POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

No es que me guste decirlo. Pero el tiempo dará lamentable e irremediablemente la razón a Enrique Peña Nieto: La corrupción en México es cultural. He reflexionado acerca de ello a propósito de una estancia breve en Vancouver, la emblemática ciudad del oeste canadiense de montañas y mar, considerada entre otras cosas la más segura del mundo. Ahí conviven con real respeto, más allá de los discursos benevolentes y de la corrección política, personas de todas las razas y culturas. Las diferencias con Ciudad de México son notorias, y no por la obvia diferencia en la calidad de vida y la equidad social. Hay dos enfoques en el análisis: El socio-político y el estrictamente humano. Ambas implican la corrupción, que tiene diversos niveles y facetas.

El aspecto humano, que es el que más me preocupa en estos tiempos, se refiere a la falta de generosidad y solidaridad, el agandalle bravucón entre nosotros. Nuestra violencia manifiesta en nuestra historia y en nuestra cotidianidad no puede explicarse –y excusarse— en una forma de ser del mexicano. Desde que era niño, recuerdo a padres de familia que ponían a sus hijos a pelear a golpes contra otros pequeños porque, aseguraban, era parte de su formación, como si no hubiera más remedio que entrenarlos en un país de salvajes; eso explica la indiferencia que imperaba ante el bullying y el maltrato infantil. Las impunidades abarcan todos los estratos sociales y no solo a la clase política. Qué lejos hemos vivido del respeto y la paz.

Vida cotidiana en Vancouver, cerca de Canada Place y el Centro de Convenciones. Foto: Francisco Ortiz Pardo

 

En cambio, los propios mexicanos que viven en Vancouver se adaptan perfectamente al respeto, son amables y se muestran dispuestos a ayudar. No vi en ellos las pretensiones de la clase media que acá se engaña con falsos ascensos sociales al adquirir un auto a crédito. Asumen que para tener esa calidad de vida deben trabajar muy duro, pues Vancouver es la urbe más cara de todo Canadá. No tienen complejo alguno por viajar en el Metro (por cierto nueve veces más caro que el de CDMX) y gozan junto con los chinos, franceses, alemanes, colombianos y afroamericanos del placer de caminar por calles limpísimas y dispuestas para ello, donde efectivamente el peatón es el rey. Vi subir a un autobús a una señora octagenaria que llevaba andadera. No tuvo problema alguno. Varios kilómetros adelante, descendió en un suburbio con la misma facilidad.

Hace justo 30 años, cuando fui por primera vez al país de los osos y los castores, me explicaron que efectivamente en ninguna parte del mundo gusta el pago de impuestos, aunque en Canadá –donde las contribuciones son altísimas– se entendía que ese esfuerzo de trabajo personal, y no la política subsidiaria (es decir, deficitaria), es lo que da sustento a los beneficios sociales que el Estado otorga, antes que nada para ajustar las inequidades sociales. Ahí no se cambia la fórmula en cada gestión de gobierno. Los canadienses conocen los caminos de una vida justa y digna, pero saben que ninguno de ellos es mágico y que por ahí deben andar todos los ciudadanos.

En Vancouver tener carro. y el efecto contaminante que provoca, es castigado con costos excesivos, que se hacen evidentes en el nivel socioeconómico de quien lo posee, pues abundan los Mercedes y los BMW. Los conductores pisan el pedal del freno media cuadra antes de donde algún peatón se disponga a cruzar la calle. No hay quien no lo haga.

Con unos cuantos hechos cotidianos y aparentemente banales nos damos cuenta de que en México nada cambiará con una elección presidencial, por más de que nos vengan con esos chistoretes del buen ejemplo desde el gobierno. En Ciudad de México, para mayor precisión, los conductores regañan al peatón que intenta interponerse en su camino con ademanes que indican algo así como “¿estás ciego?”, y habitualmente la gente mayor se tropieza en banquetas rotas cuya existencia solo se puede entender porque no hay quien exija que el gobierno cumpla con su obligación.

Ciclistas al anochecer. Foto: Francisco Ortiz Pardo

A fin de cuentas, se saca mayor ventaja del lugar que nos tiene apartado el franelero (corrupción se llama también, hurto del espacio público), que de uno que otro raspón que nos llevemos en la vida. El menosprecio de nuestros bienes naturales y culturales nos hace comodinos. Y a la vez ello nos permite quejarnos perpetuamente sin la necesidad siquiera ya no digamos de participar en los asuntos de interés público, sino en cosas tan simples como ayudar al vecino. Y creer, eso sí, que merecemos una vida como la de los canadienses.

El concepto de “familia” también sirve en México para justificar egoísmos que se hacen pasar por “prioridades”. Y nos sentimos muy orgullosos de que cada tres décadas que hay una catástrofe sísmica, la sociedad civil responde con “asombrosa solidaridad”. La autocrítica es nula; entre la gente común se normalizan los cochupos pero nos escandalizamos frente a los excesos de la clase política. Pero esa partidocracia, hay que decirlo de forma clara y contundente, es nuestra sociedad en el espejo.

Aspecto de Vancouver desde la Galería de Arte, en pleno Downtown. Foto: Francisco Ortiz Pardo

En uno de los atardeceres en Vancouver, me senté a tomar un café frente a la marina de Yaletown, un barrio céntrico muy acogedor; acostumbrado a ser tratado en los negocios mexicanos de acuerdo con lo que se consume, dudé si me servirían solo un café. La mesera, que al final supe que es peruana, no solo me puso el café en la mesa con delicadeza y una sonrisa que me hizo sentir mejor que en casa, sino que un rato más tarde me llevó una tabla de degustación de 10 helados, de cortesía.

No imagino en Vancouver a quien se atreva llevar a su perro sin cadena en el Stanley Park (el enorme símil local de Chapultepec o de Central Park, a orillas de English Bay, en la zona noroeste de la urbe) como si se tratara del jardín de su casa, no solo porque está prohibido sino porque es de sentido común para la seguridad de niños y ancianos. La ley que prohíbe hacerlo en Ciudad de México existe, pero la barbarie de la inconciencia aún en personas supuestamente preparadas como las de la demarcación juarense (la de mayor desarrollo humano del país, dice la ONU, que implica el mejor nivel educativo y de ingresos), puede verse todos los días sin que pase nada, como si fuese lo natural. Debería darles vergüenza.

En el tiempo que ha transcurrido después de las elecciones presidenciales mexicanas, no he podido constatar aquí ninguna mejora en el estado de ánimo de la gente y sí en cambio una mayor agresividad. Un primo mío le ha llamado a eso “la revancha de los resentidos”. No lo sé. Pero la vocación de servicio en las tiendas y restaurantes, por ejemplo, ha decaído y la enajenación por el consumo –que en últimos años hemos visto reflejada en la construcción de más y más plazas comerciales, en detrimento de las áreas verdes— se desborda más que nunca. Pero no hay dinero, dicen.

Los canadienses, en sus múltiples vertientes de origen cultural, son ejemplo de sustentabilidad. Nosotros de auto destrucción. Este país, y no se diga la hermosa e irremplazable pese a todo Ciudad de México, ha tenido condiciones originarias mejores que las de Canadá. Aquí se entubaron los ríos por culpa de la gente que los contaminó.

Vista aérea de Granville Island,, en Vancouver. Foto: Francisco Ortiz Pardo

 

En Vancouver se entrometen los brazos del mar entre edificaciones asombrosas de arquitectos de vanguardia. A nadie se le antojaría, como ocurre en los malecones de Vancouver, tomarse un cafecito frente al Río de la Piedad. En los bosques canadienses es prácticamente imposible encontrar tirada una envoltura plástica. Fumar en la montaña es multado con 200 dólares, y no hay quien se atreva a averiguar si la autoridad efectivamente cumple la sentencia. Este sábado 15, en México repetiremos el patrioterismo de cada año: pero la verdad, perdón, es que nos gusta vivir mal.

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