Ciudad de México, febrero 4, 2023 22:25
Francisco Ortiz Pinchetti Opinión

POR LA LIBRE/ Budapest

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Praga nos encantó, por supuesto. Es considerada una de las maravillas arquitectónicas del Mundo. Y Viena, que yo ya conocía, nos envolvió con la magia de sus palacios, sus museos y sus jardines. Nada nos sorprendió tanto, sin embargo, como la llamada Joya del Danubio”.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

El hallazgo fortuito de la foto en que Becky aparece en un pequeño muelle del Río Danubio, con el Parlamento de Budapest detrás, me devolvió de sopetón a uno de los episodios más bellos de mi vida. La capital húngara se convirtió para nosotros desde entonces en referencia clave de nuestra relación.

Fue de por sí un viaje inolvidable. Y por muchas razones sorprendente. El objetivo principal fue visitar en Belgrado, la capital de Serbia, al hermano mayor de mi compañera, el hoy embajador emérito José Humberto Castro Villalobos, adscrito entonces a la embajada de México en la antigua Yogoslavia y su esposa Mayela Leyva, una extraordinaria ceramista de origen costarricense.    

José Humberto estaba por jubilarse y era su última misión en el Servicio Exterior Mexicano, luego de cuatro décadas de ejercicio. Esta era una razón extra por la que mi inolvidable Rebeca, fallecida en febrero pasado,  se empeñaba en realizar un viaje que se antojaba complicado y costoso, dadas las distancias y las conexiones aéreas que implicaba.

Justo principiaba el otoño  de 2017. Mediante una serie de combinaciones con líneas aéreas de bajo costo el proyecto adquirió viabilidad. Llegamos a Belgrado vía Paris y Ámsterdam y nos encontramos con una ciudad portentosa, pese a los daños que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial primero y luego bajo el yugo soviético. Disfrutamos muchísimo nuestra estancia de varios días en la antigua capital yugoslava, sobre todo por la atención desmedida de nuestros queridos y generosos anfitriones.  

Ahí en su departamento improvisé un itinerario para aprovechar nuestra estadía en la Europa Central y del Este, con un recorrido que debería culminar en Ámsterdam para nuestro regreso a México. Así, incluí ciudades tan famosas como Praga, Bratislava y Viena,  todas ellas por cierto bañadas por el Danubio –el segundo río más largo de Europa– además de la propia capital de los Países Bajos. Y casi por casualidad incluí a Budapest, la capital de Hungría. Todos nuestros deslazamientos  a partir de Belgrado fueron en autobús, lo que nos permitió conocer y disfrutar el paisaje de todos esos países.

Budapest, en la hora azul, desde la colina Gellert.

Praga nos encantó, por supuesto. Es considerada una de las maravillas arquitectónicas del Mundo. Y Viena, que yo ya conocía, nos envolvió con la magia de sus palacios, sus museos y sus jardines. Nada nos sorprendió tanto, sin embargo, como la llamada Joya del Danubio.

Budapest nos enamoró. Y en Budapest nos enamoramos nuevamente. Gracias Budapest. Gracias Becky…”  

Se trata de una ciudad hermosísima con algo más de 1.5 millones de habitantes y  de orígenes milenarios que se divide en dos barrios, a un lado y otro del enorme rio: Buda, al oeste, y Pest, al este. En ambas riberas hay edificios de belleza indescriptible, entre los que destaca desde luego, en Pest, precisamente el Parlamento, un inmenso inmueble, el mayor de Hungría, de estilo renacentista gótico. Fue construido entre 1885 y 1904.

Becky y yo recorrimos la ciudad,  embelesados. De día y de noche. Nos impactó la escena nocturna de miles de aves revoloteando en círculo en torno a la cúpula central del Parlamento. Miles. Cruzamos el Danubio de un barrio a otro a través del Puente de las Cadenas, imponente. Subimos en un turibús a la colina del Castillo de Buda, al atardecer. Y finalmente, ya de noche, a la colina Gellert y su mirador.

Desde ahí arriba  tuvimos la visión nocturna más extraordinaria de nuestro viaje –y tal vez de nuestras vidas– entre deslumbrante, evocadora y romántica. Nos abrazamos, sobrecogidos por la emoción, ante el escenario indescriptible del enorme río cuyas aguas azules se desplazaba en silencio entre una serie de edificaciones iluminadas.

Budapest nos enamoró. Y en Budapest nos enamoramos nuevamente. Gracias Budapest. Gracias Becky. Válgame.    

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas