igual a que no vivimos en una democracia plena— se extinguirá. Se vale legislar ejerciendo la mayoría, pero siempre de manera responsable y siendo sensibles a las consideraciones de la gente que, dice la teoría es la que manda en democracia.

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