Ciudad de México, agosto 1, 2026 09:03
Revista Digital Agosto 2026

Hipómenes y Atalanta

“Le compramos una postal a mi tía. Cuando mamá le pidió a abuela que le escribiera unas palabras, frunció el ceño.

—Yo no escribo ni mi nombre…”

POR NANCY CASTRO

—Antes de la cuesta, dobla a la izquierda. Justo en la esquina encontrarás el portón de madera —le indicaba abuela a mamá.

Nunca habíamos ido y, aun así, sentía que conocía el pueblo donde ella había nacido y crecido. Cuando hablaba de su infancia, daba la impresión de que el tiempo apenas había pasado por aquel lugar.

Atardecía. Una neblina envolvía las calles estrechas. El único coche que circulaba era el nuestro. Alcancé a ver a una mujer cerrando una ventana; después no encontré a nadie más. El pueblo parecía contener la respiración.

Antes de bajar del coche, una voz descendió desde lo alto de la cuesta.

—¡Cincuenta años!

El grito que siguió rebotó por el pueblo. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y detenerse en la cintura.

Un trueno partió el cielo. Mamá metió el coche mientras abuela y yo esperábamos bajo el portal. Empezó a llover.

—Abuela, ¿qué fue ese grito?

—Algún hombre que está solo, mi cielo. ¡Apúrate, Carlota! Nos vamos a mojar.

A abuela nada parecía sorprenderle: ni aquel grito, ni la oscuridad temprana, ni el olor a humedad que se metía hasta los huesos. Apenas alzó la vista. Una sombra de sonrisa le cruzó el rostro antes de perderse entre las arrugas.

Desde el portal contemplaba las calles que descendían hasta una pequeña plaza. En el centro se alzaba una estatua deslavada por el tiempo. A sus pies, dos leones de piedra custodiaban el carro de Cibeles. No podía apartar la vista de ellos.

—¿Y esa estatua, abuela?

—Es Cibeles. Convirtió a Atalanta y a Hipómenes en leones por hacer… mmm… sus cosas en su templo.

—¿Qué cosas?

—Cosas de enamorados, Ana. ¡Carlota, luego bajamos todo!

—¿Esas cosas que hacías tú con el abuelo?

—Los últimos años ya no hacíamos esas cosas.

—¿Ya no estaban enamorados?

Abuela tardó un instante en responder.

—¡Qué cosas dices, Ana! Carlota, ¿qué hace tu madre?

En ese momento apareció mamá con una maleta.

—Mañana bajamos lo demás. Apúrate, que nos mojamos.

La casa estaba a oscuras. Mamá encendió unas velas y prendió la chimenea.

—Si hubiéramos llegado antes, no nos habría caído la noche.

—Bueno, mamá. Ya estamos aquí. Mañana veremos qué pasa con la luz.

Las fotografías familiares asomaban sobre los muebles. Abuela recorría la casa con la vela en alto. Las duelas crujían bajo nuestros pasos y los armarios del pasillo proyectaban sombras tan profundas que evitaba mirarlos.

La casa se fue calentando. Cuando terminamos de cenar, había dejado de llover. Escuchamos el canto de los grillos, el viento arrastrando las hojas y el murmullo de un riachuelo que descendía hasta la plaza.

Mamá caminaba con cautela. Su sombra se hacía cada vez más pequeña a medida que avanzaba por el pasillo, llevando las cobijas a las habitaciones donde dormiríamos. En cambio, la de abuela, proyectada por la vela desde la cocina, era soberana, inmensa.

—¡Cincuenta años llevo con esto!

Esta vez el grito tenía el eco de alguien que tiene tiempo encerrado. Mamá salió pitando de la habitación y nos abrazó a las dos

—Mamá, mejor nos dormimos juntas.

— Debe de ser Herminio…

 Abuela apretó los labios, pense qué iba añadir algo más.

—¿Herminio? ¿El que nos contaste que se quedó solo, al que primero se le murió su padre y luego su madre? —preguntó mamá a la suya con un gesto de protección.

—Sí. —decía abuela levantando esas cejas que parecían  cuernos de cabra.

—¿Está enfadado, abuela?

—Algo así… Bueno, vamos a dormir. —Cogió la vela y nosotras fuimos detrás.

—Yo duermo con mi abuela —le dije a mamá.

El resto de las vacaciones dormimos juntas . Nos acostumbramos a estar sin luz los primeros días, después abuela contactó a alguien que nos hizo la conexión, una mañana que salimos mamá y yo, “esto que hizo es fuera de serie”. Repetía una y otra vez. Nunca supimos quien lo hizo.

Los primeros días recorrimos el pueblo, abuela parecía danzar entre sus recuerdos: del pollete donde jugaba de niña a la escuela, de la ventanita desde la que llamaba a su mejor amiga al templo donde se casó con mi abuelo. Todo seguía allí, solo que el pueblo había encogido y ella había envejecido.

Le compramos una postal a mi tía. Cuando mamá le pidió a abuela que le escribiera unas palabras, frunció el ceño.

