Quien cuida también se enferma
La sobrecarga física y emocional del cuidado deteriora la salud de quien cuida y evidencia la falta de apoyo social.
POR NADIA MENÉNDEZ
“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara.” (Susan Sontag 1978)
Estar al cuidado de una persona enferma tiene una doble carga; quienes realizan esta labor, ya sean familiares o profesionales de la salud, también pueden enfermar como consecuencia del desgaste físico, emocional y social que implica esta condición.
Este fenómeno es conocido como “carga del cuidador”, que tiene efectos tanto en la salud mental como física, y repercute incluso en la estructura familiar y social (Zarit et al., 1980). De acuerdo con Schulz & Sherwood, (2008), principalmente en el ámbito familiar los cuidadores informales, que en su mayoría son mujeres, desarrolla una dinámica donde asumen distintos tipos de roles y tareas sin ningún tipo de apoyo institucional. Dichas funciones incluyen cuidados médicos, como lo son el acompañamiento emocional, la gestión y calendarización de citas médicas, la administración de medicamentos y, en muchos casos, el sostenimiento económico del hogar, lo que produce alteraciones en las formas de vida y también se traduce en una merma económica.
Esta sobrecarga genera altos niveles de estrés crónico. El concepto de “sobrecarga”, como las tareas y demandas concretas del cuidado, y a su vez la percepción emocional del estrés, interactúan y potencian sus efectos negativos en las personas cuidadoras (Montorio et al., 1998). Uno de los efectos más evidentes del cuidado prolongado es el deterioro de la salud mental. Los cuidadores presentan tasas significativamente más altas de ansiedad, depresión, irritabilidad y sentimientos de desesperanza (Pinquart & Sörensen, 2003). Como consecuencia, es frecuente el aislamiento social, ya que el tiempo dedicado al cuidado reduce las oportunidades de socializar y descansar.
Además, muchos cuidadores experimentan la llamada “culpa del cuidador”, es decir una sensación de insuficiencia de no estar haciendo lo necesario y lo conveniente, incluso cuando están sobrecargados. (Alzheimer’s Association, 2022). A su vez, el impacto del cuidado no se limita al ámbito psicológico, también se manifiesta a nivel físico, pues los cuidadores presentan mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, trastornos del sueño, fatiga crónica y debilitamiento del sistema inmunológico (Vitaliano et al., 2003). Asimismo, los cuidadores suelen descuidar su propia salud ya que postergan consultas médicas, tienen una alimentación inadecuada y reducen la actividad física. Este fenómeno se conoce como “autoabandono del cuidador”. (Adelman et al., 2014).
Es importante decir que el cuidado de un enfermo no afecta únicamente al cuidador principal, ya que muchas veces la familia toda se ve involucrada en una reorganización de roles, rutinas y dinámicas. Esto puede generar conflictos, tensiones económicas y desgaste emocional colectivo (Rolland, 1994). En algunos casos, se produce una “crisis familiar”, especialmente cuando la enfermedad es grave, crónica o terminal. Los miembros de un grupo familiar pueden experimentar ansiedad, tristeza o incluso enojo y resentimiento, lo que afecta los vínculos interpersonales.
Los profesionales de la salud también enfrentan una carga significativa. Médicos, enfermeras y cuidadores formales están expuestos a largas jornadas laborales, alta presión y toma de decisiones críticas. No todos los cuidadores experimentan el mismo nivel de afectación, ya que existen factores que potencian los riesgos, como la falta de apoyo social, escasos recursos económicos, alta dependencia del paciente, convivencia continua con el enfermo y falta de descanso.
Para minimizar los efectos negativos en el cuidador, en algunos países se han implementado estrategias que permiten al cuidador descansar temporalmente, como por ejemplo grupos de apoyo psicológico, donde los cuidadores comparten sus experiencias; así como intervenciones psicoeducativas, es decir que el cuidador entienda mejor la enfermedad del paciente, por ejemplo cómo actuar ante distintas situaciones, que pueda manejar su propio estrés y emociones, y que evite el agotamiento o “burnout” del cuidador. También la terapia individual o familiar, y en algunos casos políticas públicas de apoyo económico y social.Estas intervenciones han demostrado mejorar significativamente la calidad de vida del cuidador y reducir los niveles de estrés (Adelman et al., 2014).
De acuerdo con diferentes autores, el cuidado es una tarea fundamental para el sostenimiento del “otro” pero históricamente ha sido poco valorado, especialmente cuando recae en mujeres dentro del ámbito doméstico. Reconocer el impacto del cuidado en la salud implica también repensar su distribución social y promover políticas que lo reivindiquen. Por lo que en este sentido, poner en evidencia y destacar el cuidado como algo fundamental para la vida implica ir más allá de solo mencionarlo y realmente cuestionar cómo se organiza en la sociedad, tanto a nivel público como privado.
















