Ciudad de México, septiembre 18, 2021 23:03
Opinión Rebeca Castro Villalobos

Los misteriosos y terribles truenos subterráneos…

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Crónicas de la Colonia y los inicios del México Independiente describen aterradores y extraños ruidos subterráneos que se escucharon en la capital de Guanajuato en 1784, 1859 y 1874, sin que se atinara a una explicación… Hace unos días, como hace 147 años, el extraño fenómeno se repitió, esta vez acompañado de varios sismos que son totalmente inusuales en la región…

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Estruendosos ruidos subterráneos que llenaron de pánico a la población de mi terruño, se dejaron escuchar un once de noviembre… de 1874. Fue un extraño fenómeno geológico que fue calificado por el cronista José María Lucio Marmolejo como  “aterrados e inexplicables”.

Este sacerdote e historiador (1834-1885) consignó los enigmáticos ruidos en varias de sus crónicas, en las que con paciencia y acuciosidad recogía día tras día las noticias más sobresalientes relativas a Guanajuato. Las  editó en cuatro volúmenes, publicados entre 1883-84. Se trata de las Efemérides Guanajuatenses, obra escrita con presencia de los más auténticos e interesantes documentos.

El texto del cronista.

Refiere don José María Lucio que luego, parte de la tarde y el principio de la noche de aquel día, transcurrieron en calma hasta las nueve en punto,  cuando se escuchó un gran estruendo que sacudió violentamente el suelo.  Siguieron los truenos, con pequeños espacios de silencio hasta alcanzar esa noche ¡113 truenos en total!.

La población entro en pánico, obvio. Prácticamente todos los habitantes de la ciudad capital salieron a las calles, algunos portando antorchas o cirios encendidos y clamando el socorro de Dios; otros, llorando de miedo y pidiendo la protección divina en las puertas de los templos. Fue una noche terrible, señala el historiador,  hasta que el amanecer se celebró en la iglesia matriz una “misa de rogación”, se expuso al Santísimo Sacramento y se colocó a la Virgen de Guanajuato en su trono.

Poco después, a las nueve de la mañana, se celebró otra misa en un templo parroquial que lucía abarrotado por la multitud que se presentó al acto. De pronto, a media misa, se volvió a escuchar un tremendo trueno que desprendió algunas molduras de los altares e incrementó  el pánico entre los asistentes, que gritaban, lloraban o se daban golpes de pecho haciendo de ello un ambiente más confuso. Ya en la tarde se intentó sacar a la virgen en procesión pero no les fue permitido y solamente se pudo desarrollar el acto al interior del templo.

Los ruidos y trepidaciones, refiere la crónica, prosiguieron los días 13, 14, 15 y 16 de noviembre. Eran más frecuentes por la madrugada y  los rumores corrían por todas partes. Algunos decían que había comenzado a nacer un nuevo volcán en la sierra de Santa Rosa y aseguraban como si lo hubieran visto que en el rancho de Quinteros brotaba lodo hirviente. Otros que en el cerro de Sirena había grietas por las que salía humo con un penetrante olor a azufre.

El registro dice que el día 17 hubo estruendo de mayores dimensiones que los anteriores sacudiendo violentamente los artículos en los estantes de comercios. Luego los ruidos fueron menguando paulatinamente en los siguientes quince días para desaparecer por completo en los principios de diciembre.

No era, sin embargo, la primera vez que eso ocurría. Existe un registro que marca que  ruidos aterradores como esos se habían escuchado también en 1784 y en 1859. De acuerdo con las crónicas, los efectos derivados del pánico generaron severas afectaciones a la economía.  Precisamente el actual cronista de la capital guanajuatense, Eduardo Vidarurrí Aréchiga, comenta acerca de los otros estruendos: En 1784 se registraron durante la madrugada del nueve de enero, esos terribles truenos  generando un estado de alarma entre los habitantes y la noticia corrió a lo largo y ancho de toda la Nueva España. Primero eran intermitentes, pero luego, a partir del día trece del mismo mes y hasta el dieciséis se incrementaron a tal grado que la población, llena de pánico y sin encontrar explicación al inusual fenómeno, abandonaron en grupos la ciudad, contraviniendo las disposiciones oficiales que anunciaron sanciones para los que lo hicieran. Los que no pudieron salir se refugiaron en el interior de los templos para suplicar auxilio divino.

El vacío y la soledad en que se encontró la ciudad, fue hábilmente aprovechado por los ladrones saqueando a sus anchas negocios y viviendas, sin que hubiera autoridad que frenara tal vandalismo. Los truenos se prolongaron por un mes y fueron disminuyendo hasta desaparecer.  Los habitantes recuperaron poco a poco la confianza y se inició el retorno a la localidad.