—Yo no escribo ni mi nombre.

Un par de gemelas muy ancianas la saludaron con sorpresa.

—¿Ya fuiste a ver a Herminio? ¿Supiste lo que le pasó? De lo que fue ya no queda nada. Ay, pobre hombre.

Abuela se limitó a encogerse de hombros.

—Pero tú estás igualita.

Abuela soltó una risa breve.

—¿Cuál igualita? En su cabeza sigue la mujer de la última vez que nos vimos. Por eso dicen esas cosas.

Levantó la mano y siguió caminando.

—¿Vas a ir a ver a Herminio, mamá? — le preguntó mamá.

—No sé, Carlota. No sé .

El pueblo no tenía nada espectacular, pero la estatua de Cibeles parecía ejercer una fuerza invisible sobre mí. Cada vez que pasábamos frente a ella sentía que el tiempo se detenía. Los leones me miraban extraño, como queriendo decir algo que aún no comprendía. Me costaba seguir caminando. ¿Cómo era posible que dos personas enamoradas terminaran convertidas en animales?

Al levantar la vista descubrí que abuela no miraba a Cibeles, sino a uno de los leones, cómo si hubiera un antiguo reconocimiento. Permaneció inmóvil un instante y después siguió caminando.

Al cabo de una semana ya conocía el pueblo de punta a punta.

Mientras cenábamos, mamá le preguntó a abuela:

—¿Qué habrá pasado con Herminio? No ha vuelto a gritar desde que llegamos.

—¿Y por qué no vas tú a averiguarlo? —respondió abuela con sequedad.

—¿Y por qué no vas tú, mamá? Parece que fue tu amigo y estás evitando verlo.

Una mañana me desperté y la cama de abuela estaba vacía. Debía de haber salido muy temprano. Mamá no la había visto marcharse. Cuando regresó le preguntamos dónde había estado:

—¿Qué? ¿Ahora resulta que tengo que decir adónde voy? Soy lo suficientemente adulta, Carlota.

Las tres empezamos a ocupar los días por separado. Mamá iba a la compra. Yo le decía que después me acercaría a la estatua de Cibeles, pero en realidad seguía a abuela para averiguar adónde iba.

Todas las mañanas subía la cuesta y se encerraba durante horas en casa de Herminio. Al principio intenté saltar la verja. Después descubrí un hueco por la parte de atrás. Desde allí podía entrar sin que nadie me viera.

Allí los encontré sentados en la sala. La mujer que estaba sentada frente a Herminio no se parecía a mi abuela. Reía con ganas, hablaba moviendo las manos y tenía la espalda erguida. Nunca la había visto ocupar tanto espacio.

A ratos la miraba como si no supiera quién era y la llamaba por otro nombre.

—Soy Rosa —le decía ella con una dulzura que nunca le había conocido.

Entonces él volvía en sí y le acariciaba la cara.

—¿Por qué te fuiste, Rosa?

—El tiempo no nos jugó a favor —respondía abuela.

Mi corazón se agitaba como la leche cuando mamá preparaba un batido en la licuadora.

Al día siguiente abuela amaneció especialmente hermosa. Como a ella no se le podía preguntar nada sin despertar su mal humor, ninguna dijo una palabra. Yo sí sabía para quién se había arreglado.

Se detuvo a comprar unas flores. Al llegar a casa de Herminio, las dejó sobre la mesa como quien deposita una promesa. Él puso un disco en el tocadiscos y le ofreció la mano. Abuela apoyó la cabeza en su hombro. Empezaron a bailar. Apenas se movían. Era el tiempo el que giraba alrededor de ellos, como si aquellos cincuenta años no hubieran sido una ausencia, sino el lento compás de la misma canción.

Se besaron. Fue tan largo que me perturbó. Por un instante dejaron de ser ancianos. Como leones orgullosos, con la fiereza de quienes habían desafiado al tiempo.

No pude seguir mirándolos.

Salí de la casa de puntillas y corrí cuesta abajo.

—¿Qué pasa, Ana?

Entré en la habitación y cerré la puerta. Mamá llamó varias veces, pero no respondí. Ya no sabía qué me perturbaba más: el beso de abuela y Herminio o la sensación de haber visto, por fin, lo que escondían los ojos de los leones.

Cuando abuela volvió, respiré tranquila.

Aquella noche, estuvo especialmente callada. Durante la cena volvimos a escuchar el grito de Herminio.

—¡Cincuenta años… y sigues aquí!

Nos marchamos del pueblo.

Nunca le conté a mamá lo que había visto.

Cuando abuela murió, entre sus cosas descubrimos una caja llena de cartas.

Solo entonces conocimos la historia completa de Herminio y  Rosa, la mujer de la que nunca nos permitió saber nada.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a aquella casa me parece oír el viejo tocadiscos girando. Después llega el eco que baja desde la cuesta

—¡Cincuenta años!

Y no puedo evitar mirar los leones.

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