Ciudad de México, julio 1, 2026 10:41
Revista Digital Julio 2026

Mi amor de nacencia por la lluvia

“Mi primer respiro fue húmedo, bautizado por la lluvia que caía sobre la ciudad aquella mañana de octubre en que nací; supongo que por eso nunca he podido dejar de amarla…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Becky, mi querida, inolvidable compañera ya fallecida, detestaba la lluvia. Para ella eran nefastos los días lluviosos. L resultaban, decía, insoportables. Eran inútiles mis argumentos, que buscaban que valorara el lado bueno de ese fenómeno, tan natural como nuestra vida. “Piensa en las plantitas”, le decía; “para ellas la lluvia es vital”. Su respuesta era siempre la misma: “pues que llueva de noche”.

Era imposible convencerla de lo contrario. Efectivamente, le deprimían esas mañanas lluviosas tan frecuentes en el verano, o las tardes tormentosas que hacían revivir los ríos convertidos artificialmente en calles subterráneas de su natal Guanajuato. Era uno de los pocos temas definitivamente irreconciliables de nuestra larga e intensa relación.

Para mi la lluvia es todo lo contrario. A pesar de las molestias que provoca en la ciudad, incluidas las inundaciones de las vialidades, suelo disfrutar especialmente las lloviznas matinales, cuando el día amanece empapado. Me gusta escuchar el sonido de la lluvia aun antes de levantarme, justo al despertar.

No tengo duda que ese afecto por los días lluviosos los traigo de nacencia. He contado, y así lo escribí en nuestro libro Dos hermanos, un país (Ed. Porrúa, 2024), que mi querido y admirado hermano José Agustín, fallecido recientemente, que era ocho años mayor, contaba que tenía bien presente que el día en que yo nací, estaba lloviznando en la ciudad de México. “Me acuerdo perfectamente”, decía cada vez que relataba cómo se enteró de mi llegada al mundo cuando lo llevaban al colegio. Seguramente así fue, porque efectivamente tengo esa predilección por los climas fríos y lluviosos que son frecuentes en nuestro Valle y en otras regiones del país. Debo precisar, por cierto, que nací en un pequeño sanatorio ubicado entonces en el Paseo de la Reforma, a unos pasos del Ángel de la Independencia.

Para mí la lluvia reúne ese sentido de vida con que le argumentaba a Becky, pero también una sensación de frescura, de ánimo, a la vez que un sentimiento de nostalgia, no de tristeza. La lluvia, además, tiene un olor único y vivificante, sobre todo cuando cae sobre el pasto de los parques y los jardines o las milpas de los campos labrantíos.

Aunque me suelo preocupar por los estragos que la lluvia causa en la ciudad debido a las deficiencias históricas de nuestro sistema de drenaje, no me espantan las tormentas. Me resulta sobrecogedor, eso sí: una mezcla de emoción y temor, de conmoción, desasosiego, esperanza. Melancolía, más bien. Y qué decir de los truenos que generalmente suceden a los relámpagos, en el caso de las tormentas eléctricas. Me gustan, sobre todo si me encuentro a buen recaudo, bajo un techo seguro. Digamos que a la vez me aterran y me fascinan.

Además de aquella mañana lluviosa en que nací y que seguramente traigo guardada en la primare página de mi memoria, hay otros aguaceros o tormentas que recuerdo haber disfrutado a lo largo de mi vida.

Entre ellos está una experiencia singular que viví en una “isla”, en medio de la presa de Soyaltepec, Veracruz. Había viajado para entrevistar para el ya desaparecido semanario Jueves de Excélsior a una pintora y activista británica llamada Cora van Millingen. Ella vivía entonces en una choza de paja, en la cima de lo que era un cerro y que quedó convertida en isla cuando se llenó la presa. Me hospedó ahí una noche y colocó una hamaca bajo un cobertizo para que durmiera. Durante la noche se soltó una tormenta que me aterró. Además de la intensidad de la lluvia y los truenos, escuchaba en la fragilidad de mi refugio ruidos selváticos e imaginaba animales y alimañas horrendos que me acosaban bajo la hamaca, La verdad, tuve una pesadilla despierto. Y sin embargo, ahora lo recuerdo con nostalgia e incluso con gusto.

La más grande tormenta que he presenciado en mi vida ha sido sin dida la que empezó una tarde en la ciudad de Tapachula en Chiapas. Fueron horas y horas y horas de aguaceros, que convirtieron las calles en ríos y que paralizaron toda actividad. La tormenta, intensa, siguió de manera ininterrumpida por dos, tres días con sus noches… La más significativa, sin embargo, la llovizna que caía la noche del 2 de octubre sobre la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, luego de la balacera entre el Batallón Olimpia y elementos del Ejército Mexicano, cuando escapé de aquel horror.

En Baja California Sur fui testigo de un aguacero insólito provocado artificialmente por el bombardeo de nubes con yoduro de plata, desde una avioneta. Otras tormentas inolvidables las viví en la selva Lacandona y, aunque usted no lo crea, en la ciudad de Chihuahua, cuando el verano caliente de 1986 fue interrumpido inesperadamente por un aguacero de pronóstico, en una ciudad que no tiene, por inútil, un drenaje pluvial. Inolvidable, por supuesto, la llovizna finita que caía sobre el Paseo de la Reforma, la madrugada del 11 de enero de 1967, que se convertiría minutos después en una intensa nevada, la última registrada en la capital.

Puedo decir, en suma, que mi primer respiro fue húmedo, bautizado por la lluvia que caía sobre la ciudad aquella mañana de octubre en que nací; supongo que por eso nunca he podido dejar de amarla.

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