Ciudad de México, septiembre 15, 2026 16:37
Revista Digital Agosto 2026

Esa mala costumbre de envejecer

“Mientras, los días han ido pasando y en medio de todo este caos individual tomamos la decisión de adoptar a un par de perritos… que se han convertido en nuestro dulce tormento…”

POR PATRICIA VEGA

Así como si nada, practicamente sin darme cuenta, el pasado 25 de julio cumpli 69 años de edad. Cifra que de muy joven dudaba en alcanzar –ya saben, esos raptos del romanticismo gótico—muy frecuentes en la adolescencia.

Mi hermano Elmer, siete años mayor que yo, apenas llegó a los 45 años., así que no tuvo chance de atravesar por un periodo de envejecimiento, aunque su cuerpo sufrió un deterioro como si hubiera vivido una centuria. Yo, sin embargo, no puedo quejarme: a lo largo de estos 69 años he recibido muchas muestras de cariño y afecto que tal vez no merezco a cabalidad. En la actualidad las felicitaciones y los comentarios llegan, de manera virtual, a través de las redes sociales, particularmente a través de la aplicación Facebook. Más de un centenar de personas se presentaron en mi muro para participar de un súper reventón virtual. Personas tan discímbolas entre sí que hubiese sido imposible reunirlas de manera presencial.

Desde el sillón V.I.P. de una periodista especializada en temas culturales y de divulgación de la ciencia he sido testigo de sucesos que pueden ser calificados como milagrosos y cuya impronta no me ha abandonado. Así que abrazo con enorme gratitud y humildad todo lo que ha sido depositado en mi charola desde que nací.

Hace unos días estaba justo de quejetas, atosigando a un editor querido, noble y profesional, con las razones por las que no había podido concentrarme y acabar un texto que debí de haber entregado hace tiemp, por lo que estoy a punto de agotar una paciencia parecida a la del Santo Job. Después de escuchar mi retahíla de justificaciones me espetó con fuerza:

— ¡Pero estás viva! ¡No has naufragado a pesar de la tormenta perfecta por la que estás pasando! ¡Sigues de pie y remando!

Es cierto: amanece y puedo empezar el día tal como lo hace el gran y querido fotógrafo Pedro Meyer próximo a cumplir 91 años: con gran curiosidad por lo que nos deparan las horas siguientes en nuestras respectivas profesiones que nos siguen apasionado como el primer día en que empezamos a ejercerlas.

En el mero cumpleaños fui a escuchar a Pedro en una Conferencia Magistral en la Casa Leica, en Polanco. Siempre agradeceré su cariño, claridad mental y las lecciones de vida –además de las fotográficas, por supuesto– que me ha regalado desde 1979, año en el que nos conocimos.

Vuelvo al presente: he contado con la compañía de la doctora Gabriela Cano, mi timón desde hace muchos años. Especialmente desde que cuidé a mi adorada madre, quien murió hace un par de años con lo que me he sentido más vulnerable que nunca: una especie de soledad ontológica.

Durante ese periodo el virus del Covid –creo que fue el causante–tuvo efectos secundarios que se concretaron en un evento isquémico cerebral de carácter temporal, mi preciado instrumento de trabajo sufrió una especie de descarga eléctrica –aunque mínima– y estuvo a punto de fundirse. Sin embargo, he podido mantener a raya las secuelas –un leve deterioro cognitivo—gracias a la intervención de neurólogos adscritos al Hospital Nacional de Nutrición Salvador Zubirán que han escaneado y analizado ese órgano, hoy tan de moda. También estoy en deuda con mis psicoterapeutas y fisioterapeutas: les amo con devoción. Sin embargo, han enfrentado una misión prácticamente imposible: “lo que Natura no da, Salamanca no presta”.

Pero como les decía, no me quejo: otras víctimas del Covid no vivieron para contarlo. Así que seguir como si nada y empezar las faenas diarias ha tenido un efecto luminoso en mi manera de percibir “todo lo otro”.

