Ciudad de México, julio 14, 2020 13:19
Libre en el Sur

TRAS BAMBALINAS / Tortitas de papa en diminutivo

POR MARIANA LEÑERO

En estos momentos de asilamiento y crisis, uno intenta buscar maneras de cómo entretener la mente y seguir alimentando la falsa idea, que por ahí dicen, que en este tiempo de aislamiento hay que aprender o emprender algo nuevo.  Idea que ha rondado por mi cabeza casi todos los días y que al no cumplirla, mi corazón frágil, mi mente débil y mi realidad jodida deciden seguir con lo mismo, que significa hacerme pendeja y no aprender o emprender nada.

Al menos creo que ese es el secreto que muchos otros comparten conmigo y que esconden, pensando, como yo, en que mañana seremos otros y esta opción descarrilada de no hacer nada o hacer demasiado poco es solo una fase que nadie tiene porque saber, porque en verdad no ha pasado, ni seguirá pasando…

Pero creo que estamos en el momento en que ya todo se debería decir, gritarlo a voces, sin salir a la calle, pero confesar que nos hemos hecho pendejos, pero no por pendejos, ni por estar aburridos sino por estar muertos de miedo.

Ya comienzan aparecer, como las canas, y los pelos sueltos y las lonjas, las ideas y la necesidad de que los secretos salgan del pecho al igual que las preocupaciones de lo que se está y se sigue perdiendo. La cordura comienza a desvanecerse, se comienzan a ver las garras con las que seguimos aferrándonos a lo que dejamos antes de meternos en nuestras casas

Nuestros ingresos, nuestros proyectos a punto de desaparecer o ya desaparecidos, nuestra gente que está sufriendo.  Hay que poner memes, abrir grupos de chat que no dejan de sonar, compartir noticias para que asusten menos, o eso creamos, y seguir estando en el vaivén de pensar que estamos exagerando o que de verdad esto está carbón, cabronsísimo.

Y creo que por eso no se aprende o se emprende nada, porque hay demasiado ruido, y demasiado miedo.  Miedo de saber que lo que se hace, se siente como si fuera nada, ni aprender ni emprender nada, solo sobrevivir o hacerse pendejo.

Pero heme aquí, después de una mala noche y de la aparición constante de estas malditas ideas que les cuento, decidí aprender algo nuevo.  Prometo que tenía toda la intensión de hacer unas hermosas, sabrosas, doraditas y apetitosas tortitas de papa.  Encantada, comencé a ver videos de Cocina Mexicana: “Juaja, cocina mexicana”, “Chef Roger”, “Los Top 10 de cocina mexicana”… y todos esos títulos que aparecen cuando pones en el cursor  la pregunta “¿cómo hacer tortitas de papa?” (Como nota curiosa que se sale del tema Google te corrige si pones tortas de papa, y te lleva a decir tortitas. Me imagino que es porque las tortitas de papa suponen ser delgaditas, bonitas, ni muy chiquitas, ni muy grandotas, no tortas, sino tortitas de papa).

Creyendo que solo pasaba por la fase de principiante, orgullosa y confiada de que estaba aprendiendo algo, los errores me parecieron chistosos.  Pero al seguir los pasos, atrás de mis deseos por triunfar, comenzó la desgracia.  Una masa deforme me miraba entristecida, enfrentando su mala compostura, sufriendo su destino, apoltronada en el sartén y sentada en un aceite mugroso quemado.  Para seguir con esta vergüenza, el aceite me brincaba con su chis chis que me decía: -la estas cagando. El humo desprendido no era sabroso, como el que invita a la mi familia apresurarse a sentarse a la mesa, como esos anuncios o libros para aprender inglés en donde los participantes se miran a otros sonrientes, con tenedor en mano y saboreando la comida.

El humo parecía más bien que invitaba a mis hijas acompañarnos apenado y se convertía en un reflejo de la situación, horrendo, incontrolable, que no pasaba desapercibido. Humo que se queda con la verdad de que definitivamente no iba a emprender y aprender algo por ahora.         Para mi desgracia, el aceite ya quemado brincaba marcando mis dedos para no olvidarme de esto, con una ampolla por aquí y otra por allá. Aun con cierta esperanza, o quien sabe con desesperación, busque de nuevo el video de esa señora con voz pausada. Cuando lo encontré parecía estarme esperando y me recordaba sonriente que era una pendeja porque según ella, la receta era facilísima, con pocos ingredientes, y muy sabrosa…   Ya todo estaba jodido, y no había nada de comer.  ¿Cómo traicionar la idea de panza llena corazón contento?  Lo único que había era esa masa quemada, en un papel servi toalla ya impregnado, que seguía oliendo a fracaso. Pero como en la vida, o por lo menos la que estamos viviendo, decidí disfrazar los fracasos.   Convertirlas en rollitos, como penes chiquitos, muy chiquitos, porque hay que quitar la corteza quemada que moría desplazada en el basurero.

Y es así que esos rollitos, invitaron a mis hijas a sentarse a la mesa, pero no por su olor sino por su hambre.  Durante la prueba de fuego, preferí, no acompañarl. Y así como cuando esperas el balonazo que te va a pegar en la cabeza y te va doler igual que como duele la vergüenza, me quedé callada. Escuché un “mmm” unísono, “¡qué ricas!” Había metido un gol, sin darme cuenta.  Se había esfumado lo que había pasado tras bambalinas, y se cumplía la idea de poder decir que emprendí y aprendí algo sin hacerme pendeja.

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