Ciudad de México, julio 18, 2024 03:01
Francisco Ortiz Pinchetti

POR LA LIBRE / Lluvia de verano

“Mis recuerdos infantiles me remiten a tardes lluviosas durante el verano, especialmente en el colegio…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

A mí, el verano me a sabe más a lluvia y humedad que a calor y sol radiante. Y es que a diferencia de lo que ocurre en muchas otras regiones del país, particularmente en los estados del norte, en el Valle de México gozamos en esta ápoca de un clima más bien amable, grato, que fluctúa entre los 14  y los 28 grados centígrados. En cambio, tenemos precipitaciones pluviales generalmente abundantes, que además de refrescar el ambiente y ayudar a reverdecer las áreas enjardinadas causan diversas inconvenientes, como encharcamientos, caída de árboles o caos viales.

Mis recuerdos infantiles me remiten a tardes lluviosas durante el verano, especialmente en el colegio. Debo recordarles que en estos tiempos, los años cincuenta del siglo pasado, el calendario escolar no marcaba lo que hoy conocemos como vacaciones de verano. El asueto largo, que se prolongaba por más de dos mesas, ocurría a fin de año, entre finales de noviembre y principios de febrero. O sea, básicamente durante el invierno.

De tal modo que en las tardes veraniegas, durante los meses de julio y agosto sobretodo, eran comunes los aguaceros. Chaparrones, también les llaman. Además, en mi caso asistía a una escuela de tiempo completo, es decir, mañana y tarde. Entrábamos a las ocho de la mañana y salíamos hacia la 1:00 de la tarde, para regresar después de comer a las 3:00 y salir a las 6:00.  Obviamente, ese horario lo condicionaba todo, y en tratándose del verano implicaba una que otra empapada cada semana.

Normalmente, durante aquellos años en que cursaba la primaria y la secundaría, siempre iba al colegio, el Instituto Patria, acompañado de mi hermano el segundo, Humberto José. Lo normal era que lo hiciéramos en autobús urbano, de los que llamábamos “de línea”, como el Circuito Hospitales o el Juárez Loreto. El pasaje costaba 20 centavos, aunque cuando aparecieron los autobuses de primera clase (así les decían, pues), pintados de color crema, el precio era de 30 fierros.

Hubo temporadas en que el viaje desde la colonia San Miguel Chapultepec hasta Polanco, donde se encontraba nuestra escuela, lo hacíamos en bicicleta, a través del Bosque de Chapultepec. Invariablemente Humberto conducía la bicla y yo iba detrás, con las mochilas. Esta manera de transportarnos se dificultaba y a veces era imposible por las tardes, debido precisamente a las inclemencias del tiempo, pues las veredas que usualmente transitábamos se volvían de lodo.

Un recuerdo muy grato que guardo en mi memoria es precisamente el de algunas tardes lluviosas en que mi padre, José, iba por nosotros en su auto, un Plymouth azul primero y más tarde un Chrysler cafecito. Casi siempre lo acompañaba mi mamá, Emily. Era una emoción muy grande la que sentía al aproximarme a la reja perimetral de la escuela y confirmar que efectivamente ya estaban ahí nuestros padres esperando. Me acuerdo que corría para llegar al gran zaguán de salida y llegar a su encuentro ya medio empapado. 

En general, ahora y hasta la fecha, disfruto la lluvia. Salvo cuando efectivamente me complica o me impide realizar alguna actividad importante, gozo de ver llover, sobre todo cuando hay posibilidad de hacerlo en algún parque o área verde, naturalmente bajo alguna techumbre o protección. He tenido la dicha de pasar un buen aguacero en la selva chiapaneca, por ejemplo, uno de los espectáculos más bellos que he visto. O ante el Lago Zirahuén, en Michoacán.

En realidad, yo conocí el verano, entendido como esa época de calor insufrible, cumplidos seguramente mis veinte años, cuando viajé a alguna región árida de nuestro país. Bueno, tengo muy presente precisamente por el clima sofocante que padecimos, mi primer verano en Europa, cuando viajé de “mochilero” acompañado por mi hijo Francisco allá en los años ochenta. Más tarde por razones de trabajo, pasé parte del verano en alguna ciudad norteña, como ocurrió en Chihuahua en 1986, cuando cubrí como periodista allá las históricas elecciones estatales de ese año. La jornada electoral fue el 6 de julio, en pleno verano. Y la resistencia ante el fraude electoral cometida por el PRI y su gobierno se prolongó durante dos, tres meses. De modo que vivía en aquel estado todo lo que se conoció como el Verano Caliente chihuahuense, más por el clima político que por las en efecto sofocantes altas temperaturas.

Otra cosa mucho más grata es pasar parte del verano en modo vacaciones, en alguna playa por ejemplo; pero eso realmente lo he disfrutado poco en esos meses. Realmente mis descansos anuales, cuando los tenían, eran preferentemente en otoño, por allá a mediados de septiembre. Mi inolvidable compañera Becky y yo hicimos numerosos viajes en esa temporada, pero muy pocas veces nos vimos afectados por las lluvias… ¡que ella detestaba!

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