Mi reencuentro con los rostros de Hermenegildo Bustos
Hermenegildo Bustos (1832-1907). Foto: especial.
“A mí me perturbaron siempre las brillantes pupilas de esas caras…”
POR RODRIGO VERA
Durante algunos años, no sé exactamente cuántos, en mi memoria visual me perseguía la mirada de unos rostros que ignoraba de dónde habían surgido. Quizá de mi imaginación o de mis sueños más profundos, suponía al principio. Me inquietaba no saber cuál era el origen de esas fisonomías, lo mismo la intensidad y precisión con que quedaron guardadas en mi memoria. ¿Quiénes eran esos personajes desconocidos que me veían tan fijamente? ¿de dónde salieron? Me esforzaba en vano por descubrirlo.
Sentía sin embargo cierta familiaridad con esos semblantes, no me eran del todo ajenos por su parecido con gente que conocí durante mi infancia y adolescencia en pueblos guanajuatenses de fuertes raíces católicas: la vieja beata llevando su devocionario en la mano, el campesino desaliñado y con cara surcada de arrugas, el severo párroco de sotana y blanco alzacuello, las enlutadas mujeronas con bozo sobre los labios. Reflejos de una cultura y una sociedad provinciana.
Al paso del tiempo y poco a poco, durante mis recorridos por distintos museos, con gran sorpresa veía expuestos algunos de aquellos rostros guardados por años en mi memoria. Ahí estaban otra vez, con su penetrante mirada. Se trataba de retratos al óleo, pintados generalmente sobre láminas de latón, como los exvotos con que los creyentes agradecen al santo de su devoción un milagro concedido. Sin duda alguna, de niño había visto en alguna parte aquellos mismos retratos tan sugestivos para mí, pero sin recordar el nombre de su autor ni el lugar donde los vi por primera vez.
Supe después que los pintó Hermenegildo Bustos (1832-1907), un artista autodidacta oriundo del entonces apartado pueblo de Purísima del Rincón, Guanajuato, donde vivió y murió totalmente al margen de los círculos intelectuales y corrientes artísticas de su época. Aparte de ser nevero, carpintero, hojalatero, músico y sastre –un “mil usos”, como diríamos ahora–, Bustos también se dedicaba a pintar los retratos de la gente de su pueblo que se lo pedía, a cambio de una modesta paga. Fue así como modelaron para su pincel beatas, clérigos, artesanos, comerciantes, campesinos, rancheros y demás lugareños de distinto nivel social deseosos de exhibir sus retratos en la sala de sus casas. Era un retratista muy solicitado, pese a que a finales del siglo XIX ya existía la fotografía. Durante toda su vida fue Bustos un aislado pintor provinciano que incluso elaboraba él mismo los colorantes para sus pinturas. Sin pretensiones, consciente de no tener formación académica, rubricaba así sus cuadros: “Hermenegildo Bustos, aficionado pintor, indio de este pueblo”.
En el único autorretrato que se le conoce –una de sus obras principales–, se muestra viéndonos con potente mirada, con largos y espesos bigotes negros, frente amplia, pelo corto, un lunar bajo el pómulo derecho. Viste un oscuro traje de corte miltar, adornado con botonaduras y pequeñas cruces doradas, en cuyo cuello cerrado se lee: “H.Bustos”. Al reverso del autorretrato, una inscripción señala: “Hermenegildo Bustos. Indio de este pueblo de la Purísima del Rincón, nací el 13 de abril de 1832 y me retraté por ver si podía el 19 de junio de 1891”.
Pueblerino excéntrico y devoto católico, Bustos participaba activamente en los quehaceres parroquiales del poblado, solía usar un sombrero indochino de paja y diseñar sus raros atuendos. Se casó con Joaquina Ríos –a ella también la retrató—, con quien no tuvo hijos. Además fabricó Hermenegildo los ataúdes de madera que ambos usaron al morir. Ella en 1906 y él un año después.
Tras su muerte, Bustos permaneció prácticamente en el olvido durante algunas décadas, solo lo recordaban ocasionalmente algunos de sus coterráneos. Pero gracias al movimiento nacionalista que impulsó al arte popular, se empezó a valorar paulatinamente su obra dispersa. Y por fin, en 1952, se realizó la primera exposición retrospectiva del pintor, hoy considerado por distintos críticos como uno de los grandes maestros del retrato –junto con Modigliani o Van Eyck, entre otros–. La especialista Raquel Tibol analiza su obra en el libro Hermenegildo Bustos; pintor del pueblo. Hizo lo mismo Octavio Paz en su excelente ensayo Yo, pintor, indio de este pueblo. Todos coinciden en que Bustos no retrataba solo los rostros, sino también “el alma”, la “esencia” de las personas y –a través de éstas– de la provincia mexicana en que vivieron.
A mí me perturbaron siempre las brillantes pupilas de esas caras. Las miro, pero ellas también me miran a mí, como si tuvieran vida. Me alejo unos pasos, y me persiguen con su mirada. Me acerco, y continuan viéndome sin parpadear. Imagino que con mi mano podría palpar la piel, las cejas, las pestañas de esos rostros, sentir incluso el pausado soplo de su respiración. Al darme la vuelta, persiste su mirada clavada a mis espaldas.
Hace poco viajé a la ciudad de Guanajuato. Vagando por sus callejones empedrados me topé con el museo de la Alhondiga de Granaditas. Recordé que durante mi niñez solía llevarme al lugar una hermana de mi madre, mi tía Sebastiana. El recuerdo me empujó a entrar a esa fortaleza cuadrangular hecha de roca. Ya estando en el patio central del museo, vi una puerta de acceso con el siguiente letrero: “Sala Hermenegildo Bustos”. Y me introduje al espacioso salón. ¡Gran sorpresa! ahí estaba, alineada a sus muros, la mayor colección que haya visto de retratos hechos por Bustos, de donde seguramente algunos salían en préstamo hacia otros museos. Era lógico que la capital del estado concentrara ese acervo de un pintor guanajuatense.
Como si fueran miembros de una familia conocida por mí de muchos años atrás, encontré en el museo, uno a uno, los rostros de aquellos viejos lugareños de Purísima del Rincón. Me esperaban. Seguían escudriñándome. Mis dudas se aclararon completamente. “Aquí los conocí por primera vez”, me dije.
















