Ciudad de México, diciembre 7, 2021 22:20
Mariana Leñero Opinión

La casa de Cuernavaca

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La Casa de Cuernavaca se convirtió en nuestro árbol. Con fuertes raíces y con un sólido tronco. Nosotras fuimos sus primeras ramas para prolongarse en otras: nuestras hijas. El árbol era tan basto que acogió a mis cuñados y amigos cercanos. Se llenó de hojas y de flores. 

POR MARIANA LEÑERO                                                                                        

Después de más de 35 años nos despedimos de La Casa de Cuernavaca.  Una casa que tiene gran significado para nuestra familia.  Fue el sueño de mi madre por varios años y mi padre la acompañó desde la ventana de la duda hasta que el sueño se hiciera realidad.

Aún con lo difícil que era tener el dinero y encontrar la casa que mi madre quería, nunca claudicó. Eso se lo agradeceré siempre porque La Casa de Cuernavaca fue y será el centro fundamental de nuestra vida familiar.

Desde que mis padres la compraron se convirtió en uno de sus proyectos más importantes. Había que ahorrar para renovar cuartos, cocina, baños e irle dando personalidad a los espacios.  

Cómo no olvidar la búsqueda de las losetas perfectas para colocarse en el piso de la cocina, las bugambilias rojas en la pared del jardín, la lucha de ganarle a la cruel humedad que como sombra, se esparcía por las paredes. 

Siempre había un pretexto para viajar en busca de diferentes muebles como si fueran tesoros: libreros, mesas, sillas, arreglos de todo tipo. En su mayoría antigüedades. 

Para mis padres La Casa de Cuernavaca no fue un pretexto para buscar el camino de su felicidad, ellos fueron felices en el camino. 

En estos 35 años La Casa de Cuernavaca se convirtió en nuestro árbol. Con fuertes raíces y con un sólido tronco. Nosotras fuimos sus primeras ramas para prolongarse en otras: nuestras hijas. El árbol era tan basto que acogió a mis cuñados y amigos cercanos. Se llenó de hojas y de flores.  El amor nunca se midió a través de la fuerza o de la distancia con que las ramas se alzaban desde su tronco. No, el milagro consistía simplemente en saberse parte de él.

La Casa de Cuernavaca presenció eventos trascendentales y cotidianos de nuestra vida. Bodas, primeros besos, crecimiento de nietas: desde que nacieron hasta hacerse jóvenes. Cuando nos reuníamos ahí los caminos separados se intersectaban de nuevo.

Su lema era: En Cuernavaca uno hace lo que quiere. Leer, jugar, dormir, nadar… se volvía una lección pintada de tranquila libertad.   

Se hablaba en silencio cuando hacíamos rompecabezas, jugamos ajedrez o damas chinas. Por supuesto se presenciaron largas partidas de dominó, las cuales esperábamos ansiosos cuando se hacía de noche. El whisky y el tequila rondaban por ahí a todas horas, al igual que las inigualables quesadillas de Cele.  

Estoy segura que nadie de los que vivimos ahí podrá olvidar los torneos de cartas que se jugaba cada temporada: Continental. Participábamos todos; de 10 a 15 jugadores dispuestos a hacer corridas y tercias, pelear por cartas, bajarse, dejar a todos arriba, negociar mientras te reías, hablar de todo y de nada. No podías visitar Cuernavaca sin participar en el torneo familiar; no importaba si no sabías jugar. Primos, tíos, novios, vecinos, amigos, se unían a la tradición.  

Por las memorias formadas ahí nos duele profundamente despedirnos de La Casa de Cuernavaca.  Ahora que nos tocó entrar a ella para separar objetos podíamos escuchar el ruido y el silencio de las conversaciones de mis padres. Percibimos colibrís invisibles revoloteando en el aroma que ha dejado su amor y también su ausencia.

Cerrar la puerta y dejarla atrás te muestra sin piedad la realidad de que el tiempo es imparable. Aún cuando las historias y memorias se detienen en los objetos que nos llevamos, estos se disecan sin vida para que inertes se conviertan en imágenes como fotografías.

Y aunque todo parezca triste tengo muy claro que La Casa de Cuernavaca no son los objetos disecados ni las imágenes como fotografías. La Casa de Cuernavaca es solo el cascarón de lo que se vivió en sus adentros.  Cuando queramos regresar solo será necesario voltearnos a ver para recordar su imponente belleza.

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