Y qué decir del invaluable grupo de estudios de antiguas escrituras en sánscrito: las aportaciones de cada integrante mantienen viva mi conexión con mi Maestra de Meditación.

Pero nunca falta un negrito en el arroz: en noviembre amanecí con la noticia de cargos en mi Tarjeta de Crédito por 300 y pico mil pesos, situación que me ha provocado una crisis de ansiedad que no he podido dominar del todo y que se refleja en que mi falta de concentración sea aún mayor. No entraré aquí en detalles que forman parte de otra crónica que ya estoy escribiendo y en la que narraré con precisión las peripecias de una persona a la que le quieren cobrar cargos que no realizó en un entorno digital cada vez menos humano. Tengo el proceso de aclaración a medias porque apenas me siento con fuerza y la claridad necesaria para retomar el trámite burocrático que me conduzca a resolver la situación. Únicamente adelanto que, de buena fe, he seguido los procedimientos que el banco y la Condusef me han indicado y pues, nada, el banco insiste en convertirme en deudora. Y yo me mantengo en mi negativa en pagar lo que no gasté. Ya les contaré en que acaba este molesto e injusto incidente. Pero tengo fe en que no todo esté perdido. Mientras, los días han ido pasando y en medio de todo este caos individual tomamos la decisión de adoptar a un par de perritos –macho y hembra con genes de madre salchicha y padre desconocido—que se han convertido en nuestro dulce tormento.

Ahora puedo decir que Flick y Clap ya son cachorros, pero llegaron a casa siendo unos bebés con apenas 6 semanas de haber llegado a este mundo, a revolucionar nuestras vidas de mil formas. Fue un amor a primera vista aprobado por nuestros queridos e inolvidables Rock y Puck que, desde el cielo, nos siguen cuidando. Si soy franca, no puedo terminar estas líneas sin reconocer que sólo me faltaron dos abrazos: el de mi madre y el de mi tía y madrina Silvia, quien fue como mi segunda madre y que paulatinamente dejó de serlo sin que yo me diera cuenta de cuándo y cómo nos fueron alejando.

Esa también es otra historia que estoy escribiendo. No debo –me digo— desvalorar el privilegio de despertar a los 69 años con una multitud de historias que quiero seguir contando y compartir con ustedes. Hace unos leí las reflexiones del cineasta Clint Eastwood en torno a la vejez y que me hicieron darme cuenta de que debemos prepararme para no dejarnos llevar por el canto de las Sirenas: no tratar de endulzar la realidad.

El proceso de envejecer también tiene su parte oscura: ese natural deterioro corporal y cognitivo que, entre mchas otras cosas, nos vuelve más lentos y nos impide hacer una multitud de cosas que antes hacíamos con gran facilidad. Tendremos la oportunidad de experimentar el natural deterioro del cuerpo con el aumento de las expectativas de vida. Y cuando llegue ese momento deberemos adaptarnos a una nueva realidad caracterizada por limitaciones que debemos asumir. Tal vez la parte más dolorosa, como decía Eastwood en una entrevista, sea el que conforme avanzamos en edad las personas que pertenecen a nuestra generación, ya sean amistades, familiares o referentes culturales, sociales y políticos poco a poco se van desvaneciendo junto con nosotros. Es entonces cuando empezaremos a sentir una verdadera soledad. Es un proceso que puede afectarnos emocional y psicológicamente y debemos estar preparados para ello.

Lo acaba de declarar Mick Jagger, nuestro roquero generacional por antonomasia: ¡envejecer es (también) horrible!

Cuando Pedro Meyer leyó una versión previa de este texto que publiqué en Facebook, el fotógrafo me comentó:

–Mick Jagger dijo una verdad a medias. En todo caso, existe una contraparte. Envejer es exactamente igual de horrible a como nacer.

Pues sí. Es el proceso natural de las cosas.

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