Debieron transcurrir 75 años para que se experimentara de nueva cuenta el terror por la presencia de fenómeno similar. Concretamente fue el 29 y 30 de junio de 1859, cuando se escucharon nuevamente los estruendos. Sin embargo, a diferencia de la anterior, en esta ocasión la población actúo con cautela y relativa calma.

Toda esta historia viene a cuento porque como hace ciento cuarenta y siete años, el pasado fin de semana, la población guanajuatense vivió temor y espanto al sentir movimientos telúricos inusuales en Guanajuato,  particularmente en algunos municipios de la entidad, como San Felipe, localidad vecina de San Luis Potosí. Ahí  se localizó el epicentro de los sismos, que se consignaron desde la madrugada del sábado, para después continuar el domingo.

Según reporte de autoridades, todos los movimientos telúricos fueron de menor intensidad, siendo el más fuerte de magnitud 4.7, el sábado San Felipe. No obstante, en muchos sitios de la ciudad capital también se percibió el temblor de la tierra. Incluso mi vecina dice haberse despertado por el tirón. Nosotros fuimos afortunados y no nos causó mayor mella.

Y aunque las primeras noticias hablaban de que se podía tratar del nacimiento de un volcán, el lunes las autoridades estatales y federales informaron que se trataba de un fenómeno conocido como enjambre sísmico, lo que significa que es un conjunto de movimientos que ocurre en un intervalo de tiempo relativamente corto dentro de una zona geográfica bien delimitadas y de magnitudes similares. Nada que ver con los movimientos más frecuentes que ocurren en la región del Pacífico mexicano, en el Golfo de California, los cuales se asocian a la interacción entre placas tectónicas.

He de contar que en mis años estudiantiles, me tocó sentir en la ciudad de México el sismo del fatídico jueves 19 de septiembre de 1985, poco después de las siete de la mañana, y la réplica posterior  la noche de 20 del mismo mes. Vivía sola en un departamento en la calle de Londres, en plena Zona Rosa. Desconocía totalmente el protocolo a seguir y en esa mañana lo primero que pensé fue en salirme, sin importar que vestía una roída piyama cuando mis vecinos me aconsejaron mantenerme en el marco de la puerta, hasta que pasará el movimiento. Posteriormente di cuenta que no había servicio de televisión, radio y teléfono, ninguna comunicaciones para avisar a mi familia y la inocente quise también llamar a Relaciones Exteriores donde apenas tenia una semana dando mi servicio social.

Horas interminables sin saber qué hacer, cuando de pronto el teléfono sonó y si no lo cachaba en la primera se perdía todo contacto. Así pues, enfrente del aparato hasta que volvió a sonar y era de mi hermano José Humberto, quien se encontraba en Lisboa y mediante otra persona, supo cómo me encontraba. Un poco más tarde llegó mi entonces pareja para llevarme a su casa paterna en la colonia Santa María la Rivera, un trayecto que se me hizo interminable al cerciorarme de todos los daños que había causado el mentado sismo, la desolación y destrucción por todos lados, principalmente en las zonas aledañas que yo frecuentaba. Ya cuando pude comunicarme con la familia, mi madre más que presta para viajar en auto con una amiga y su chofer para la ciudad de México.

Mi padre haría lo propio después. Ambos me acompañaron, creo que durante un mes para proveerme de lo necesario para intentar (porque era imposible de otra manera) continuar mi vida normal. Sin embargo a partir de entonces dormía en un sofá cerca de la puerta con una mochila al interior mis documentos oficiales, mi diario (sí la ridícula) y claro, mi muñeco de peluche. Siempre mirando a la lámpara del techo para resguardarme ante cualquier actividad.

No fue el único movimiento telúrico que sentí durante mi estancia en la gran ciudad, empero con una cultura más afianzada sobre la prevención, y el que fueran de menos magnitud, logré salir avante de la nada grata experiencia. Por eso agradezco que el fin de semana que se registró en la entidad las alteraciones, yo dormía plácidamente y los otros no tuvieron repercusiones mayores en casa.

De acuerdo con el SSN, hasta hoy, no existe una técnica que permita predecir los sismos. Ni los países como Estados Unidos y Japón cuya tecnología es muy avanzada, han sido capaces de desarrollar una técnica predictiva de temblores. Dado que vivimos en un país con gran actividad sísmica la única certeza que tenemos es que tiembla constantemente y que debemos estar preparados. Ante cualquier evento sísmico lo que nos puede ayudar es la prevención.

comentarios

Artículos relacionados