Ciudad de México, junio 22, 2024 18:36
Gerardo Galarza Opinión Revista Digital Noviembre 2023

SALDOS Y NOVEDADES / Sorpresas de la vida

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“Ahora hay quienes sostienen que hay un nuevo grupo social que integran aquellos que tienen más de 60, 70, 80 años y más años, quienes se niegan a ser ‘viejitos’. Y la mayoría de ellos solteros según la ley, que no reconoce ni a viudos ni divorciados”.

POR GERARDO GALARZA

El Rubén Blades, de Panamá él, tiene toda la razón de la existencia cuando canta que  “la vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida”.

A cualquier edad.

La vida le ha dado muchas sorpresas al escribidor a cualquier edad. Sorpresa es, por supuesto, aquello no se esperaba. Por eso es sorpresa, si no, ¿cómo?

Sentado frente a una funcionaria bancaria, el escribidor rellena una solicitud a raíz de la muerte de su (sí, de su propiedad; machista, sí) Sonia Elizabet Morales. La termina y la entrega.

La funcionaria bancaria, de largas uñas pintadas de diferentes colores y con dibujitos, caritas y memes o algo así, lee con atención la solicitud, o al menos así lo finge, y de pronto salta y pregunta:

-¿Casado o soltero?

-Viudo, responde el escribidor, quien pocas semanas antes a sus menos de 66 años había ascendido a esa categoría, según él, y había evitado la casilla correspondiente porque no estaba el estado en el que él creía que debía estar.

Era la primera vez que así se asumía, en público y en privado. Evidentemente no era motivo de vergüenza, pero tampoco de orgullo.

-No, no, -dijo la funcionaria bancaria-. Viudo no existe; se es soltero o casado, no hay más casillas. ¿Usted es casado o soltero?

-Así, bueno, pues bueno, así creo que debo ser soltero-, respondió el escribidor, y volteó a ver el dedo anular su mano izquierda donde todavía llevaba la argolla matrimonial.

Pensó, casi en voz alta: “y ¿qué hago con este anillo de casado? ¿Lo incinero, lo escondo, lo tiro, lo regalo?”

Lo dijo en mala hora, y la funcionaria bancaria lo revisó de arriba abajo, con ojos de pistola sin nada que decir.

El escribidor se sacó el anillo de casado del dedo anular izquierdo, que por eso se llama anular, y lo puso en la bolsita esa del inicio de la pierna derecha de los pantalones de mezclilla y que, al parecer, nunca había tenido algún objetivo y que todos creíamos de adorno,  aunque el señor Levi Straus la dispuso ahí para guardar los relojes de cadena o al menos eso se dice y esta vez sirvió para esconder un anillo de casado.

Y recibió otra lección legal por parte de aquella señorita o señora, vaya usted a saber, soltera o casada, pero de ninguna manera viuda, quien también lo ilustró al decirle que tampoco existe el estado civil de divorciado, aunque uno esté divorciado.

El escribidor, no está mal decirlo, salió de la oficina bancaria casi, casi rejuvenecido al haber recobrado su calidad de soltero. ¿Cómo para qué?

Soltero suena a juventud, casi a adolescencia… por lo menos a quienes nacimos en las décadas de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. Sabíamos que nos casaríamos antes de cumplir los 30 años, algunos antes o después, con la carrera terminada o con un trabajo u oficio asumidos para tener “un modo honesto de vivir”.

Entonces, contra la corrección política de hoy, los solteros mayores  de 30 años eran vistos con desconfianza: o eran desviados, según el lenguaje más cariñoso de la época, o eran desconfiables para cualquier mujer a la que se les acercara, porque seguramente nada más la querían para “jugar”, lo que eso significara.

Y de las solteras, en sexo femenino, ni se diga. Mayores de 25 años sin casarse eran ya solteronas, “quedadas”, se les llamaba. “Quedadas” proviene de “quedarse a vestir santos”, según es lenguaje de esos y anteriores años y lo que ello significare. ¿Hay santos desnudos?, es pregunta. Y en el colmo de sexismo moderno, ¿los hombres no vestían santas?, es pregunta.  En todo caso -sacrilegio- ¿las desvestían…? Tal vez sólo desvestían y vestían a las que labraban el camino de su condenación y la de ellos también. Faltaba más.

A su edad, el escribidor ha descubierto que legalmente hay dos caminos para regresar a la soltería: la muerte de cónyuge o el divorcio.

Los sobrevivientes recuperan su categoría de solteros,  inútil en ambos casos, pese a que la buena ondita de la corrección política diga o suponga otra cosa.

Ok. Vale, o de acuerdo.

Lo que nadie cree ni reconoce, es que soledad originalmente quiere decir o suponer soltero: libre o suelto, en todos los sentidos.

Ser soltero hace 60, 50 o 40 años era completamente distinto a ser soltero ahora, al menos eso cree el escribidor, basado en sus propia experiencia y viendo la vida de, por ejemplo, sus sobrinos y sobrinas (hoy hay que escribir con esa salvedad políticamente correcta, aunque el autocorrector -¡salve!- advierta que escribir en masculino y femenino la palabra sobrinos, es redundante).

El escribidor y su Sonia Elizabet decidieron dejar la soltería cuando tenían 23 años. No vaya a usted a pensar que les urgía. No, no, de ninguna manera.

Muchos años después, muchos, su hija mayor le anuncio a su abuelo paterno que se iba a casar y éste le pregunto: ¿Cuántos años tienes? 27, respondió. Pues, qué bueno, le dijo el abuelo, yo creía que ya te estabas quedando…

Hoy los jóvenes de 27 años gozan como nunca se su soltería: ¿qué necesidad de echarse “obligaciones” encima cuando el mundo ofrece tanta diversión y las costumbres han cambiado a fuerza de vivir la vida?

¿De cuándo a cuándo se es joven? ¿De los 15 años a los 30, 35 ó 40? Antes se creía que la juventud era para prepararse en un oficio o una carrera universitaria y, se creía, a los 25 años como máximo, esa época ya había concluido, aunque se gozara de empujes y bríos juveniles: era hora de comprometerse con la vida… con una pareja, en resumen.

Hoy la academia -la formal y la informal- parece infinita: hay maestrías, doctorados, diplomados, cursos, especializaciones, actualizaciones ad infinitum, como se decía antes. No es sorpresa que alguien se gradué a los 70 años… junto o antes que sus nietos.

Ahora hay quienes sostienen que hay un nuevo grupo social que integran aquellos que tienen más de 60, 70, 80 años y más años, quienes se niegan a ser “viejitos”, “miembros de la tercera edad” o, mucho menos, “ancianos” y que reclaman seguir vivos y sobretodo vivir, económicamente activos, según los parámetros de nuestra sociedad y, por lo tanto, contribuyentes al desarrollo del país.

Y la mayoría de ellos y ellas (nótese la corrección política del escribidor) solteros según la ley, que no reconoce ni a viudos ni divorciados.

El problema real de la soltería es la soledad en todos, pero más en los viejos a los que les quedan pocos amigos o están muy lejanos, y además la inexorable muerte les arranca su última compañía.

La mayoría de los solteros de cualquier edad, -para terminar este texto con “buena ondita”, según se dice ahora-, lo que requieren la mayoría de las ocasiones es un abrazo silencioso que les haga saber que no están solos, es decir solteros.

Esa sería una gran sorpresa que la vida debería de dar, y el escribidor está seguro de que Blades la cantaría.

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